
Prólogo
La vida en
Azeroth es brutal, triste y, sobre todo, corta. Sin embargo, no siempre estuvo
plagada por la guerra continua y arrastrada hacia el conflicto. Hubo un tiempo
en que el mundo fue un sitio lleno de paz y vitalidad. Los pueblos vivían en paz
y armonía con la naturaleza y sus inconmensurables fuerzas, y mágicas e
impresionantes criaturas corrían sobre las planicies y surcaban los cielos sin
oposición.
¿Cómo sé
todas estas cosas, se preguntarán? Bueno, solamente diré que yo, Rhonin el
mago, al que llaman el Inconforme, he visto estas y muchas más impresionantes
cosas. Pues en esa eterna noche de los tiempos que se llama la Gran Oscuridad
del Más Allá, mi maestro y tutor Krasus, me llevó hasta la oscura cueva donde,
a través de las eras, Nozdormu el Imperecedero, el Gran Dragón de Bronce,
guarda los inconmensurables caminos del tiempo. Nozdormu, el inmenso dragón de
bronce, Señor del Tiempo y de las épocas, me ha mostrado lo que fue, lo que es
y lo que será. El eterno conflicto que azota las vidas de todas las criaturas
de este mundo, uno sus destinos en uno solo, al punto de que la extinción de
una sola, puede significar la aniquilación de todas.
He aquí,
pues, el enigma que a muchos ha desvelado y que a todos maravilla: La verdadera
historia del mundo de Azeroth.
Capítulo 1:
Mitos
Tradición
oral entre los Kaldorei
Los Titanes
y la Formación del Universo
Nadie sabe
exactamente cómo inició el Universo. Algunos teorizan que una catastrófica
explosión cósmica envió al infinito una inmensidad de mundos desconocidos hacia
la vastedad de la Gran Oscuridad del Más Allá – mundos que algún día
albergarían una diversidad maravillosa y terrible de formas de vida. Otros
creen que el Universo fue creado por una sola Todopoderosa Entidad benigna,
cuya Sagrada Luz ilumina desde tiempos inmemoriales, las vidas de todos y cada
uno de los seres del Universo. Aunque los orígenes del caótico Universo
ciertamente son inciertos, está claro que una raza poderosa se encargó de
estabilizar los varios mundos y asegurarse que a futuro esos mundos siguieran
sus mismos pasos.
Los Titanes,
colosales dioses de piel metálica de las infinidades del cosmos, exploraron el
naciente universo, y trabajaron en los mundos que iban encontrando. No está
claro de dónde vinieron y por qué lo hacían, pero ordenaron los mundos
levantando poderosas montañas y drenando vastos océanos. Rasgaron los cielos y
atmósferas respirables surgieron. En cada lugar que encontraron, elaboraron un
plan para darle orden al caos existente. Al mismo tiempo, le dieron poderes a
razas primitivas para que trabajaran y mantuvieran la integridad de sus
respectivos mundos.
Regidos por
una elite llamada El Panteón, cuyo Alto Padre, Aman’thul, gobernaba con
justicia e igualdad, los Titanes le dieron orden a los cientos de millones de
mundos que exploraron en la Gran Oscuridad del Más Allá durante las primeras
eras de la creación. El benevolente Panteón, para salvaguardar las estructuras
de estos mundos, siempre estuvo vigilante contra el ataque extradimensional de
las viles razas del Torbellino del Vacío. El Torbellino, una dimensión etérea
de magia caótica que conecta una miríada de mundos del universo, era el hogar
de un número infinito y primigenio de maléficos demonios, cuyo único objetivo
era destruir la vida y devorar las energías del universo viviente. Incapaces de
concebir el mal o la extinción de cualquier forma de vida, los Titanes se
vieron obligados a hallar una forma de terminar los constantes ataques de los
demonios.
Sargeras y
la Traición
Con el paso
del tiempo, las entidades demoníacas encontraron la forma de penetrar en los
mundos de los Titanes desde el Torbellino del Vacío, y el Panteón eligió a sus
más grandes guerreros, Sargeras, para actuar como primera línea de defensa. El
noble gigante de bronce bruñido, Sargeras, cumplió con sus deberes por
interminables milenios, buscando y destruyendo demonios donde quiera que los
encontrara. A través de los eones, Sargeras encontró dos poderosas razas
demoníacas, ambas con ambición de ganar poder y dominio sobre el universo
físico.
Los Eredar,
una insidiosa raza de hechiceros diabólicos, usaron sus embrujos mágicos para
invadir y esclavizar un número de mundos. Las razas indígenas de estos mundos
mutaron por los poderes malévolos de los Eredar y se volvieron demonios ellos
mismos. Aunque los cercanamente ilimitados poderes de Sargeras eran más que
suficientes para derrotar a los viles Eredar, el gigante encontró muchos
problemas para detener la corrupción y envilecimiento de las criaturas. Incapaz
de soportar tanta depravación, el gran Titán empezó caer en una gran depresión.
A pesar de su creciente insatisfacción, Sargeras arrasó del Universo a los
brujos atrapándolos en una esquina del Torbellino.
Mientras su
confusión y miseria se profundizaban, Sargeras se vio forzado a combatir otro
grupo que intentaba romper el orden de los Titanes: los Nathrezim. Esta oscura
raza de demonios-vampiro (también conocidos como Señores del Terror) conquistó
un número de mundos poblados poseyendo a sus habitantes y volviéndolos hacia la
sombra. Los nefastos y esquemáticos señores del terror tornaban a las naciones
unas contra otras manipulándolas dentro de un odio irracional y perverso.
Sargeras derrotó a los Nathrezim fácilmente, pero su corrupción lo afectó
profundamente.
Con sus
sentidos obcecados y desesperados, Sargeras perdió toda conciencia no solo de
su misión, sino también de la visión de los Titanes de un universo ordenado.
Eventualmente, empezó a creer que el concepto de un universo ordenado era
inútil, y que el caos y la depravación eran los únicos absolutos del oscuro y
solitario universo. Sus compañeros Titanes trataron de persuadirlo de su error
y calmar sus iracundas emociones, pero él había interpretado sus más optimistas
creencias como desilusiones inútiles. Abandonando sus filas para siempre,
Sargeras salió en busca de su propio lugar en el Universo. Aunque el Panteón
lamentó profundamente su partida, los Titanes jamás pudieron predecir que tan
lejos llegaría su hermano perdido.
Con el
tiempo, la locura de Sargeras habría consumido sus últimos vestigios de su
valioso espíritu, creyendo que los Titanes eran los responsables del fracaso de
la creación. Decidido, finalmente, a deshacer sus trabajos en todo el universo,
decidió conformar un ejército imparable que consumiría al universo físico.
Eventualmente
la forma titánica de Sargeras se fue distorsionando por la corrupción que
plagaba su una vez noble corazón. Sus ojos, cabello y barba eructaron en fuego,
y su piel metálica broncínea se abrió revelando su nueva forma de odio
infinito.
En su furia,
Sargeras liberó de sus prisiones a los Eredar y los Nathrezim. Estas astutas
criaturas se postraron ante la vasta ira el oscuro Titán y ofrecieron servirle
en cualquiera de sus maliciosos caminos. De las filas de los poderosos Eredar,
Sargeras eligió dos campeones para comandar su demoníaco ejército de
destrucción. Kil´jaeden el Embaucador fue elegido para escoger a las más
oscuras razas del universo y reclutarlas dentro de las filas de Sargeras. El
segundo campeón, Archimonde el Profanador, fue elegido para dirigir los enormes
ejércitos en la batalla contra cualquiera de los que osaran resistir los deseos
del Titán.
El primer
movimiento de Kil´jaeden fue esclavizar a los vampíricos señores del terror
bajo su terrible poder. Los señores del terror le servirían como sus agentes
personales en el universo, y ellos placenteramente localizarían razas
primitivas para que su maestro las corrompiera y las exterminara. El primero
entre los señores del terror era Tichondrius el Oscuro, quien servía a
Kil´jaeden como el perfecto soldado y llevaría la ardiente voluntad de Sargeras
a todas las oscuras esquinas del universo.
El poderoso
Archimonde también escogió temibles agentes para sí mismo. Llamando a los
maléficos señores del foso y su barbárico líder, Mannoroth el Destructor,
Archimonde esperaba establecer una élite luchadora que acabaría con cualquier
creación de vida.
Una vez que
Sargeras vio que sus ejércitos fueron amasados y listos para seguir sus
mandatos, lanzó sus coléricas fuerzas en la vastedad de la Gran Oscuridad. El
bautizó a su creciente ejército como la LEGION ARDIENTE. Hasta la fecha, no
está claro cuántos mundos han sido consumidos y quemados por la insana cruzada
ardiente alrededor del universo.
Los Dioses
Antiguos y el Ordenamiento de Azeroth
Sin conocer
la misión destructiva de Sargeras sobre sus incontables trabajos, los Titanes
continuaron moviéndose de mundo en mundo, dando forma y ordenando cada planeta
como ellos creían. A lo largo de sus viajes repararon en un pequeño mundo al
cual sus habitantes llamarían más tarde Azeroth. Cuando los Titanes hicieron su
camino sobre la primitiva tierra, encontraron un número de hostiles “principios
elementales”, que serían conocidos únicamente como los Dioses Antiguos, quienes
querían echar a los Titanes de su mundo.
El Panteón,
molesto por la inclinación de los Dioses Antiguos a hacer el mal, entabló una
guerra contra los Elementales y sus oscuros maestros. Los ejércitos de los
Dioses Antiguos eran dirigidos por cuatro poderosos lugartenientes: Ragnaros el
Señor del Fuego, Therazane la Madre Roca, Al’Akir el Señor del Viento y
Neptulon el Cazador de las Mareas (Los Cuatro Elementos). Sus caóticas fuerzas
avanzaban por la faz de la tierra y chocaban con los colosales Titanes. Aunque
los Elementales eran poderosos más allá de toda compresión mortal, sus fuerzas
combinadas no pudieron detener a los poderosos Titanes. Uno por uno, Los Cuatro
Elementos fueron cayendo y sus fuerzas fueron dispersadas.
El Panteón
asedió las ciudadelas de los Dioses Antiguos y encerraron a los cuatro malvados
dioses bajo la superficie de la tierra. Sin los Dioses Antiguos para conducir
sus iracundos espíritus sobre el mundo físico, los elementales pasaron a un
plano abismal, donde ellos se contendrían uno al otro por toda la eternidad.
Con la partida de los elementales, la Naturaleza se calmó y el mundo entró en
una pacífica armonía. Los Titanes observaron que la lucha había sido contenida
e iniciaron su trabajo.
Crearon un
número de razas para que les ayudaran a modelar el mundo. De las profundidades
de las cavernas rocosas surgieron los Titánides, creados de la piedra viva.
Para retirar los océanos y sacar la tierra firme, los Titanes crearon los
inmensos pero gentiles Gigantes del Mar. Por muchas edades los Titanes
modelaron la tierra, hasta que se formó un perfecto continente. En el centro
del continente, crearon un lago de centelleantes energías primordiales. El
lago, que sería llamado EL POZO DE LA ETERNIDAD, sería una fuente de vida para
el mundo. Sus potentes energías conmoverían las raíces del mundo y la vida
emergería sobre el fértil suelo. Con el tiempo, plantas, árboles y criaturas de
toda especie empezarían a conquistar el continente. Cuando llegó el día final
de sus labores, los Titanes nombraron al continente KALIMDOR, “La tierra de la
eterna luz de las estrellas”.
El encargo
de los Dragones Alados
Satisfechos
de que el pequeño mundo estuviera ordenado y su trabajo concluido, los Titanes
se prepararon para abandonar Azeroth. Sin embargo, antes de partir, encargaron
a las especies más grandes del mundo con la misión de proteger Kalimdor contra
cualquier fuerza que amenazara su perfecta tranquilidad. En esa época había
muchos dragones voladores. Entonces ellos escogieron a cinco de los más
poderosos para dominar a sus hermanos y apacentar el mundo. Los grandes
miembros del Panteón les dieron una porción de su poder a cada uno de los
líderes de los dragones. Los majestuosos dragones serían conocidos como los
Grandes Aspectos.
Aman'Thul, el
Alto Padre del Panteón, otorgó parte de su poder cósmico sobre el gigantesco
dragón de bronce, Nozdormu, para que protegiera el tiempo y las
inconmensurables vías del destino. El estoico y honorable Nozdormu sería
conocido como el Único Imperecedero.
Eonar, el
Titán patrón de toda vida, dio parte de su poder a Alexstrasza la Roja, la
Protectora de la Vida, cuya misión sería salvaguardar toda vida que creciera en
el mundo. Por su suprema visión e ilimitada compasión por todas las cosas vivas
Alexstrasza fue coronada como Reina de los Dragones y se le dio dominio sobre
toda su especie.
Eonar
también bendijo a la pequeña hermana de Alexstrasza, la luminosa dragona verde
Ysera, con una porción de la influencia sobre la Naturaleza. Ysera caería en un
trance eterno, y sería conocida como La Soñadora, velando por los salvajes
bosques del mundo desde su verde reino, El Sueño Esmeralda.
Norgannon,
el Titán protector y maestro de las artes mágicas, le dio al dragón azul,
Malygos, una porción de su vasto poder. Desde ese momento, Malygos sería
conocido como el Tejedor de Hechizos, el guardián de la magia arcana oculta.
Khaz'goroth,
el Titán forjador del mundo, le dio parte de su vasto poder al poderoso dragón
negro, Neltharion, conocido como el Guardián de la Tierra, y se le dio dominio
sobre la tierra y los profundos lugares del mundo. El controlaría la fuerza del
mundo y sería el gran soporte de Alexstrasza.
Con estos
poderes, los Cinco Aspectos se encargarían de la defensa del mundo en la
ausencia de los Titanes. Con los Dragones preparados para salvaguardar su
creación, los Titanes dejaron atrás Azeroth para siempre. Desafortunadamente,
pasaría muy poco tiempo antes de que Sargeras conociera al pequeño mundo recién
nacido.
El despertar
del mundo y el Pozo de la Eternidad
Hace
aproximadamente diez mil años antes de la Primera Guerra entre Orcos y Humanos,
el mundo de Azeroth se constituía en un solo continente, rodeado por el mar. La
masa de tierra, conocida como Kalimdor, era el hogar de un sinnúmero de razas y
criaturas, todas luchando por sobrevivir sobre el salvaje mundo. En el oscuro
centro del continente existía un misterioso lago de energías incandescentes. El
lago, el cual más tarde sería llamado el Pozo de la Eternidad, era un verdadero
corazón de magia y poder natural. Extrayendo sus energías desde la infinita
Gran Oscuridad más allá del mundo, el Pozo actuaba como una fuente mística,
enviando sus potentes energías a lo largo del mundo para que surgieran
innumerables y maravillosas formas de vida.
Con el tiempo,
una primitiva tribu de humanoides de costurmbres nocturnas precavidamente fue
haciendo su camino hacia las riberas del lago encantado. Los nómadas
humanoides, guiados por las extrañas energías del Pozo, construyeron sus
hogares en las tranquilas riberas del lago. Con el tiempo, el cósmico poder del
Pozo afectó a la tribu, haciéndola más fuerte, inteligente y virtualmente
inmortal. La tribu adoptó el nombre Kaldorei, que significa “niños de las
estrellas” en su lengua primitiva. Para celebrar su creciente sociedad,
construyeron grandes palacios y templos alrededor del lago.
Los
Kaldorei, o ELFOS NOCTURNOS, como serían llamados más tarde, adoraban a Elune,
la diosa de la Luna, y creían que ella dormía en la profundidad del Pozo
durante las horas del día. Los tempranos sacerdotes elfos estudiaban el Pozo
con insaciable curiosidad, tratando de conocer sus intangibles secretos y
poderes. Conforme su sociedad crecía, los elfos nocturnos exploraban Kalimdor
para desenvolver sus misterios. Las únicas criaturas que les dieron pausa
fueron los ancestrales y poderosos dragones. Las grandes bestias a menudo se
comportaban reclusivos, y los elfos nocturnos descubrieron que los dragones se
habían constituido en los protectores del mundo, por lo que era mejor que sus
secretos no fueran revelados.
El Pozo de
la Eternidad fue la llave del verdadero avance y conocimiento de los Kaldorei.
Mientras estudiaban las poderosas energías del Pozo, los Kaldorei fueron
imbuidos con su poder, volviéndose prácticamente inmortales e inmunes al paso
de los años, por sobre todoas las criaturas de la tierra. Rápidamente
aprendieron las energías del Pozo directamente. Habia comenzado el estudio de
la magia arcana.
Con el
tiempo, la curiosidad de los elfos nocturnos los llevó a conocer a una serie de
poderosas criaturas, pero la más interesante de todas fue CENARIUS, un poderoso
semidios de los bosques primigenios. El valiente, noble y atrevido Cenarius se
mostró complacido con los inquisitivos elfos nocturnos y ocupó una gran
cantidad de tiempo en enseñarles acerca del mundo natural. Los tranquilos
Kaldorei desarrollaron una fuerte empatía por los vivientes bosques de Kalimdor
y el armonioso balance de la naturaleza.
Algunos
Kaldorei creían que el uso abusivo de las magia arcana del Pozo podrían traer
serias consecuencias, pero sus precavidas palabras fueron ignoradas por el
resto de sus hermanos, quienes habían penetrado profundamente en el estudio de
la magia. Los grandes hechiceros y magos construyeron hermosas ciudades,
elaboraron impresionantes artefactos mágicos, y apacentaron el mundo de acuerdo
a sus propias necesidades. Una de las más poderosas de las hechiceras Kaldorei
se llamaba Aszhara, una mujer altatmente dotada que ansiaba el conocimiento de
la magia arcana mucho más que cualquier otra criatura viva. Su conocimiento
llegó a ser tan basto, que eventualmente los Kaldorei la coronaron como Reina
de Kalimdor, y un inmenso y vetusto palacio le fue construido en las orillas
del Pozo de la Eternidad.
Con el paso
de las eras, la civilización de los elfos nocturnos se expandió territorial y
culturalmente. Sus templos, caminos y lugares de estudio se expandieron por el
oscuro continente. Azshara, la hermosa y generosa reina de los elfos nocturnos
escogió a sus servidores favoritos para sus enjoyados salones. Sus servidores,
conocidos como los Quel´dorei o “Bien Nacidos” (Highborne), fueron dotados de
todo poder y se creyeron mejores que el resto de sus hermanos. Su líder,
Dath’Remar, fue nombrado alto concejal de la reina y rápidamente se hizo con el
control político de a nación. Aunque la Reina Azshara era igualmente amada por
todo el pueblo, los Bien Nacidos eran secretamente envidiados por el resto de
los elfos nocturnos. Aún así, los Bien Nacidos empezaron a venerar a su reina
como una diosa, y llamaron “la encarnación misma de Elune”. Esto los llevó a
tener serias disputas con las sacerdotisas de la diosa Elune, cuyo templo se
levantaba en las afueras de los sagrados Claros de la Luna, cerca del Santuario
de Cenarius, y en especial, con la joven e impulsiva Alta Sacerdotisa, Tyrande
Whisperwind.
Imitando la
curiosidad de los sacerdotes sobre el Pozo de la Eternidad, Azshara ordenó a
los Bien Nacidos desentrañar sus secretos y revelar su verdadero propósito
sobre el mundo. Los Bien Nacidos se sumergieron en su trabajo y estudiaron el
Pozo concienzudamente. Con el tiempo desarrollaron la habilidad de manipular y
controlar las cósmicas energías del Pozo. Conforme sus experimentos
progresaban, los Bien Nacidos descubrieron que podían usar sus nuevos poderes
para crear o destruir a su placer. Los ignorantes Bien Nacidos habían
descubierto la magia primitiva y estaban resueltos a dedicarse exclusivamente a
desenvolver sus misterios. Sin pensar que la magia podía ser peligrosa si no se
usaba responsablemente, Azshara y sus Bien Nacidos empezaron a practicar sus
encantos con evidente abandono. Cenarius y muchos de los letrados elfos
nocturnos advirtieron que solamente calamidades podrían resultar si se jugaba
con las claramente volátiles artes de la magia. Eventualmente, Azshara y sus
seguidores continuaron expandiendo sus crecientes poderes.
Conforme sus
poderes crecían, un cambio distintivo empezó a ocurrir en Azshara y los Bien
Nacidos. La clase alta comenzó a tornarse cruel y despreciativa con sus
compañeros elfos nocturnos. Una oscura palidez cubrió la anterior belleza de
Azshara. Ella comenzó a apartarse de sus amados súbditos y rechazar la
interacción con cualquiera que no fueran sus sacerdotes Bien Nacidos. Esta
terrible comunión tendría un terrible precio que pagar.
Un joven
erudito llamado Malfurion Stormrage, quien había ocupado mucho de su tiempo en
estudiar las primitivas artes del druidismo junto a Cenarius, comenzó a
sospechar que un terrible poder había corrompido a los Bien Nacidos y a su
amada reina. Aunque no podía concebir de donde provenía este mal, sabía que las
vidas de los elfos nocturnos cambiarían para siempre...
La Guerra de
los Ancestros
Hace
aproximadamente 10 000 años
El
irresponsable uso de la magia por parte de los Bien Nacidos, envió ondas de
energía desde el Pozo de la Eternidad a través de la Gran Oscuridad del Más
Allá. Las desordenadas ondas de energía fueron percibidas por terribles mentes
alienígenas. Sargeras – el Gran Enemigo de toda vida, el Destructor de Mundos –
percibió los poderes del Pozo y buscó el distante punto de origen. Espiando el
primigenio mundo de Azeroth y sintiendo las energías ilimitadas del Pozo de la
Eternidad, Sargeras fue consumido por un insaciable apetito. El gran dios
oscuro resolvió destruir el joven mundo y reclaman sus energías para si mismo
Sargeras
condujo a su vasta Legión Ardiente e hizo su camino hacia el inocente mundo de
Azeroth. La Legión fue conformada por un millón de escandalosos demonios,
recogidos de todos los rincones del universo, ansiosos por la conquista. Los
tenientes de Sargeras, Archimonde el Profanador y Mannoroth el Destructor,
prepararon sus infernales monstruos para el ataque. La Reina Azshara, obcecada
por el terrible éxtasis mágico, cayó víctima del imparable poder de Sargeras, y
le ofreció abrirle una entrada al mundo. Incluso sus Bien Nacidos, caídos bajo
la inevitable corrupción mágica, convirtieron a Sargeras en su dios. Para
demostrar su fidelidad a la Legión, los Bien Nacidos convencieron a su reina de
abrir un portal mágico en el Pozo de la Eternidad.
Una vez que
los preparativos estuvieron terminados, Sargeras comenzó su catastrófica
invasión sobre Azeroth. El delgado velo que separa la realidad del mundo de las
sombras finalmente fue roto. Los guerreros de la Legión Ardiente entraron en el
mundo a través del Pozo de la Eternidad y comenzaron el asedio sobre las
durmientes ciudades de los elfos nocturnos. Liderados por Archimonde y
Mannoroth, la Legión marchó sobre las tierras de Kalimdor, dejando solo
desolación y terror a su paso. Los brujos demoníacos Eredar invocaron a los
Infernales, unos inmensos gigantes de piedra y fuego verde que cayeron del
cielo en forma de meteoros sobre los templos. Una banda de ardientes y
sanguinarios asesinos llamada la Guardia de la Perdición, dirigidos por el
voraz Azzinoth, marchó sobre las tierras de Kalimdor, acabando con todo a su
paso. Jaurías de salvajes Felhounds (sabuesos diabólicos) atacaron salvajemente
sin oposición. Aunque los guerreros elfos defendieron su ancestral hogar, se
vieron forzados a retroceder, pulgada a pulgada, ante el avance de la Legión.
Ante el
terrible ataque, Malfurion Stormrage escapó para buscar ayuda para su gente. Su
propio hermano gemelo, Illidan Stormrage, aunque no era parte de los Bien
Nacidos, practicaba sus artes mágicas. Convenciendo a Illidan de olvidar su
peligrosa obsesión, ambos escaparon al bosque para organizar la resistencia. La
hermosa y joven sacerdotisa de la luna, Tyrande Whisperwind, se decidió a
acompañarles en el nombre de Elune. Ambos hermanos profesaban un amor
insaciable por la idealista sacerdotisa, pero el corazón de Tyrande suspiraba
solamente por Malfurion. Illidan se sentía resentido por el naciente romance
entre su hermano y Tyrande, pero su corazón roto no era nada comparado por el
dolor que le producía su adicción a la magia. En efecto, el continuo contacto
de Illidan con las magias arcanas del Pozo, lo había corrompido a tal punto de
desarrollar en él la temible sed de magia que a su vez consumía a los Bien
Nacidos. Illidan creyó que, utilizando las mismas energías malignas de los
demonios contra ellos, podría lograr derrotarlos de una vez por todas, por lo
cual él y algunos de sus seguidores más cercanos, formaron una secta secreta
cuyo objetivo era erradicar a los demonios de Kalimdor. Estos guerreros,
conocidos como los Cazadores de Demonios, se sacaban ritualmente los ojos, para
de este modo, utilizar toda su energía mágica contra la Legión. Malfurion nunca
le perdonaría esto, pero Illidan no combatiría por él: lo haría por amor a
Tyrande.
Mientras
tanto, Cenarius, quien se ocultaba en los sagrados Claros de la Luna en el
distante Monte Hyjal, se comprometió a ayudar a los elfos nocturnos buscando a
los ancestrales dragones y asegurándose su ayuda. Los dragones, liderados por
la grandiosa Alexstrasza la Roja, atacaron desde el aire a los demonios y sus
amos infernales. Cenarius mismo llamó a los espíritus de los bosques
encantados, reclutando un ejército de Ancestros y Treants, los hombres-árbol, y
los guió en un sorpresivo asalto sobre la Legión. Malfurion, Illidan y Tyrande,
al mando de las fuerzas de los elfos, organizaron un valiente y feroz
contraataque. El ágil y valiente Cazador de Demonios se habría paso a través de
las fuerzas de la Legión, destrozando las filas de los demonios, mientras su
cuerpo ardía en un incandescente aura mágica de fuego que había creado a su
alrededor, dañando todo lo que tocaba. Fue así como se encontró cara a cara con
el terrible Azzinoth, capitán de la Guardia de la Perdición, y una gran batalla
se entabló entre ambos contendientes. Illidan, utilizando todos los poderes
concebidos por su secta, logró derrotar a Azzinoth y se apoderó de sus espadas
curvas, las cuales, con el transcurso del tiempo, logró dominar con tal
habilidad, que se volvieron un rasgo distintivo de su personalidad y casi eran
extensiones de sus brazos.
Las fuerzas
aliadas a los elfos nocturnos convergieron sobre el templo de Azshara y el Pozo
de la Eternidad. Conociendo la fuerza de sus nuevos aliados, Malfurion y sus
colegas sabían que la Legión no sería derrotada solamente por la fuerza de las
armas. Mientras la titánica batalla alrededor de la ciudad capital aumentaba,
Azshara esperaba con ansiedad el arribo de Sargeras. El señor de la Legión preparaba
su paso a través del Pozo de la Eternidad y su entrada en el mundo. Conforme su
enorme sombra se acercaba a la superficie del Pozo, Azshara guió a los más
poderosos de sus Bien Nacidos cerca de la superficie. Solamente enfocando sus
poderes mágicos sobre el Pozo podrían abrir un portal lo suficientemente grande
para que Sargeras penetrara. Mannoroth el Destructor en persona, el terrible
Señor del Foso, General de los Ejércitos de la Legión, guardaba la entrada al
Templo de Azshara. Cenarius invocó los altos poderes de los bosques y se
enfrentó a Mannoroth, dándoles suficiente tiempo a Malfurion, Tyrande y sus
guerreros de penetrar en el templo.
Mientras la
batalla bramada sobre los ardientes campos de Kalimdor, un terrible evento
volcaría la situación. Los detalles de tal evento se han perdido en el tiempo,
pero es conocido que Neltharion, el Gran Dragón Negro de la Tierra, se volvió
loco durante un crítico ataque de la Legión Ardiente. El empezó a lanzar flamas
sin sentido y la ira hizo brotar su lado oscuro. Renombrándose asimismo Ala de
la Muerte (Deathwing), el dragón traicionó a sus hermanos y dejó el campo de
batalla. La traición sorpresiva de Neltharion fue tan destructiva que sus
hermanos nunca se recobraron de ella. Avergonzada y aterrorizada, Alexstrazsa y
los otros nobles dragones se vieron obligados a abandonar a sus aliados
mortales. Malfurion y sus compañeros, ahora desesperanzados, temieron no
sobrevivir el abandono de sus poderosos aliados.
Malfurion,
convencido de que el Pozo de la Eternidad era el cordón umbilical que unía a
los demonios con el mundo físico, insistía en que debía ser destruido. Sus
compañeros elfos, conociendo que el Pozo era la fuente de su inmortalidad y sus
poderes, se horrorizaron ante esta noción. Pero Tyrande creía en la teoría de
Malfurion, y convenció a Cenarius y sus camaradas de atacar el templo de
Azshara y encontrar el modo de destruir el Pozo para bien.
El Ocaso del
Mundo
Malfurion y
sus compañeros entraron en el corazón del templo de Azshara. Una vez en la
cámara principal, encontraron a los Bien Nacidos en medio del final de su
oscuro encantamiento. El comunal hechizo había creado un vórtex inestable de
poder sobre las turbulentas aguas del Pozo. La voluminosa sombra de Sargeras se
apresuraba a cruzar el portal hacia la superficie, por lo que Malfurion se
decidió a atacar.
Pero Azshara
estaba más que preparada para su arribo. Todos los aliados de Malfurion fueron
capturados antes de que estos atacaran a la enloquecida reina. Tyrande,
tratando de atacar a Azshara por detrás, fue detenida por la guardia personal
de Bien Nacidos. Al luchar contra ellos, la hermosa sacerdotisa sufrió graves
heridas en sus manos. Al ver la caída de su amada, Malfurion entró en una
terrible cólera y se dispuso a acabar con la vida de la reina.
Para su
sorpresa, Illidan apareció desde las sombras cerca de una de las orillas del
lago. Conociendo que la destrucción del Pozo impediría que volviese a practicar
la magia de nuevo, Illidan se convenció a si mismo de abandonar al grupo y
prevenir a los Bien Nacidos del plan de su hermano. Debido a la locura
secundaria a su adicción y al reciente romance de su hermano con su amada
Tyrande, Illidan no sintió ningún remordimiento en traicionar a Malfurion y
aliarse con Azshara y los suyos. Illidan estaba dispuesto a defender el Pozo
por todos los medios necesarios. Portando unos frascos mágicos especialmente
manufacturados para su propósito, Illidan los llenó con el agua procedente del
Pozo. Convencido que los demonios destrozarían la civilización de los elfos
nocturnos, planeó robar las sagradas aguas y tomar sus energías para sí mismo.
Azshara,
habiendo recibido la advertencia de Illidan, entabló una terrible batalla con
Malfurion, quien, con el corazón destrozado por la traición de su hermano,
estaba dispuesto a vencer o morir. Pero el hechizo de los Bien Nacidos había
entrado en un caos tremendo al ser atacados, y el inestable portal sobre las
ondas del Pozo explotó en una catastrófica tormenta que llevaría al ocaso al
mundo entero. La masiva explosión resquebrajó el templo hasta sus bases y una
serie de estremecedores terremotos abrieron la torturada tierra. Como la
terrorífica batalla entre la Legión y los Elfos Nocturnos se realizaba
alrededor de la ruinosa ciudad capital, el Pozo de la Eternidad colapsó sobre
todos ellos.
Las ondas de
choque de la implosión del Pozo rompieron las bases del mundo. Los mares
bramaron e invadieron la tierra. Cerca del ochenta por ciento de la masa de
Kalimdor fue consumida, separándose en continentes separados por un nuevo y
embravecido océano. En el centro del nuevo mar, donde una vez estuvo el Pozo de
la Eternidad, una tumultuosa tormenta de mareas enfurecidas y caóticas energías
se formó. La terrible tormenta, conocida como el Maelstrom, nunca cesaría su
furiosa vorágine. Se constituiría en el recuerdo de la terrible catástrofe… y
la utópica era que se había perdido para siempre.
El Monte
Hyjal y la Ofrenda de Illidan
En la nueva
costa del destruido continente, dos cuerpos yacen inconscientes sobre la arena.
Tyrande lentamente despierta, aún aturdida por la terrible explosión del Pozo
de la Eternidad. Sobresaltada por la imagen de la muerte de su amado, se
abalanza sobre el cuerpo de Malfurion quien, agotado por la lucha, se halla a
su lado. Por la gracia de Elune habían sido salvados de la hecatombre. Sobre
uno de los riscos de la costa, el semidios Cenarius le sonreía a la sorprendida
sacerdotisa, quien aún no comprendía que su poderoso amigo les había rescatado
de una muerte segura.
Los pocos elfos
nocturnos que habían sobrevivido a la horrible explosión se habían reunido
cerca de la costa. Los agotados héroes decidieron guiar a sus compañeros
sobrevivientes para establecer un nuevo hogar para su pueblo. Aunque Sargeras y
la Legión habían sido desterrados del mundo por la destrucción del Pozo,
Malfurion y los suyos observaron el terrible costo de la victoria.
Entonces se
dieron cuenta de que muchos de los Bien Nacidos habían sobrevivido al
cataclismo. Ellos hicieron su camino por las riberas de la nueva tierra con los
otros elfos nocturnos. Aunque Malfurion desconfiaba de las motivaciones de los
Bien Nacidos, estaba seguro de que no serían una amenaza sin las energías del
Pozo.
Para alegría
de los elfos nocturnos, descubrieron que la montaña sagrada, Hyjal, había
sobrevivido a la catástrofe. Buscando establecer un nuevo hogar para ellos
mismos, Malfurion y los elfos nocturnos escalaron las faldas de Hyjal, hasta el
valle allende el monte. Al descender al valle, entre los enormes picos de la
montaña, encontraron un pequeño y tranquilo lago. En ese momento, uno de los
Bien Nacidos se lanzó sobre las aguas con alegría indescriptible. Para horror
de todos, las aguas del lago rebozaban de magia.
Illidan, que
había sobrevivido al Ocaso, había llegado a Hyjal mucho antes que Malfurion y
los elfos. En su locura por mantener fluyendo la magia en el mundo, Illidan
había vaciado sus frascos con las preciosas aguas del Pozo de la Eternidad, en
el lago de la montaña. Las potentes energías del agua rápidamente había formado
un nuevo Pozo de la Eternidad. El exultante Illidan, creyendo que su nuevo Pozo
era una ofrenda para las futuras generaciones, se vio contrariado cuando
Malfurion le lanzó sobre el suelo. Malfurion le dijo a su hermano que la magia
era innatamente caótica y que su uso inevitablemente llevaría a la corrupción y
el sufrimiento. Sin embargo, Illidan se negó a abandonar sus poderes mágicos, y
una vez más, el conflicto surgió entre los gemelos.
Sabiendo que
la tendencia de Illidan a irrespetar los esquemas lo llevaría a romper las
reglas, Malfurion decidió acabar de una vez por todas con la locura de poder de
su hermano. Con la ayuda de Cenarius, Malfurion encerró a Illidan en una basta
prisión bajo la superficie, las Tálamos Profundos, donde su apetito de poder se
consumiría hasta el final de los tiempos. Para asegurar la prisión de su
hermano, Malfurion encargó a una joven Guardiana, Maiev Shadowsong, para ser la
carcelera personal de Illidan. Cenarius, a su vez, encomendó a uno de sus
hijos, Califax el Guardián del Bosque, de asistir a la Guardiana en la custodia
de Illidan durante las edades por venir.
Considerando
que la destrucción del nuevo Pozo podría provocar una nueva catástrofe, los
elfos nocturnos resolvieron no tocarlo. Sin embargo, Malfurion declaró que
nadie volvería nunca a practicar de nuevo las artes mágicas. Bajo el ojo
vigilante de Cenarius, los elfos comenzaron a estudiar las antiguas artes del
druidismo con el propósito de sanar la tierra y hacer crecer de nuevo sus
amados bosques en las faldas del monte Hyjal.
El Árbol del
Mundo y el Sueño Esmeralda
9000 años
antes de la Primera Guerra
Por muchos
años, los elfos nocturnos trabajaron ardorosamente en reconstruir su ancestral
hogar. Con sus viviendas, templos y caminos hundidos, construyeron sus nuevos
hogares entre los verdes árboles y las sombreadas colinas de las faldas del
monte Hyjal, buscando siempre la armonía con la naturaleza. Con el tiempo, los
dragones que habían sobrevivido al Ocaso surgieron de sus secretas guaridas.
Alexstrasza
la Roja, Ysera la Verde, Malygos el Azul y Nozdormu el Broncíneo descendieron
sobre las tranquilas praderas de los druidas y observaron los frutos de los
trabajos de los elfos nocturnos. Malfurion, quien con los años se había
convertido en un Shan’do (archi-druida) de inmenso poder, recibió a los
poderosos dragones y les habló sobre la creación del nuevo Pozo de la
Eternidad. Los grandes dragones se vieron alarmados al escuchar las oscuras
noticias y especularon que la presencia del Pozo a largo plazo podría motivar
el regreso de la Legión. Malfurion y los tres dragones resolvieron hacer un
pacto para asegurarse de que los agentes de la Legión Ardiente nunca regresaran
al mundo. Los Cuatro Aspectos cedieron parte de su poder para crear un poderoso
artefacto llamado Alma de Demonio (Demon Soul), cuyo poder podría controlar
infligir daño a la Legión Ardiente en caso de un ataque. Neltharion, sin
embargo, no cedió sus energías al Alma de Demonio, por lo que conservó su
fuerza intacta y se convirtió en el más poderoso de los dragones. Secretamente,
el enloquecido dragón negro hurdía un plan que asolaría nuevamente al mundo…
Alexstrasza,
la Protectora de la Vida, plantó una sencilla semilla encantada en el corazón
del Pozo de la Eternidad. La semilla, activada por las potentes aguas mágicas,
dio vida a un colosal árbol. Las poderosas raíces succionaron las aguas del
Pozo, y la verde copa del árbol se abrió hacia los cielos. El inmenso árbol
sería para siempre símbolo de la unión de los elfos nocturnos con la
Naturaleza, y sus energías sanadoras se extenderían sobre el resto del mundo.
Los elfos nocturnos llamaron a su Árbol del Mundo con el nombre de Nordrassil,
que significa en su lengua “Corona de los Cielos”.
Nozdormu, El
Imperecedero, lanzó un encantamiento sobre el Árbol de Mundo para asegurarse
que el inmenso árbol les diera a los elfos nocturnos la seguridad de que nunca
envejecerían o padecerían de enfermedad.
Ysera, La
Soñadora, también lanzó un encantamiento sobre el Árbol del Mundo, uniéndolo a
su propio reino, la dimensión etérea conocida como el Sueño Esmeralda. Este
reino es un enorme mundo espiritual que existe únicamente en los sueños. Ysera
regularía el flujo de la naturaleza y la evolución del mundo. Los druidas elfos
nocturnos, incluido Malfurion mismo, deberían unirse al Sueño junto al Árbol
del Mundo. Como parte de este pacto místico, los druidas deberían dormir por
los siglos para que sus espíritus recorrieran los infinitos caminos del Sueño
Esmeralda. Aunque los druidas fueron advertidos ante el prospecto de perder
muchos años de su vida durante la hibernación, se mostraron satisfechos con
unirse al sueño de Ysera. Pero el Sueño de Ysera tenía un terrible secreto que,
en ese momento, no fue revelado por los dragones…
Los Imperios
Trolls y El Alma del Demonio
A pesar del
gran conocimiento y el amplio desarrollo de su civilización, los Kaldorei no
conocieron hasta muy tardíamente, la existencia de otras culturas inteligentes.
Muy hacia el este, en el otro extremo de Kalimdor, mucho tiempo antes del Ocaso
del Mundo, otra raza había logrado forjar un inmenso imperio guerrero. Mil años
antes de que la raza de los kaldorei naciera existían dos imperios trolls
enfrentados: Gurubashi y Amani. Se cree que su origen se encuentra en lo que se
conoce como el Valle de Strangletorn, donde impenetrables junglas evitaban el
asedio a su ciudad principal y más antigua, Zul’gurub. Los Amani, que
constituyeron su imperio en el norte, en lo que después fue Lordaeron, fundaron
la gran ciudad de Zul’Aman. También había otro imperio en el norte, Gundrak,
pero nunca se ganó la importancia de estas dos. Aunque constituían una misma
raza, no se tenían en alta estima, pero estaban unidos para derrotar a unos
terribles insectoides llamados Azi'Aqir, cuyo objetivo era destrozar todo
aquello que no fuera insecto. Al final tuvieron éxito en su empresa y
derrotaron los bastiones de Azjol-Nerub al norte y de Anh'Qirai al sur.
Tras esto
unos pocos trolls comenzaron a explorar el mundo y a evolucionar. Se toparon
con el Pozo de la Eternidad y lo utilizaron para sus fines... Por eso puede ser
que los Kaldorei o elfos nocturnos procedan de los trolls. Los elfos libraron
varias guerras con los imperios trolls, hasta que al final lograron expulsarles
por completo. Replegados hacia el este, permanecieron ignorantes de las
subsecuentes actividades de los elfos hasta que ocurrió la implosión del Pozo.
La catástrofe produjo la división del supercontinente de Kalimdor en cuatro
grandes islas, por lo que las distintas tribus trolls quedaron definitivamente
aisladas.
Los trolls
de la jungla adoraban a Hakkar el Devorador de Almas, un sanguinario dios que
era seguido de manera absolutamente devota por una parte de ellos, los Atal'ai.
Hakkar demandó las almas de los niños trolls para manifestarse en el mundo, por
lo que los trolls se dieron cuenta de que era perverso y les conduciría a su
propia destrucción, por lo que acordaron renunciar a él, causando la gran ira
de Hakkar. Solamente los Atal'ai siguieron fieles al corrupto dios, por lo que
los Gurubashi los expulsaron de Strangletorn, y emigraron hacia el Pantano de
las Lamentaciones. Divididos por esta decisión, los Gurubashi iniciaron una
terrible guerra tribal, donde dos prominentes tribus, Skullsplitter y
Darkspear, luchaban por el predominio. Finalmente, cada uno tomó su propio
camino y tierras. El poderío y superioridad de los Skullsplitter obligó a los
Darkspear a abandonar para siempre el continente, y fueron exiliados a una isla
del Gran Mar, la que han habitado desde entonces.
Mientras
tanto, los trolls Atal’ai continuaron tratado de invocar a su dios Hakkar. En
el tiempo en que los Kaldorei empezaron a reconstruir sus ciudades en el norte
del nuevo Kalimdor, los Atal’ai iniciaron una serie de cultos y sacrificios para
lograr que Hakkar se materializara en el mundo físico. Ante el inminente
peligro que significaba este hecho, Ysera La Soñadora envió a uno de sus hijos
preferidos, Eranikus, a advertirles de la nueva e inminente catástrofe. Ante la
insistencia de los profetas y brujos Atal’ai de continuar con el ritual, Ysera
en persona llegó para combatirlos, y con sus inmensos poderes, hundió la
ciudadela de los Atal’ai, formando lo que se llama la Fosa de las Lágrimas.
Debido a esto, Hakkar en retribución, utilizó sus inmensos poderes para
corromper a Ysera, por lo que los Grandes Aspectos, ante la conmoción que
podría producir la pérdida de otro de sus hermanos, la dejaron encerrada para
siempre en el etéreo mundo del Sueño Esmeralda. Para estabilizar los continuos
poderes de Ysera y evitar que la corrupción acabara con el balance de la vida
natural sobre Azeroth, los Grandes Aspectos acordaron con los druidas Kaldorei
que ellos penetrarían en el Sueño Esmeralda y serían el soporte de Ysera a
través de las generaciones, a cambio de hacer crecer el Arbol del Mundo.
Neltharion,
el maligno dragón negro, sin embargo, tenía otros planes para con sus hermanos
los Grandes Aspectos. Corrompido profundamente por la terrible fuerza maligna
de los poderes de la Legión, Neltharion desarrolló un malvado ardid para
convercer a los otros dragones de ceder parte de sus poderes a un artefacto
mágico llamado el Alma del Demonio. Hablando a sus hermanos, les dijo que
ellos, los dragones, no vivirían por siempre, sino que llegaría el día en que,
con su desaparición, las razas mortales dominarían el mundo, y nada las
protegería de la Legión Ardiente. En un esfuerzo para pararse para esta época,
Neltharion convenció a su hermano Malygos, el Dragón Azul Señor de la Magia, de
imbuir sus poderes en el Alma del Demonio, con el objetivo de utilizarlo como
arma ante una nueva invasión de la Legión Ardiente. Aunque los dragones alados
no estaban muy seguros de confiar en Neltharion, la reciente batalla de Ysera
con Hakkar y la Guerra de los Ancestros habían demostrado que sus esfuerzos no
habían sido suficientes para contener a las fuerzas malignas. Recordando el
encargo de los Titanes, decidieron aceptar la propuesta de Neltharion. Éste,
sin embargo, no cedió sus poderes al artefacto. Su objetivo estaba claro: con
todos sus poderes intactos, Neltharion se convertiría en el más fuerte de todos
los dragones. Rompiendo su promesa, utilizó el Alma de Demonio para destruir a
los dragones azules. Malygos quedó solo y sin herencia, por lo que viajó al
helado Northrend para refugiarse y creó un gran cementerio para sus hijos,
conocido como el Dragonbligth, donde pudieran descansar sus restos. Encargó a
uno de sus sirvientes sobrevivientes, el poderoso Sapphiron, de proteger el
Dragonblight por todas las edades. Conociendo las malvadas intenciones de
Neltharion, Alexstrasza la Protectora de la Vida tómo el Alma de Demonio y la
enterró profundamente en las vetustas montañas de Khaz Modan. Neltharion esperó
el momento propicio para atacar…
Exilio de
los Altos Elfos
7300 años
antes de la Primera Guerra
Con el paso
de los siglos, la sociedad de los elfos nocturnos creció de nuevo fuertemente y
se expandió por el bosque que se llama Ashevale. Muchas de las criaturas y
especies que abundaban antes del Gran Ocaso, como los furbolgs y los quilboars,
reaparecieron y florecieron sobre la tierra. Bajo el liderazgo benevolente de
los druidas, los elfos nocturnos disfrutaron de una era de improcedente paz y
tranquilidad bajo las estrellas.
Sin embargo,
mucho de los originales Bien Nacidos sobrevivientes vivían intranquilos. Como
Illidan antes de ellos, cayeron víctimas de una depresión inmensa por la
pérdida de sus poderes mágicos. Se veían constantemente tentados a tomar las
energías del Pozo de la Eternidad y caer de nuevo en sus prácticas mágicas.
Dath'Remar, el insolente líder de los Bien Nacidos, comenzó a hablar en contra
de los druidas, acusándolos de cobardes por rehuir el uso de la magia que él
decía les correspondía por derecho. Malfurion y los druidas minimizaron los
argumentos de Dath´Remar y previnieron a los Bien Nacidos que cualquier uso de
la magia sería castigado con la muerte. En un insolente y peligroso intento de
convencer a los druidas de rescindir su ley, Dath´Remar y sus seguidores
convocaron una terrible tormenta mágica sobre Ashenvale.
Los druidas
no podían arrojarse ellos mismos la culpa de llevar a la muerte a muchos de su
propia raza, por lo que decidieron exiliar a los Bien Nacidos de sus tierras.
Dath´Remar y sus seguidores, orgullosos de librarse de sus conservadores primos
al fin, elaboraron una serie de barcos especiales y se hicieron a la mar.
Aunque no sabían que les esperaba más allá de las rugientes aguas del
Maelstrom, iban decididos a establecer su propia patria, donde pudieran
practicar sus artes mágicas impunemente. Los Bien Nacidos, o Quel´dorei, como
Azshara los bautizó en épocas pasadas, llegaron eventualmente a un tierra al
este que los humanos llamarían más tarde Lordaeron. Allí fundarían su propio
reino mágico, Quel’thalas, y renegarían de los preceptos de los elfos nocturnos
sobre la actividad nocturna y los trabajos a la luz de la Luna. Por siempre,
abrazarían el Sol y serían conocidos solamente como Altos Elfos.
Las
Centinelas y la Larga Vigilia
Con la
partida de sus altaneros primos, los elfos nocturnos volcaron su atención en la
seguridad de su patria. Los Kaldorei realizaron un poderoso conjuro druídico
sobre las fronteras de Ashenvale, cerrando la entrada a ese bosque en un eterno
misterio. Allí, permanecerían ocultos por cientos de años, sin contacto con
otras criaturas o razas.. Los druidas, sintiendo que el tiempo de su
hibernación estaba cercano, se prepararon para el sueño y dejaron atrás sus
amadas familias y esposas. Tyrande, que se había convertido en Alta Sacerdotisa
de Elune, le pidió a su amado, Malfurion, que no la dejara por el Sueño
Esmeralda de Ysera. Pero Malfurion, honrado por entrar en los encantados
Caminos del Sueño, se despidió de la sacerdotisa y le dijo que nada podría
apartarle verdaderamente de su gran amor.
Sola para
proteger Kalimdor de los peligros del nuevo mundo, Tyrande ensambló una
poderosa fuerza entre sus hermanas elfas. Las mujeres guerreras, altamente
entrenadas, sin miedo, se llamaron a si mismas las Centinelas. Su misión sería
defender Kalimdor y patrullas los sombríos bosques de Ashenvale, y para esto
contaban con numerosos aliados a quien llamar en tiempos de urgencia. Cenarius,
el poderoso semidios, habitaba en los cercanos Prados de la Luna del Monte
Hyjal. Sus hijos, los llamados Guardianes de los Bosques, se asentaron cerca de
los elfos nocturnos y regularmente ayudaban a las Centinelas a mantener la paz
en la tierra. Incluso las bellas hijas de Cenarius, las dríades, empezaron a
aparecer en los claros con incrementada frecuencia.
Con los
largos siglos por venir, y sin Malfurion a su lado, Tyrande nunca dejó de temer
una segunda invasión demoníaca. Nunca dejó de pensar que la Legión Ardiente
seguía allí, más allá de la Gran Oscuridad del cielo, planeando su venganza
sobre los elfos nocturnos y el mundo de Azeroth.
Capítulo 2:
El Nuevo Mundo
La fundación
de Quel´thalas
Según la
biblioteca secreta de los Altos Elfos
(6800 años
antes de la Primera Guerra)
Los Altos
Elfos, liderados por Dath´Remar, dejaron Kalimdor atrás y retaron las tormentas
del Maelstrom. Sus flotas navegaron el ancho mundo por muchos años, y
descubrieron misteriosos reinos perdidos a lo largo de su viaje. Dath´Remar,
quien había tomado el nombre de Sunstrider (“El que camina de día”), buscaba
lugares de gran poder sobre los cuales construir el nuevo hogar de su pueblo.
Su flota
finalmente llegó a las playas de un continente que más tarde sería llamado
Lordaeron. Desembarcando, los altos elfos fundaron un asentamiento en los
tranquilos Claros de Tirisfal. Después de pocos años, muchos de ellos
comenzaron a volverse locos. Los sacerdotes altos elfos teorizaron que algo
maligno dormía en esta parte particular del mundo, pero los rumores nunca
pudieron ser probados. Los Altos Elfos levantaron su campamento y se movilizaron
hacia el norte, donde existía otra zona rica en energías.
Conforme los
Altos Elfos cruzaban las ricas tierras montañosas de Lordaeron, su viaje se
volvía cada vez más difícil. Desde que se cortó su relación con las energías
del Pozo de la Eternidad, muchos de ellos cayeron por el frío clima o murieron
de enfermedades. El más desconcertante cambio, sin embargo, fue el hecho de que
ya no eran inmortales ni inmunes a los elementos. Se volvieron más pequeños de
lo que eran, y su piel se volvió blanca, perdiendo el color púrpura
característico de su raza, y su cabello se volvió rubio, como el sol. Para
complicar sus trabajos, encontraron increíbles criaturas que nunca habían visto
en Kalimdor. También encontraron una tribu primitiva de humanos que cazaba en los
antiguos bosques. Sin embargo, el mayor reto fue enfrentarse a los voraces y
astutos trolls de Zul’Aman.
Estos trolls
habían formado un gran reino, el Imperio Amani, y tenían la capacidad de
regenerar su piel y sus miembros ante las más terribles lesiones, pero probaron
ser una raza barbárica y malvada, y demostraban ser hostiles a los extranjeros
que traspasaban sus fronteras. Los elfos desarrollaron una profunda
animadversión por los viciosos trolls y los mataron donde quiera que los
encontraban. Por siglos, el Imperio Amani combatió a otros reinos trolls que se
habían asentado en los continentes del sur, los Gurubashi de la Jungla de
Strangletorn, pero la llegada de los Altos Elfos fue considerada un insulto
para sus ancestros y sus dioses.
Después de
muchos años, los Altos Elfos finalmente encontraron una tierra que era parte
remanente del antiguo continente de Kalimdor. En las profundidades de los
bosques del continente, fundaron el reino de Quel´thalas, y se abocaron a crear
un poderoso imperio que superara el de sus primos Kaldorei. Desafortunadamente
la ciudad fue fundada sobre los restos de un antiguo asentamiento que los
trolls consideraban sagrado. Casi inmediatamente, los trolls comenzaron atacar
los asentamientos elfos en masa.
Los elfos,
decididos a no abandonar su nueva tierra, utilizaron su magia para combatir a
los salvajes trolls. Bajo el liderazgo de Dath’Remar, fueron hábiles para
derrotar a las bandas guerreras de los Amani, que los superaban diez a uno.
Algunos elfos, sin embargo, recordando las anteriores prevenciones de los
Kaldorei, temieron que el uso de la magia pudiera llamar la atención de la
derrotada Legión Ardiente. Por lo tanto, decidieron defender sus tierras con
una barrera protectora que les permitiera realizar sus encantamientos.
Construyeron una serie de monolíticas Runas en varios puntos alrededor de
Quel´thalas que demarcaran las fronteras de la mágica barrera. Las Runas no
solamente enmascaraban la magia elfa de ser detectada por otras dimensiones,
sino que les ayudó a ahuyentar las supersticiosas bandas de trolls.
Con el paso
del tiempo, Quel´thalas se transformó en un monumento al progreso mágico de los
Altos Elfos. Sus vetustos palacios fueron forjados con el mismo estilo
estructural que los antiguos salones en Kalimdor, pero respetando la topografía
de la tierra. Quel´thalas comenzó a brillas como la joya que los Altos Elfos
siempre soñaron. El Concejo de Silvermoon fue fundado para regir el poder sobre
Quel´thalas, pero la dinastía de los Sunstrider siempre mantendría un módico
poder político sobre la ciudad. Compuesto por siete de los más grandes señores
de los Altos Elfos, el Concejo trabajaba para asegurar la seguridad de las
tierras elfas y su pueblo. Rodeados por su barrera protectora, los Altos Elfos
olvidaron las advertencias de los Elfos Nocturnos y continuaron usando la magia
en casi todos los aspectos de sus vidas. En el centro de Silvermoon, sobre una
enorme isla al norte de Zul’Aman, crearon el Pozo del Sol, con aguas remanentes
del Pozo de la Eternidad que habían traído desde Kalimdor.
Casi por
cuatro mil años los elfos nocturnos vivieron pacíficamente dentro de la
seguridad de su reino. Sin embargo, los conflictivos trolls no eran fáciles de
derrotar. Estos se escondían en la profundidad de los bosques y esperaban que
el número de sus bandas creciera. Hasta que, finalmente, un poderoso ejército
troll emergió de los sombríos bosques e inició el asedio de la brillante
Quel´thalas.
La Edad del
Hombre - Arathor y las Guerras de los Trolls.
(2800 años
antes de la Primera Guerra)
Mientras los
Altos Elfos peleaban por sus vidas contra el continuo asedio de los trolls, los
primitivos y nómadas humanos de Lordaeron peleaban por consolidar sus propias
tierras tribales. Las tribus de la temprana humanidad luchaban unas contra
otras con muy poca identidad de unidad u honor. Hasta que una de las tribus,
conocida como los Arathi, tomó conciencia que la amenaza troll era muy grande
para ser ignorada. Los Arathi se dispusieron a unir todas las tribus bajo su
égida y proveer un frente unificado contra los trolls.
Durante el
curso de los siguientes seis años, los astutos Arathi manipularon y derrotaron
a las tribus rivales. Con cada victoria, los Arathi ofrecían paz e igualdad a
los pueblos conquistados, con lo que se ganaban la lealtad del pueblo
derrotado. Eventualmente, la tribu Arathi logró incorporar muchas tribus
dispersas, y las filas de su ejército se volvieron enormes. Considerando
necesario prevenir un inminente ataque de los trolls, e incluso a los reclusivos
altos si fuese necesario, los altos señores Arathi decidieron construir una
poderosa ciudad-fortaleza en la región sureste de Lordaeron. La ciudad-estado,
llamada Strom, se convirtió en la capital de la nación Arathi, Arathor.
Conforme Arathor prosperaba, humanos de todo el inmenso continente viajaron
hacia el sur, hacia la seguridad de Strom.
Unidos bajo
un solo estandarte, las tribus humanas desarrollaron una fuerte y optimista
cultura. Thoradin, rey de Arathor, tenía conocimiento de la existencia de los misteriosos
elfos de las tierras del norte, y del constante asedio de estos por los trolls,
pero él rehuía arriesgar la seguridad de su gente para defender a los
reclusivos extranjeros. Muchos meses pasaron hasta que rumores acerca de la
derrota de los elfos llegaron del norte. No fue sino hasta que los embajadores
de Quel´thalas llegaron a Strom que Thoradin decidió enfrentar la amenaza
troll.
Los elfos
informaron a Thoradin que los ejércitos troll eran inmensos y que una vez que
los trolls destruyeran Quel´thalas, se volverían a atacar el sur. Los
desesperados elfos, en su necesidad de ayuda militar, prometieron entrenar a un
selecto grupo de humanos en la magia a cambio de la ayuda contra las bandas de
guerra troll. Thoradin, sin conocer ninguna magia, decidió ayudar a los elfos.
Casi inmediatamente, hechiceras elfas llegaron a Arathor y comenzaron la
instrucción de los humanos en los caminos de la magia arcana.
Los elfos
descubrieron que algunos humanos tenían una capacidad innata para controlar la
magia, y una afinidad natural hacia ella. Cien hombres fueron instruidos en los
secretos mágicos básicos de los elfos: no más absolutamente de los necesarios
para combatir a los trolls. Convencidos de que sus estudiantes humanos estaban
listos para ayudarles, los elfos dejaron Strom y viajaron hacia el norte al
lado de los poderosos ejércitos del rey Thoradin.
Los
ejércitos unidos de elfos y humanos irrumpieron fuertemente contra las bandas
de trolls al pie de las Montañas Alterac. La batalla duró muchos días, pero los
ejércitos de Arathor no se retiraron hasta que el último troll cayera. Los
señores elfos dejaron caer todo el poder de su magia sobre los enemigos. Los
cien magos humanos y una multitud de hechiceras elfas llamaron la furia de los
cielos y la dejaron caer sobre los ejércitos trolls. Los fuegos elementales
prevenían la regeneración de las heridas de los trolls y quemaban sus
torturadas formas desde el interior.
Con los
ejércitos trolls derrotados y en retirada, los ejércitos de Thoradin
embistieron a cada uno de sus soldados. Los trolls nunca se recobrarían de su
derrota, y la historia nunca volvería a ver a los trolls como una nación unida
de nuevo. Segura Quel´thalas de la destrucción, los elfos juraron lealtad y
amistad a la nación humana de Arathor y a la línea real de Thoradin. Humanos y
elfos tendrían relaciones pacíficas en las épocas venideras.
Los
Guardianes de Tirisfal
Según la
biblioteca secreta de los Altos Elfos
(2700 años
antes de la Primera Guerra)
Con la
ausencia de los trolls de las tierras del norte, los elfos de Quel'Thalas se
dedicaron a fortalecer su gloriosa patria. Los victoriosos ejércitos de Arathor
volvieron a casa en la sureña Strom. La sociedad humana creció y prosperó,
mientras que Thoradin, viendo como su reino se extendía, mantuvo a Strom como
el centro del imperio arathoriano. Después de muchos pacíficos años de
crecimiento y comercio, el poderoso Thoradin murió de vejez, dejando a la joven
generación de Arathor libre para expandir el imperio más allá de las costas de
Strom.
Los cien
magos originales, quienes fueron instruidos en los caminos de la magia por los
elfos, estudiaron sus poderes y estudiaron las místicas disciplinas de hacer
encantos con mucho más detalle. Estos magos, inicialmente escogidos por su
fuerza y noble espíritu, siempre practicaron la magia con cuidado y
responsabilidad. Sin embargo, pasaron sus secretos y poderes a una generación
nueva que no tenía concepto de los rigores de la guerra o la necesidad por
sobrevivir. Estos jóvenes magos empezaron a practicar la magia por gusto
personal sin ninguna responsabilidad para con sus congéneres.
Como el
imperio se extendía hacia nuevas tierras, los jóvenes magos también viajaron
hacia el sur. Usando sus poderes místicos, los magos protegían a sus hermanos de
las criaturas salvajes de la tierra e hicieron posible la colonización en
nuevas ciudades-estado construidas en las zonas salvajes. Sin embargo, como sus
poderes crecían, los magos comenzaron a aislarse del resto de la sociedad.
La segunda
ciudad-estado arathoriana, DALARAN, fue fundada al norte de Strom. Muchos magos
de todos los confines de Strom dejaron atrás la ciudad y viajaron a Dalaran,
donde esperaban usar sus nuevos poderes con gran libertad. Estos magos elevaron
una inmensa espiral encantada, la Ciudadela Violeta, en Dalaran, y se
sumergieron en lo profundo de sus estudios. De esta forma, los magos humanos
aprendieron a convocar las ventiscas y la lluvia, a tele-transportarse de un
lugar a otro, a volverse invisibles, a metamorfosear a otros seres en animales,
e inclusive, lograron liberar a los Elementales de Agua de su prisión, y
utilizarlos en el combate como aliados. Los ciudadanos de Dalaran toleraban a
los magos y constituyeron una fuerte economía bajo la protección de las artes
mágicas de sus defensores. Pero un secreto poder acechaba a los despreocupados
humanos.
Los
siniestros agentes de la Legión Ardiente, que habían sido expulsados con el
estallido del Pozo de la Eternidad, fueron atraídos al mundo por los constantes
hechizos de los magos de Dalaran, que había logrado romper el delgado hilo que
separa la realidad de las dimensiones etéreas. Estos relativamente débiles
demonios no aparecían como una fuerza peligrosa, pero causaban considerable
confusión y caos en las calles de Dalaran. Muchos de estos demonios provocaron
insólitos eventos, y los magos regidores de Dalaran decidieron ocultarlos del
público. Los más poderosos magos fueron enviados a capturar a los elusivos
demonios, pero a veces eran vencidos por algún solitario poderoso agente de
Legión.
Después de
unos pocos meses, los supersticiosos campesinos empezaron a sospechar que sus
magos les ocultaban una terrible verdad. Rumores de una revolución empezaron a
recorrer las calles de Dalaran y los paranoicos ciudadanos dudaban acerca de
las prácticas y motivos de los magos que una vez admiraron. Posesiones,
apariciones de temibles criaturas demoníacas, asesinatos sin motivo alguno,
empezaron a producir el pánico entre los habitantes de la ciudad. Los Magos,
temiendo una rebelión por parte de los campesinos y que Strom tomara acción
contra ellos, se volvieron al único grupo que entendería su particular
problema: los Altos Elfos.
Alarmados
por las noticias de los Magos acerca de la actividad demoníaca en Dalaran, los
elfos rápidamente a sus magos más poderosos a las tierras humanas. Los magos
elfos estudiaron las energías en Dalaran, y elaboraron reportes detallados de
actividad demoníaca en la ciudad. Concluyeron que eran debidas solamente a unos
pocos demonios perdidos en el mundo, pero la Legión misma podría retornar si
los humanos continuaban usando las fuerzas de la magia.
Recordando
el pecado de sus ancestros, el Concejo de Silvermoon, que regía los elfos de
Quel'Thalas, hizo un pacto secreto con los Magos de Dalaran. Los elfos informaron
a los Magos acerca de la ancestral historia de Kalimdor y la Legión Ardiente,
una historia que había estremecido al mundo. Informaron a los humanos que,
mientras más tiempo usaran la magia, tendrían que proteger a sus ciudadanos de
los malvados agentes de la Legión. Los Magos propusieron la noción de dar poder
a un simple campeón mortal, quien utilizaría sus poderes colectivos para pelear
una infinita guerra secreta contra la Legión. Esto permitiría a la mayoría de
la humanidad ignorar por completo la existencia de los Guardianes y su guerra
contra la Legión, por temor a que el pueblo entrara en pánico y paranoia. Los
elfos estuvieron de acuerdo y propusieron fundar una orden secreta para
dedicarse a la elección del Guardián y ayudarle a combatir el caos en el mundo.
Esta era la forma en que los Altos Elfos se redimirían de sus pasadas faltas…
La sociedad
estableció sus reuniones secretas en las sombrías Praderas de Tirisfal, donde
primeramente desembarcaron los Altos Elfos en Lordaeron. Se llamaron a sí
mismos como la secta secreta de los Guardianes de Tirisfal. Los campeones
mortales serían escogidos para ser Guardianes y serían imbuidos por los poderes
de los magos elfos y humanos. Solamente habría un Guardián a la vez, pero
tendrían un vasto poder para derrotar a los agentes de la Legión donde quiera
que los encontrara. El poder del Guardián era tan grande que solamente el
Concilio de Tirisfal era capaz de elegir los potenciales sucesores del
Guardián. Cuando un Guardián era muy viejo o débil en su guerra secreta contra
el caos, el Concilio elegía un nuevo campeón, y bajo condiciones controladas,
formalmente canalizar los poderes del Guardián en el nuevo agente.
Con el paso
de las generaciones, los Guardianes ha defendido a la humanidad en su guerra invisible
contra la Legión Ardiente sobre las tierras de Arathor y Quel´thalas. Arathor
crecía y prosperaba mientras el uso de la magia engrandecía su imperio.
Mientras tanto, los Guardianes se encargaban de observar cualquier signo de
actividad demoníaca.
Ironforge –
El despertar de los Enanos
Runas enanas
de Ironforge
(2500 años
antes de la Primera Guerra)
En tiempos
ancestrales, después de que los Titanes partieron de Azeroth, sus hijos, los
Titánides, continuaron su función de formar y guardar las profundidades
abismales del mundo. Los Titánides no mostraron interés por los hechos de las
razas que poblaban la superficie y solamente se inmiscuían en sus asuntos en
las oscuras cavernas de la tierra.
Cuando el
mundo fue destruido por la implosión del Pozo de la Eternidad, los Titánides
fueron profundamente afectados. Sufriendo el dolor mismo de la tierra, los
Titánides perdieron mucho de su identidad y se fundieron con las rocas de donde
habían sido creados. Uldaman, Uldum, Ulduar... estos fueron los nombres de las
antiguas ciudades donde los Titánides primeramente tomaron forma. Profundamente
dormidos en la profundidad de las cavernas, los Titánides descansaron en paz
por cerca de ocho mil años.
“No está
claro por qué despertamos”- rezan las antiguas runas enanas. “Pero habíamos
cambiado durante la hibernación. Nuestras rocosas formas se habían vuelto piel,
y nuestros poderes sobre la piedra y la tierra habían desaparecido. Éramos
criaturas mortales”.
Los últimos
Titánides dejaron atrás los salones de Uldaman y se aventuraron a caminar sobre
la superficie. Nunca abandonaron la seguridad de las profundidades y las
maravillas de las cavernas, por lo que fundaron un vasto reino bajo la más alta
montaña de la tierra. Llamaron a su tierra, Khaz Modan. Construyeron un altar
para su padre el Titán Khaz´goroth, y fundaron una poderosa forja en el corazón
de la montaña. La ciudad que creció alrededor de la forja se llamó IRONFORGE. A
partir de ese instante, se llamarían asimismo Enanos.
Los enanos,
por naturaleza fascinados con las gemas y la piedra, construyeron minas en las
montañas circundantes para extraer ricos y preciosos metales. Felices con sus
trabajos bajo la tierra, los enanos se despreocuparon de las ligerezas de sus
vecinos de la superficie.
Los Siete
Reinos
Archivos de
Kirin Tor
(1200 años
antes de la Primera Guerra)
Strom
continuó actuando como capital de Arathor, pero al igual que Dalaran, muchas
nuevas ciudades-estado aparecieron a lo largo del continente de Lordaeron.
Gilneas, Alterac, y Kul Tiras fueron las primeras ciudades-estado en
levantarse, y aunque tenían sus propios gobiernos y relaciones comerciales,
seguían bajo la autoridad unificada de Strom.
Bajo el ojo
vigilante de la Orden de Tirisfal, Dalaran se convirtió en el corazón del aprendizaje
para los magos de toda la tierra. Los Magos que regían Dalaran crearon el KIRIN
TOR, una cámara especializada encargada de catalogar y registrar cada hechizo,
artefacto y objeto mágico conocido por la humanidad a través del tiempo.
Gilneas y
Alterac se convirtieron en fuertes soportes militares de Strom y desarrollaron
grandes ejércitos que exploraron las montañosas tierras de Khaz Modan. Fue
durante este periodo que los humanos conocieron a la antigua raza de enanos y
viajaron a la cavernosa ciudad subterránea de Ironforge. Los humanos y los
enanos intercambiaron muchos secretos acerca de los usos del metal y la
ingeniería y descubrieron una singular y mutua afinidad por las batallas y el
relato de historias.
La
ciudad-estado de Kul Tiras, fundada sobre una gran isla al sur de Lordaeron,
desarrolló una próspera economía basada en la pesca y el comercio mercante. Con
el tiempo, Kul Tiras construyó una poderosa armada que exploró los mares y
tierras conocidas en busca de bienes exóticos para comercial. Mientras la
economía de Arathor florecía, sus fuertes componentes empezaron a
desintegrarse.
Con el
tiempo, los señores de Strom decidieron movilizar sus estados a las fértiles
tierras del norte de Lordaeron y dejar sus áridas tierras del sur. Los nietos del
rey Thoradin, los últimos descendientes de la dinastía Arathi, argumentaron que
Strom no debería ser abandonada, lo que incurrió en el descontento de los
grandes ciudadanos, dispuestos a partir. Los señores de Strom, observando la
pureza del intocado norte, decidieron dejar atrás su ancestral ciudad. Hacia el
norte de Dalaran, los señores de Strom construyeron una nueva ciudad que
llamaron LORDAERON. El continente entero tomó el nombre de esta ciudad.
Lordaeron se convirtió en una meca religiosa y en refugio de paz y seguridad
para todos los desvalidos
Los
descendientes de los Arathi, permanecieron fieles a los antiguos muros de
Strom, decidieron viajar hacia el sur sobre las rocosas montañas de Khaz Modan.
Su viaje finalmente terminó luego de muchas eras, y se asentaron en el norte
del continente que luego se llamó AZEROTH. En un fértil valle fundaron el reino
de Stormwind, el cual se convirtió en un poderoso reino.
Los pocos
guerreros que permanecieron en Strom decidieron guardar los ancestrales muros de
la ciudad. Strom ya no era más el centro del imperio, pero se desarrolló en una
nueva nación conocida como Stormgarde (La Guardia de Strom). Conforme cada
ciudad prosperaba y crecía, el imperio arathoriano se vio efectivamente
desintegrado. Cada nación desarrolló sus propias costumbres y creencias, y se
fueron separando unas de otras. La visión del rey Thoradin de una humanidad
unida había finalmente fracasado.
Aegywnn y la
cacería del Dragón
Según la
biblioteca secreta de los Altos Elfos
(830 años
antes de la Primera Guerra)
Como las
rivalidades políticas y militares de las siete naciones humanas aumentaban y
empeoraban, la línea de los Guardianes estaba en constante vigilancia contra el
caos. Hubo muchos Guardianes a través de los años, pero solamente uno tenía los
poderes mágicos de Tirisfal a la vez. Uno de los últimos Guardianes se
distinguió como un poderoso guerrero contra la sombra. Magna Aegwynn, una
bravía chica humana, ganó la aprobación de la Orden y se le dio el manto de los
Guardianes. Aegwynn trabajaba vigorosamente en cazar y erradicar a los demonios
donde quiera que los encontrara, pero a menudo cuestionaba la autoridad del
Concilio de Tirisfal, dominado por hombres. Ella creía que los ancestrales
elfos y los envejecidos magos que presidían el Concilio eran demasiado rígidos
en sus pensamientos y no tenían la decisión suficiente de poner fin al
conflictivo caos. Impaciente con las lentas discusiones y debates, decidió
probarse a sí misma y a sus superiores, por lo que frecuentemente demostraba un
valor más allá del entendimiento en situaciones cruciales.
Como su
dominio de poder cósmico de Tirisfal crecía, Aegwynn descubrió que un creciente
número de poderosos demonios había aparecido en el congelado continente de
Northrend. Viajando al distante norte, Aegwynn encontró a los demonios entre
las montañas. Descubrió que estos demonios habían cazado a uno de los últimos
dragones sobrevivientes y habían absorbido la magia innata de las ancestrales
criaturas. Los poderosos dragones azules, hijos de Malygos el Forjador de
Conjuros, con el aumento de las sociedades mortales sobre el mundo, decidieron
enfrentarse ellos mismos a las oscuras artes mágicas de la Legión. Aegwynn
confrontó a los demonios, y con ayuda de los nobles dragones, los vencieron.
Sin embargo, tan pronto como el último demonio desapareció del mundo, una gran
tormenta emergió desde el norte. Una enorme figura oscura apareció sobre el
cielo de Northrend. Sargeras, el rey de los demonios y señor de la Legión
Ardiente, apareció ante Aegwynn y la atacó con increíble energía. Le dijo a la
joven Guardiana que el tiempo de Tirisfal estaba a punto de llegar a su fin y
que el mundo pronto sería devorado por la Legión.
La valiente
Aegwynn, creyéndose suficientemente fuerte para pelear con el amenazante dios,
lanzó sus poderes contra Sargeras. Con desconcertante facilidad, Aegwynn
derrotó al demonio y logró matar su forma física. Creyendo que el espíritu de
Sargeras había pasado al abismo, la noble Aegwynn llevó su ruinoso cuerpo a uno
de los antiguos salones de Kalimdor que se encontraba cerca del centro del mar,
donde colapsó el Pozo de la Eternidad. Aegwynn nunca sospechó que eso era
exactamente lo que Sargeras había planeado...
Guerra de
los Tres Martillos
Runas enanas
de Ironforge
(230 años
antes de la Primera Guerra)
Los enanos
de Ironforge vivieron en paz por muchas centurias. Sin embargo, su sociedad
había crecido entre los confines de sus montañosas ciudades. Mientras el
poderoso Alto Rey Enano, Modimus Anvilmar, regía sobre los enanos con justicia
y visión, tres poderosas facciones se fortalecieron sobre la sociedad enana.
El Clan
Bronzebeard, regido por el Rey Madoran Bronzebearb, muy cercano al Alto Rey y
tradicionalmente defensores de Ironforge. El Clan Wildhammer, regido por el Rey
Khardros Wildhammer, habitaba los fuertes y minas cercanos a la base de la
montaña y ganaba cada vez más control sobre la ciudad. La tercera facción, el
Clan Dark Iron, estaba regido por el rey-hechicero Thaurissan. Los enanos de
este clan habitaban las profundas sombras dentro de la montaña y conspiraban
contra los Bronzebeards y Wildhammers.
Por un
tiempo las tres facciones mantuvieron la paz, pero las tensiones estallaron
cuando el Alto Rey Anvilmar murió de avanzada edad. Los tres clanes en pugna
estallaron en una guerra por el control de Ironforge. La guerra civil enana
rugió bajo la tierra por muchos años. Eventualmente los Bronzebeards, con un
ejército más grande y fuerte, expulsaron a los Dark Iron y a los Wiildhammers
fuera de la montaña.
Khardros y
sus Wildhammers viajaron hacia el norte a través de las puertas de Dun Algaz, y
fundaron su propio Reino en el distante pico de GRIM BATOL. Allí, los
Wildhammers cavaron y reconstruyeron sus perdidos tesoros. Thaurissan y sus
Dark Iron no tuvieron tanta suerte. Humillados y encolerizados por su derrota,
deseaban venganza contra Ironforge. Guiando a su gente hacia el sur, Thaurissan
fundó una ciudad (que llamó como el mismo) bajo las bellas Montañas Redridge.
Prosperidad y el paso de los años no disminuyeron el rencor de los Dark Iron
contra sus primos. Thaurissan y su esposa hechicera, Modgud, lanzaron dos
prolongados asaltos contra Ironforge y Grim Batol. Los Dark Irons reclamaban
Khaz´Modan para ellos solos.
El ejército
Dark Iron atacó los fuertes de sus primos y estuvieron cerca de tomar ambos
reinos. Sin embargo, Madoran Bronzebearb lideró a su clan a la decisiva
victoria sobre el ejército de brujos de Thaurissan. Este y sus sirvientes se
retiraron a la seguridad de la ciudad, sin conocer la suerte del ejército de
Modgud contra Khardros y sus guerreros Wildhammer.
Conforme
enfrentaba a sus enemigos, Modgud usaba sus poderes para sumir en miedo sus
corazones. Las Sombras se movían a su mandato, y criaturas tenebrosas brotaban
de la tierra para atacar a los Wildhammers en sus propios salones de Grim
Batol. Eventualmente Modgud rompió las puertas de la ciudad y empezó el asedio
del fuerte principal. Los Wildhammers pelearon desesperadamente, Khardros mismo
tomó sus mazas y mató a la reina-bruja. Con su reina muerta, los Dark Irons sufrieron
la furia de los Wildhammers, huyeron hacia la fortaleza de su rey, solamente
para toparse con los ejércitos de Ironforge, que habían acudido en ayuda de
Grim Batol. Atrapados entre los dos ejércitos, los últimos Dark Iron fueron
destruidos.
Los ejércitos
unificados de Ironforge y Grim Batol se dirigieron al sur para destruir a
Thaurissan y sus Dark Irons de una vez por todas. Este, desesperado en su
furia, invocó un hechizo de proporciones cataclísmicas. Tratando de invocar un
ser sobrenatural que le asegurara la victoria, Thaurissan convocó antiguos
poderes durmientes bajo el mundo. En su estado de shock, y para su perdición,
la criatura que emergió no podía ser más terrible que cualquier pesadilla que
se pudo imaginar.
Ragnaros el
Señor del Fuego, el inmortal señor de los fuegos elementales, derrotado por los
Titanes cuando el mundo era joven, emergió entre potentes llamaradas. Liberado
por el llamado de Thaurissan, Ragnaros erupcionó de nuevo a la superficie. El
renacimiento apocalíptico de Ragnaros en Azeroth resquebrajó las Montañas
Redridge y creó un furioso e inmenso volcán en el centro de la devastación. El
volcán, llamado Blackrock Spire, estaba limitado por la Costa Rugiente al
norte, y las Estepas Ardientes al sur. Muerto Thaurissan por las fuerzas que el
mismo liberó, sus hermanos sobrevivientes fueron esclavizados por Ragnaros y
sus elementales de fuego. Él domina Blackrock Spire hasta el día de hoy.
Observando
la horrorifica devastación y los fuegos de las montañas del sur, los reyes
Madoran y Khardros levantaron sus ejércitos y retornaron a la seguridad de sus
reinos, eludiendo dar la cara a la ira de Ragnaros.
Los
Bronzebeards volvieron a Ironforge y reconstruyeron su gloriosa ciudad. Los
Wildhammers retornaron a Grim Batol. Sin embargo, la muerte de Modgud había
dejado en un terrible estado el fuerte, y los Wildhammers lo encontraron
inhabitable. El Rey Bronzebearb ofreció a los Wildhammers un lugar para vivir
dentro de las fronteras de Ironforge, pero los Wildhammers lo rechazaron. Khardros
tomó a su pueblo y lo llevó hacia el norte, hacia las tierras de Lordaeron.
Ingresando en los frondosos bosques de Hinterland, los Wildhammers construyeron
una ciudad en Aerie Peak, donde los Wildhammers estuvieran en contacto con la
naturaleza y eventualmente domaron a los grifos del área.
Tratando de
mantener relaciones de comercio con sus primos, los enanos de Ironforge
construyeron dos grandes arcos, los Thandol Span, un puente entre Khaz Modan y
Lordaeron. Interesados en el comercio mutuo, ambos reinos prosperaron. Luego de
la muerte de los reyes Madoran y Khardros, sus hijos construyeron dos grandes
estatuas en honor a sus padres. Las dos estatuas montan guardia sobre el paso
de las tierras sureñas, que se volvieron volcánicas por la presencia de Ragnaros.
Ellas servirían como advertencia a todo el que quisiera atacar los reinos
enanos, y como un recuerdo del precio que los Dark Iron pagaron por sus
crímenes
Los dos
reinos permanecieron aislados por algunos años, pero los Wildhammer cambiaron
mucho por los horrores vividos en Grim Batol. Tomaron la decisión de de
permanecer en la superficie, sobre las rocas de Aerie Peak, en lugar de cavar
un vasto reino bajo la montaña. Las diferencias ideológicas entre ambos reinos
enanos eventualmente los condujeron por caminos distintos.
El Último
Guardián
Según la
biblioteca secreata de los Altos Elfos
(45 años
antes de la Primera Guerra)
La Guardiana
Aegwynn acrecentó sus poderes los años subsiguientes y las fuerzas de Tirisfal
extendieron grandemente su vida. Creyendo que había derrotado a Sargeras para
bien, continuó salvaguardando al mundo de las fuerzas diabólicas por cerca de
novecientos años. Sin embargo, el Concilio de Tirisfal finalmente decretó que
su tiempo había llegado a su fin. El Concilio ordenó a Aegwynn volver a Dalaran
para que su sucesor fuera escogido. Pero Aegwynn difería del Concilio, y
decidió escoger ella misma a su sucesor.
Planeó dar a
luz un hijo al cual le heredaría todo su poder. No tenía intención de que la
Orden de Tirisfal manipulara a su sucesor como la había manipulado a ella.
Viajando a la sureña nación de Azeroth, Aegwynn encontró al perfecto padre para
su hijo: un astuto mago humano conocido como Nielas Aran. Aran era el mago de
la corte del rey de Azeroth. Aegwynn sedujo al mago y concibió de él un hijo.
La afinidad natural de Nielas por la magia marcó profundamente al niño no
nacido y luego definiría los trágicos pasos que tomaría cuando fuese adulto. El
poder de Tirisfal fue heredado al niño, pero este no se manifestaría hasta su
madurez.
Pasado un
tiempo, Aegwynn dio a luz a un hijo varón. Llamándolo Medivh, que significa
"guardián de los secretos" en la lengua de los altos elfos, Aegwynn
creía que el niño, al llegar a la madurez, sería el próximo Guardián.
Desafortunadamente no sabía la terrible verdad de los planes de Sargeras: el
maligno espíritu del oscuro Titán se había ocultado en su interior después de
su batalla con él, y había poseído al indefenso niño mientras este estaba en el
vientre de su madre. Aegwynn no tenía idea que el próximo Guardián estaba
realmente poseído por su más grande némesis.
Asegurándose
que su bebe creciera sano y fuerte, Aegwynn llevó al pequeño Medivh a la corte
de Azeroth y lo dejó para que fuese criado por su padre mortal y su pueblo. Ella
lo seguiría vigilando desde la sombra, preparándose para cederle su poder
cuando estuviera listo. Medivh creció para convertirse en un muchacho fuerte,
sin tener idea del gran poder que albergaba su espíritu.
Sargeras
esperó su momento para manifestar su poder en el joven. Con el tiempo, Medivh
llegó a la edad de la adolescencia, y se había convertido en un joven apuesto y
popular en Azeroth por la facilidad con que progresaba en los estudios mágicos
con su padre, y por las aventuras con sus dos mejores amigos: Llane, príncipe
de Azeroth, y Anduin Lothar, uno de los últimos descendientes de la línea
sanguínea Arathi. Los tres muchachos constantemente hacían travesuras por todo
el reino, pero eran amados por los ciudadanos en general.
Cuando
Medivh cumplió los 14 años, el poder cósmico dentro de el despertó e inició una
lucha terrible con el invasor espíritu de Sargeras, combatiendo por su alma.
Medivh entró en un estado catatónico que duró muchos años. Al despertar de su
coma, se halló en la madurez, y sus amigos Llane y Anduin se habían convertido
en los regentes de Azeroth. Aunque deseaba profundamente utilizar sus
increíbles poderes para proteger su tierra, el oscuro espíritu de Sargeras
trastornó sus emociones y pensamientos, para llevarlos a un terrible final.
Sargeras
había dominado el confundido corazón de Medivh, y ahora sus planes de una
segunda invasión demoníaca sobre el mundo estaban casi completos. Y el último
Guardián del mundo le ayudaría en sus oscuros propósitos.
Capítulo 3:
La Perdición de Draenor
Kil´jaeden y
el Pacto de las Sombras
Criptoglifos
draenei.
Desde la
eternidad de las sombras, en el Torbellino del Vacío, Kil´jaeden el Embaucador
observa con perversa sonrisa un pequeño mundo que, inocente, flota en el
espacio. El astuto demonio está planeando su silenciosa invasión. Una invasión
de las conciencias. Kil'jaeden sabe que necesita despertar una nueva fuerza que
destruya todo a su paso antes de que la Legión ponga el primer pie sobre el
mundo. Igual que cientos de mundos antes, Draenor sería el siguiente objetivo
de la Legión. Si las razas mortales se veían obligadas a combatir en una nueva
guerra, deberían estar lo suficientemente débiles como para resistir cuando la
verdadera invasión iniciara.
Kil´jaeden
había descubierto el pacífico mundo de Draenor, en la gran inmensidad de la
oscuridad más allá. A diferencia de los violentos métodos de Archimonde y
Mannoroth, Kil’jaeden era más sagaz y astuto, y prefería lograr la conquista de
los mundos mediante el engaño. Su método era sencillo: descubrir las ambiciones
y bajos instintos de sus víctimas, e inflamarlos para su beneficio.
Draenor
estaba habitado por varias razas tan distintas como impresionantes. Los
draenei, una raza pacífica, habían desarrollado una civilización culturalmente
más adelantada que el resto, con el descubrimiento de la agricultura y los
rituales mortuorios. La otra raza, los orcos, creían firmemente en los
principios elementales de la naturaleza, y su cultura se basaba en las
enseñanzas del chamanismo, la cual prodigaba la comunión estrecha con los
espíritus de la naturaleza. Los orcos estaban organizados en clanes, dirigidos
por un jefe, que no es otro que el más fuerte de todos los guerreros, y un
chamán, quien desde su juventud ha sido entrenado y educado por un maestro. Sus
costumbres básicamente se basaban en la cacería y tenían un amplio sentido del
honor.
De las dos
razas, Kil'jaeden escogió a los fuertes guerreros orcos porque sus espíritus
simplemente eran más susceptibles al mal y la corrupción, y porque su biotipo
favorecía la brutalidad de la guerra. Dicen las historias, no podemos a ciencia
cierta saberlo, que el demonio habló al alma de un viejo chamán orco, llamado
Ner’zhul, y le prometió la eternidad y amplios poderes más allá de su
imaginación. Ambos hicieron un pacto de sangre. Bajo la dirección del astuto
chamán, el demonio inflamaría la guerra en el corazón de los clanes orcos. Con
el tiempo, la espiritual raza fue transformada en un pueblo sediento de sangre.
Se construyeron arenas para gladiadores, y los orcos comenzaron a cazar a los
draenei como si fueran animales. Solamente unos pocos draenei, bajo el mando de
uno de sus chamanes, Akama, habían logrado sobrevivir dentro de algunas cuevas.
Entonces,
Kil'jaeden urgió a Ner'zhul y a su pueblo de tomar el ultimo paso: entregarse
enteramente a la muerte y la guerra. Pero el viejo chamán, sintiendo que su
gente sería esclavizada para siempre, resistió las órdenes del demonio.
Frustrado
por la resistencia de Ner'zhul, Kil'jaeden decidió buscar otro orco que llevara
a su pueblo a las manos de la Legión. El persistente demonio finalmente
encontró el discípulo ideal en el ambicioso aprendiz de Ner´zhul, Gul’dan.
Kil'jaeden prometió a Gul'dan poder ilimitado si le era obediente. El joven
orco, sediento de poder, se convirtió en un bravo estudiante de la magia
diabólica, y se transformó en el más poderoso brujo conocido en la historia.
Guiando a otros jóvenes orcos a olvidar las tradiciones chamanísticas y abrazar
las artes mágicas, Gul´dan les mostró una nuevo tipo de magia a sus hermanos,
un terrible poder que los llevaría a la perdición: la brujería y la
nigromancia.
Kil'jaeden,
viendo que su trampa sobre los orcos había funcionado, ayudó a Gul'dan a fundar
el Concejo de las Sombras, una secta secreta que manipulaba a los clanes y
extendería el uso de la brujería en todo Draenor. Mientras más orcos
practicaban las artes mágicas de los brujos, los gentiles campos de Draenor se
volvieron negros e infestados. Con el tiempo, las vastas praderas de que fueron
hogar de los orcos por generaciones, se convirtieron en barro y aceite. Las
energías demoníacas lentamente habían matado al pequeño mundo.
Apogeo de la
Horda.
Las
historias de batallas y victorias siempre son recordadas, y en el pasado, se
han levantado líderes que con cada asalto documentan el pasado. A pesar de ser líderes
en guerra, estos jefes han demostrado poca acción con las palabras escritas.
“Thok contar interesante historia. Ellos hicieron caer mi, pero mi bien. Mi
encontrar muchas cosas buenas para comer. Nosotros encontrar villa. Nosotros
matarlos y comer su comida. Thok detenerse ahora. Cabeza duele de escribir”. El
hecho es que yo soy mitad orca, con linaje humano, lo que combinado con las
habilidades y las enseñanzas que he adquirido durante mis viajes, me ha
permitido adquirir este elevado puesto. Como jefe de intérpretes del Concejo de
las Sombras, el deber de preservar los acontecimientos de nuestra conquista de
este mundo y la eventual cruzada en la nueva tierra, ha caído sobre mis
hombros. Yo, Garona, les escribo esta historia…
Nuestras
reglas de vida son sencillas: solamente el más fuerte sobrevive. Una decisiva
victoria en batalla eleva al comandante y a sus guerreros a un lugar de honor y
control. Pero mientras más alta la distinción, más dura la caída. Nuestro
destino concerniente a la dominación sobre estas tierras ha sido ampliamente
predicho por los místicos de los clanes por cientos de años. Muchas eras han
pasado bajo el asalto de nuestras fuerzas, causando dolor y oscuridad a nuestro
paso. Escondiéndonos en bosques o entre las rocas que miran al mar, nuestros
ejércitos han destruido la patética resistencia que nuestros enemigos pueden
ofrecer. Sus tropas mueren con cada asalto y cubren los campos, porque nosotros
no tomamos prisioneros. Usando los poderes de nuestros brujos y nigromantes, ni
siquiera el más poderoso de nuestros rivales puede permanecer de pie ante
nuestro asalto. Uno por uno nuestros enemigos caen, y nosotros somos más
fuertes con cada victoria. Con el tiempo, subyugando a todo el que se oponga a
nuestro poder, y esclavizando a las razas más débiles para usarlas a nuestro
placer, conquistamos a la naturaleza y las criaturas, para alcanzar el pináculo
de nuestro apogeo.
Sin embargo,
los orcos se volvían cada vez más agresivos bajo nuestro secreto control. Se
construyeron masivas arenas donde saciaban sus deseos guerreros en ensayos de
combate a muerte. Durante este periodo, unos pocos jefes de clanes hablaron en
contra de la creciente depravación de su raza. Uno de estos jefes, Durotan del
Clan de los Lobos de Hielo, advirtió que los orcos se destruirían a si mismos
en una orgía de odio y furia. Sus palabras cayeron en oídos sordos, y jefes más
fuertes como Grom Hellscream del Clan Warsong se elevaron como campeones de una
nueva era de guerra y dominio. Pero las décadas de constantes luchas entre los
clanes han servido para dividir nuestra raza contra nosotros mismos. Algunas
facciones luchan por el dominio de los clanes. Sus insulsos argumentos se han
vuelto un conflicto armado, y han tornado a los clanes en una guerra interna por
la necesidad de destrucción que consume nuestra sangre. Si no existían tierras
que tomar a los enemigos, entonces tomábamos las de nuestros hermanos.
El único
clan que ignoró estos juegos de poder fueron los brujos. Recluidos en sus
torres, ellos decían que un peligro estaba presente. Aunque a los nigromantes
complacían estas batallas fraticidas que poblaban la tierra y el inframundo con
ríos de sangre, los brujos temían que ningún orco lograra sobrevivir. Ellos se
ocupaban de mantener el delicado balance que mantenía el control de sus poderes
y se dedicaban a trabajar en su magia. Para mantener este equilibrio, las
hordas orcas necesitarían de nuevas batallas contra un enemigo común. Fue
durante este breve periodo en que tuvimos noticia de la existencia de una
pequeña hendidura interdimensional. Muchos años han pasado los brujos
estudiando estos misterios. Son incontables los numerosos ensayos y pruebas
para llegar a la conclusión de que este fenómeno puede funcionar como un portal
si logra ser dominado. Los brujos orcos empezaron a experimentar en él,
haciéndolo cada vez más estable. Eventualmente, fueron hábiles de crear un
pequeño portal, suficientemente grande como para enviar a uno de sus clanes del
otro lado.
Las
historias con que estos sujetos regresaron nos tenían casi convencidos de que
la experiencia que habían dejado atrás los había enloquecido, pero las extrañas
y desconocidas plantas que trajeron era evidencia segura de sus palabras. Esto
motivó a la secta a convocar a los líderes más poderes de los divididos clanes
y proponerles un cese de la guerra por un año. Al final de este tiempo, la
secta les prometió el chance de reunirse para atacar un nuevo mundo.
Al cabo de
tres meses, se envió un pequeño destacamento de tropas sobre el nuevo mundo. Un
círculo azul de energía, de la altura de dos orcos y medio, dibujado
delicadamente sobre una colina, fue del agrado de los jefes de los clanes.
Siete guerreros entraron en el portal y volvieron con reportes detallados de
las tierras y las criaturas que encontraron del otro lado. Conforme los brujos
empezaron sus encantamientos para agrandar el portal, un sonido empezó –
lentamente al principio - a escucharse como el aullido de un lobo negro durante
una noche de una luna sangrienta. Cuando el sonido era casi insoportable, los
guerreros se colocaron sobre el círculo, ahora vivo con miles de colores
brillando en una danza cósmica…
El saqueo de
la villa fue muy simple, es más difícil narrarlo. Un grupo de extraños e indefensos
edificios fue el primer signo de que una verdadera oposición no sería
encontrada. El cielo es luminoso y el sol de este mundo se eleva sobre las
colinas. Es un disco amarillo luminoso dos veces más brillante que el nuestro,
y hace los días extremadamente calientes. Ser una pequeña rata debe ser mucho
más que pertenecer a la raza que domina este mundo. Pequeños, rosados y con
músculos flácidos son estas criaturas. Los guerreros discuten entre ellos que,
si estos son los defensores de este mundo, la victoria era solamente cosa de
momentos. Saliendo de sus escondites, atacaron la villa y asesinaron todo lo
que encontraron a su paso. Los machos ofrecieron alguna resistencia, pero las
mujeres y los niños fueron fáciles de matar. Sus casas tenían pocas cosas de
valor, pero estaban repletas de grano fresco, y además mostraron ser excelentes
para dar de comer a las antorchas. Este nuevo mundo, vasto y extenso, con
débiles protectores, probó ser una joya para adherir a la corona de los orcos.
Con el
tiempo, hemos aprendido mucho de este nuevo dominio, y de quienes los habitan.
Aunque son difíciles de entender en muchas formas, ellos han probado tener
algunas similitudes con nosotros. Un golpe fuerte en la cabeza resulta en
muerte. Sin comida se extinguen. El dolor les afecta en la misma forma que a
nuestros enemigos, y ha demostrado ser efectivo para obtener información. El
nombre de este lugar es Azeroth, y sus habitantes son llamados “humanos”. Con
el tiempo, más y más guerreros han cruzado el portal hacia Azeroth. Algunos han
llamado a tomar el castillo cercano a la villa que destruimos, pero la
presencia de unos seres de piel plateada y metálica llamados “caballeros” ha
demostrado tener mayor resistencia a nuestros asaltos. Muchos han llamado a
cerrar el portal, mientras que otras facciones pugnaban por hacer un ataque
contra los humanos con todas nuestras fuerzas.
Los clanes
orcos estaban listos, pero se necesitaba una última prueba de lealtad ante
nuestros oscuros amos. En secreto, el Concejo de las Sombras invocó a Mannoroth
el Destructor, un poderoso demonio que encarna la destrucción y la ira. Nuestro
gran líder brujo, Gul´dan, llamó a los jefes de los clanes y los convenció de
beber la ira de la sangre de Mannoroth, con lo que se volverían invencibles.
Liderados por Grom Hellscream, todos los jefes, excepto Durotan, bebieron y se
convirtieron en esclavos de la Legión Ardiente. Con el poder de la ira de
Mannoroth, los jefes extendieron su subyugación a sus hermanos. Han pasado 15
años desde que esta costosa decisión alteró el curso de nuestro destino.
Consumidos
por la maldición de su nueva sed de sangre, los orcos descargaron su furia
contra todos los que se interpusieron en su camino. Sintiendo que su tiempo
estaba cerca, Gul´dan unió a los clanes guerreros en una simple e imparable
HORDA. Sin embargo, era conocido que varios jefes lucharían por la supremacía.
Dentro de este caos, surgió un orco que con astucia se ha atraído algunos
seguidores. Con carismáticas manipulaciones y el uso de palabras adecuadas ha
hecho su voz más fuerte conforme el tiempo pasa. Después de deshacerse de sus
oponentes, pocos pueden ofrecer oposición a sus planes, y la ley del Señor de
la Guerra Blackhand el Destructor, líder del clan Blackrock, cayó sobre nuestra
gente. Su crueldad y dominio en la batalla es solo superado por sus ansias de
poder. Ha estudiado que los principios por los que se rigen las estrategias de
los ejércitos humanos pueden ser derrotados. La culminación de sus planes
envuelve la unificación de todos los clanes y ejércitos orcos, brujos y
nigromantes en la eventual destrucción de la raza humana.
La Horda
está lista. Los orcos serán el gran arma de la Legión Ardiente. La Edad del
Caos había llegado finalmente.
El Consejo
de las Sombras
Como una
fuerza elemental del caos y de la destrucción atravesamos como rayos las
tierras de los Draenei devastando todo lo que nos encontrábamos al paso. No
perdonamos una sola vida. Ningún edificio quedó en pie. Las únicas muestras de
su existencia eran los campos empapados en sangre en que habían trabajado
durante casi cinco mil años y el olor rancio y acre de las enormes hogueras
victoriosas que acabaron con esos cuerpos jóvenes. Los Draenei eran tan
débiles, que apenas merecían el esfuerzo de nuestra batida. Pero, en el fondo,
incluso victorias tan simples como ésta sirven para poner en su sitio a los
inferiores…
Siempre ha
sido así entre los de mi clase. Los poderosos pueden manipular fácilmente los
instintos salvajes y brutales de las masas. El poder es la verdadera fuerza que
dirige la gran máquina destructiva de la Horda. Aquellos que se creen en
posesión de esta fuerza rodean a sus clanes con estandartes de violencia.
Aunque sin un enemigo común, incluso los líderes de los clanes orcos se vuelven
ciegamente unos contra otros. El hambre de destrucción prevalece entre los
locos que dirigen la Horda; el poder y sólo el poder es lo único que se respeta
sobre todas las cosas.
Yo soy
Gul’dan, el más grande de todos los brujos e iniciado en el séptimo círculo del
Concejo Interior de las Sombras. Nadie conoce como yo la oscura fascinación del
poder definitivo.
En lo que se
supone mi juventud, estudié las magias orcas con el chamán tribal de mi clan.
Mi talento natural para encauzar las energías negativas y frías de la infla-dimensión
oscura me situó de forma notable por delante del otros aprendices y sé que
incluso Ner’zhul, el más grande de mis maestros, sintió celos de mí cuando mis
habilidades crecieron.
Mis
aspiraciones fueron creciendo por encima de las de mis semejantes y maestros,
ya que sabía que su visión estaba limitada por su devoción al avance de la
Horda. A mi no me importaba en absoluto ni la Horda ni sus insignificantes
dirigentes. No me importaba lo más mínimo este mundo que dominábamos por
completo. Tan sólo tenía en mente la oportunidad de comprender los misterios
laberínticos de la Gran oscuridad. Había comenzado a explorar en secreto las
energías mucho más allá de lo que cualquiera de mis “tutores” podría comprender
jamás. Fue entonces cuando descubrí la existencia de un inmenso poder: el
demonio Kil’jaeden Me admiraba su furia
sin corazón. Presenciar esta energía tan asombrosa era como ser engullido por
un todo. En las fugaces y febriles pesadillas que me provocó, toqué la esencia
de lo que había en el Más Allá. Se formó dentro de mí un ansia insondable, el
deseo de manejar la furia de las etéreas tormentas y salir ileso del corazón
yaciente de los soles.
Bajo la
tutela de Kil’jaeden, me di cuenta de lo limitado que había sido mi
entendimiento. Se me revelaron historias inimaginables de antiguas razas de
demonios y dimensiones mágicas esenciales. Comprendí que existían mundos
infinitos, dispersos en la oscuridad más allá del cielo, mundos hacia los que
dirigiría la Horda como sólo alguien de mi talento podía hacerlo. Aunque
permanecí con mi gente en el mundo oscuro y rojo de los Draenei, pronto aprendí
a proyectarme hacia las profundidades de la infla-dimensión oscura, volviéndome
casi loco por el caos susurrante que contiene. Aunque podía significar mi
muerte, me sentía irresistiblemente atraído a continuar con mi estado hasta que
finalmente desligado de mi existencia corpórea, comprendí los susurros. Fue
entonces cuando hablé por primera vez con los muertos…
La devoción
a los ancestros ha sido durante mucho tiempo el corazón de la religión orca.
Casi toda la Horda creía que nuestros ancestros muertos nos observaban y
guiaban desde las profundidades de algún reino perdido del caos. Yo pensaba que
esta noción era sólo un producto del ritual y no de la realidad. En el interior
de la infla-dimensión oscura descubrí que los espíritus de los muertos
permanecían flotando en vientos astrales entre dos mundos. Entendí que
vigilaban en silencio y por siempre a los clanes con la esperanza de encontrar
algún medio de escape de ese tormento sin vida. Supe entonces que esos
espíritus de la muerte podrían ser una herramienta muy útil para aquél que los
sometiese a su voluntad.
Los años
pasaron. Mi aprendizaje bajo Kil’jaeden me permitió convertirme en un de los
brujos más poderosos de los últimos tiempos y era respetado como líder en la
Horda, pero como siempre, empezaron a surgir tensiones entre los clanes. La
destrucción de los Draenei no dejó nada con que alimentar a la gran bestia de
la guerra. Después de siglos de violencia y guerras, habíamos conquistado
finalmente todo nuestro mundo. Sin ningún enemigo más que aplastar y sin
tierras que conquistar, los clanes cayeron en un estado de total anarquía.
Disputas sin importancia entre los clanes terminaron en batallas en campo
abierto y a derramamientos de sangre masivos. Aquellos líderes que intentaban
asumir la posición de señores eran asesinados por las legiones hambrientas de
la despiadada Horda. Supe que era el momento de reclamar el manto de poder que
durante tanto tiempo se me había negado.
Pronto reuní
a los pocos brujos que habían mostrado una chispa de pasión y habían intentado
acabar con las insignificantes peleas entre clanes. Les enseñé el significado
de la muerte, guiándolos en rituales secretos y enseñándolos a comunicarse con
los espíritus de la infla-dimensión oscura. Aquellos que fueron incapaces de
canalizar la energía fueron destruidos. Tiempo después se forjó un pacto entre
los miembros de nuestro círculo y aquellos espíritus oscuros cuya energía habíamos
aprendido a invocar. Utilizaría mi posición entre los brujos para moldear los
pensamientos de otros mientras que, cubiertos por un velo de secreto, ellos
serían inmunes a los caprichos de las masas sedientas de sangre. Y fue así como
se creo el Consejo de la sombra.
Pocos meses
después, el Consejo de la sombra tenía en sus manos todos los asuntos políticos
de importancia dentro de la Horda. No ocurría nada en la Horda de lo que no
estuviésemos al tanto y muchos acontecimientos tuvieron lugar por designio
nuestro, realizados con tal astucia que ni los líderes de los clanes se daban
cuenta de nuestras manipulaciones. Antes de medio año, habíamos asumido casi
todo el control de los asuntos internos de la Horda. Pero más allá de nuestras
secretas maquinaciones surgía amenazante la silenciosa y ominosa sombra del
demonio Kil’jaeden.
Con la
intención de ampliar nuestros recursos mágicos abrí una escuela de disciplinas
mágicas que se conoció como Nigromancia. Comenzamos a entrenar a jóvenes brujos
en los misterios arcanos de la vida y la muerte. De nuevo y con el tiempo, bajo
la mirada del demonio Kil’jaeden, estos nuevos necrólitas adquirieron, tras
indagar en las artes oscuras, el poder para animar y controlar los cuerpos de
muertos recientes. Cada victoria, cada éxito, me conducía a un vacío que no
podía llenar. Empecé a darme cuenta que el Consejo de la sombra sólo servía
para mis propósitos hasta cierto punto y que si quería convertirme en el
verdadero heraldo de nuestro destino necesitaría un poder aún mayor.
Los maestros
de las fuerzas: Medivh y Blackhand
Las cosas
iban bien dentro de la Horda. Aunque el Consejo de la sombra pacificaba los
clanes guerreros con la promesa de escapar del mundo de los muertos, sabía que
este nuevo orden, como había ocurrido con la guerra contra los Draenei, sólo
supondría un breve respiro si no encontrábamos nuevas tierras que conquistar.
Mis pensamientos al respecto fueron interrumpidos una noche a altas horas
cuando fui sorprendido por unos gritos que venían de la Torre de los brujos.
Cuando llegué encontré a muchos aprendices sumidos en un profundo trance, sus
rostros estaban desfigurados por máscaras de dolor. Los brujos, a quienes
interrogué, sólo pudieron decirme que habían sentido una presencia inexplicable
en sus sueños. Regresé a mi fortaleza intrigado profundamente; fuera lo que
fuese, lo que había contactado con los brujos no había intentado alcanzarme.
Busqué el
consejo de Kil’jaeden sobre esta presencia. También él había sido alcanzado por
esta energía, una energía que estaba más allá de cualquier experiencia que
hubiese experimentado antes. Ya fuese porque la imagen de la fuerza era tan
asombrosa que incluso podía asustar a este peligroso demonio o sólo por mi
propia aprensión, me adentré sin ningún objetivo en la infla-dimensión oscura
durante lo que me pareció una eternidad.
Fue durante
este vuelo febril cuando la presencia entró finalmente en contacto conmigo.
Irradiaba una energía impensable, pero carecía del frío control que ostentaba
Kil’jaeden. Mis sentidos parecían haber dominado el temor que me había rodeado
y empecé a razonar y a hacer cálculos. Sabía que si podía adivinar los deseos
de esta fuerza, a pesar de su poder, podría utilizarla para mis propios fines.
La presencia se presentó como Medivh, un hechicero de un mundo lejano y
distante. No nos comunicamos mediante palabras sino mentalmente. Su mente
parecía no estar atada a nada, pero sus pensamientos se movían tan rápidamente
que era muy difícil aprender nada de él. Sabía que mientras tanto me estaba
probando y cada vez conocía mejor a los orcos y nuestra magia. Nunca podría
aprender de él lo que él de mí, así que rompí pronto el contacto.
Busqué el
consejo de Kil’jaeden, pero rehusó a contestar a mis preguntas. De alguna forma
comprendí que había abandonado a sus discípulos porque estaba asustado del tal
Medivh. Empecé a dudar de nuevo de mis habilidades. ¿Podía yo contener a un ser
que podía intimidar a mi propio maestro? Seguí aventurándome en el interior de la infla-dimensión oscura
durante varias semanas para olvidarme de todos los acontecimientos que me
habían hecho dudar de mí. Entonces, una noche, Medivh se me apareció en sueños…
“Me temes
porque no puedes comprenderme. Conoce mi mundo y entenderás tu miedo. Entonces
no me temerás más”
No tenía
poder para resistir lo que vino después:
…enormes
páramos…
…pantanos
oscuros, hirvientes de vida…
…campos
interminables de hierba esmeralda…
…bosques de
árboles gigantescos…
…tierras
agrícolas con ricas cosechas…
…pueblos de
gente orgullosa y fuerte…
Las imágenes
pasaban una tras otra, demasiado rápidas para poder comprenderlas. Y entonces…
algo. Una imagen rápida despertó un ansia dentro de mi alma…
…enterrado
en las profundidades del océano, en la oscuridad y hecho pedazos, pero
respirando aún…
…todavía con
sangre de la misma tierra corriendo por sus venas…
…una antigua
energía…
…milenaria y
terrible…
Me desperté.
Y mi conciencia supo que todo el sueño había sido real. Medivh me había
mostrado las maravillas de su mundo, sabiendo que la Horda no se quedaría
tranquila hasta que ese mundo fuese nuestro…
Me reuní con
los miembros del Consejo de la sombra para hablar de las visiones que había
tenido. Aunque se debatió mucho sobre las verdaderas intenciones de Medivh,
informé al Consejo que pronto dispondríamos de una forma de escapar de nuestro
mundo. Buscaría la ayuda de Medivh para encontrar una forma de llegar a su
mundo y entonces subyugaríamos su raza tal y como habíamos hecho con todas las
demás que se habían interpuesto en nuestro camino. Aunque se había aparecido a
muchos brujos con esas imágenes de un mundo nuevo y fértil acordamos mantener
este enigmático mensaje en secreto. Aquellos brujos que no estaban en el
Consejo y que habían tenido las visiones fueron asesinados, ya que si el secreto
se hacía público antes de que estuviesen listos los preparativos, la Horda se
dividiría. Pasaron semanas sin saber de Medivh. Mis intentos de contactar con
él no dieron resultado. Era como si hubiese eliminado todo rastro de sí mismo
en la infla-dimensión oscura. Algunos
miembros del
Consejo abandonaron toda esperanza en el regreso del hechicero.
…Entonces
apareció la grieta…
Pasó mucho
tiempo antes de que la grieta fuese lo suficientemente grande como para enviar
un gran número de orcos. Los primeros exploradores regresaron casi locos por
completo por lo que habían visto. Estos primeros fracasos no nos detuvieron, y
tras posteriores expediciones quedó confirmado que el mundo que se abría tras
la grieta era similar al retratado en nuestras visiones. Combinando los poderes
de los brujos de los clanes con los del Consejo de la sombra conseguimos
ampliar la misteriosa grieta hasta crear un portal. Enviamos a numerosos orcos
a esa tierra desconocida a través del portal y se construyó rápidamente un
puesto fronterizo al otro lado. Se encomendó a los exploradores orcos que
inspeccionaran los alrededores.
Los agentes
del Consejo de la sombra informaron que los habitantes de ese mundo se llamaban
humanos y que sus tierras se conocían por Azeroth. Descubrimos que esos humanos
eran una raza débil que cultivaban las tierras y vivían pacíficamente. Temí que
no fueran un desafío mayor que los Draenei, y que no aplacaran el hambre de la
máquina de guerra orca por mucho tiempo. Los líderes de los clanes, fueron dominados
rápidamente por su ansia de sangre y guerra y estuvieron de acuerdo en que
había llegado la hora de dejar este mundo agonizante y reclamar los dominios de
Azeroth.
Mientras el
Consejo de la sombra vigilaba de cerca los trabajos de la Horda, las masas veían
a los líderes de sus clanes como grandes comandantes. Entre ellos sobresalían
dos, respetados y temidos todos los clanes, Cho’gall, ogro del clan Twilight
Hammer y miembro del Concejo de las Sombras, y Kilrogg Ojo Tuerto, del clan del
Bleeding Hollow. Se esperaba que estos poderosos líderes dirigieran a la Horda
a una rápida y salvaje victoria sobre los humanos. Así, mientras la Horda se
trasladaba a Azeroth a través de la grieta, Cho’gall y Kilrogg comenzaron a
planear su estrategia contra la fortaleza humana de Stormwind.
El ataque a
Stormwind fue catastrófico. Nuestro ejército, que no esperaba encontrarse mucha
resistencia, atacó precipitadamente la fortaleza enemiga. Sorprendentemente,
los soldados humanos mantuvieron a raya a nuestras fuerzas. Entonces sus
indisciplinados guerreros montaron vigorosas bestias arrasando a nuestras
tropas y forzándolas a retroceder hasta las ciénagas que había junto al puesto
fronterizo, donde estaba el portal; sólo invocando un manto de niebla de la
sombra fueron capaces de escapar. Esta decisiva y humillante derrota sembró el
caos en la Horda. Cho’gall y Kilrogg se culpaban el uno al otro y los orcos se
dividieron rápidamente en dos bandos, cada uno apoyando a un líder. El Consejo
de la sombra buscó desesperadamente un remedio a la violencia que iba a
desatarse, pero la inestable naturaleza de los orcos hizo difícil apelar a la
razón o a la sabiduría. Me di cuenta de que la Horda necesitaba un líder fuerte
que pudiera unificar los clanes bajo su control y mantenerlos a raya. Fue
entonces cuando oí hablar por primera vez de Blackhand el Destructor…
Blackhand,
líder del joven clan de los Blackrock y guerrero del ejército de Sythegore, era
respetado por la mayoría de los orcos de la Horda y más importante aún, era
extremadamente codicioso, por lo que se le podía sobornar fácilmente. Con la
ayuda del Consejo de la sombra puse al ávido Blackhand en el trono como Señor
de la Guerra, y hay que reconocer que fue un dictador despiadado que supo
ganarse el respeto y el temor de sus guerreros. Mientras la Horda se recobraba
bajo su mando y los demás líderes consentían ser controlados por él, era yo el
que dirigía todo sobornando y chantajeando a Blackhand.
Con la
ascensión de Blackhand a Señor de la Guerra, el orden se restauró en la Horda y
el semblante de Medivh me visitó de nuevo. Parecía controlar mejor sus poderes,
pero no su mente. Medivh me ofreció toda clase de tesoros y baratijas para que
la Horda destruyera el reino de Azeroth y le convirtiese en jefe de los
habitantes que sobreviviesen. Le aseguré que su mundo sería nuestro en cuanto
quisiésemos y que no tenía nada que pudiese inducir a la Horda a seguir sus
indicaciones. Con una mueca de desprecio en su rostro me mostró la imagen de
una antigua tumba en la que estaba grabado el nombre del Señor de los
infiernos, Sargeras. ¡La tumba de Sargeras! ¡El Señor de los infiernos que
había instruido a mi propio mentor, Kil’jaeden, estaba encerrado es ese minúsculo
y patético mundo! El destino me había elegido a mí y había puesto una mano
sobre mi hombro. Kil’jaeden me había dicho que esa tumba perdida contenía el
poder absoluto, el suficiente para que el que pudiese controlarlo se
convirtiese en un semidiós. Medivh me prometió que me daría la localización de
la tumba si la Horda destruía a sus enemigos… Y empezó la guerra contra el
reino de Azeroth.
La primera
guerra de la ascensión de los orcos
Nos quedamos
con las tierras de Azeroth y arrasamos a todos los humanos con los que nos
encontramos. Mi asesina privada, la medio orca Garona, ejecutó al rey Llane,
líder de Azeroth, y me trajo su corazón. Aunque la horda dominaba Azeroth y a
los patéticos gusanos que lo defendían, mis planes se encontraron con grandes
impedimentos.
Un pequeño
grupo de guerreros humanos había irrumpido en la torre de Medivh y entablado
combate abierto con el loco hechicero. Mientras su cuerpo estaba siendo
atravesado y despedazado por las espadas de Azeroth, Medivh empezó a transmitir
ondas traumáticas por el plano astral que hicieron añicos con facilidad mis
formidables defensas. Intenté llegar a la mente del hechicero y robarle la
localización de la tumba, pero no pude hacerme con ella. Medivh fue asesinado
por los habitantes de Azeroth en ese momento y, al estar dentro de su mente en
el instante de su muerte temporal, sufrí una sacudida psíquica y entré en
estado catatónico.
Dormí
durante semanas como si estuviese muerto, celosamente protegido por mis brujos
fieles. Cuando finalmente me levanté, me informaron de los cambios que habían
tenido lugar en las altas esferas de la Horda. Blackhand había sido asesinado.
Sin mis magias y mi consejo para ayudarle, Blackhand cayó preso de un ataque
sorpresa organizado por uno de sus generales más poderosos y de su mayor
confianza, Orgrim Doomhammer. Orgrim consolidó rápidamente su poder dentro de
la Horda, justificando el asesinato de Blackhand con falsos testimonios que le
ayudaron a afirmar la incompetencia del Destructor como Señor de la Guerra.
Parecía que
los designios del destino me habían asestado un duro golpe. Orgrim se propuso
destapar las maquinaciones internas de la Horda, sin dejar piedra sin remover.
Con el tiempo, sus espías capturaron a mi sirviente Garona y tras una intensa tortura,
reveló agónica la existencia y localización del Consejo de la sombra. Resultó
ser más débil de lo que esperaba.
Al sospechar
que el Consejo de la sombra era una amenaza para el control de la Horda,
Doomhammer dirigió a sus jinetes de lobos en un ataque sorpresa contra mi
fortín cerca de las ruinas de la fortaleza de Stormwind. El asalto de Orgrim
nos cogió desprevenidos, por lo que mantuvimos alejada a la Horda sólo hasta
que duró la magia. Como no teníamos tiempo de reponer o completar las energías,
caímos ante la furia de Orgrim, que se alzó victorioso. Los supervivientes
fueron tachados de traidores a la Horda y las ejecuciones públicas debilitaron
mucho mi posición, fortaleciendo la suya…
Me llevaron
ante Orgrim y me interrogaron largamente sobre mi participación en el Consejo
de la sombra. Como estaba muy debilitado por la sacudida de la muerte de Medivh
y por las energías que había gastado durante la batalla, me di cuenta de que no
podía ni amenazar ni dañar al Señor de la Guerra. Orgrim me dejó claro que la
Horda estaba bajo su control y que él no era tan fácil de dominar como su
antecesor. El brillo en sus ojos y el acero de su cinto me revelaron sus
intenciones, pero no podía derrotarme tan fácilmente. Mientras levantaba su
mano le recordé que con la muerte de los brujos yo era el último hechicero
verdadero dentro de la Horda. Orgrim, imprudente tras la victoria, pensó que
tal vez podía serle útil y accedió a dejarme con vida, debido a su magnánima
gracia. Me prometí en silencio que un día se llevaría esas palabras a la tumba.
Aunque sus
sospechas hacia mí nunca desaparecieron del todo, logré convencerle de que los
guerreros estaban intentando unirse a los hijos de Blackhand con la idea de
revelarse contra él. Aunque esto era falso, Orgrim ya sospechaba de Rend y
Maim, así que desmanteló a los jinetes de lobos, enviándolos a diversas
secciones de las fuerzas orcas. Para demostrarle mi “lealtad” hacia Orgrim y la
Horda, le prometí crear una hueste de jinetes inmortales que le fueran completamente
leales. Aunque Doomhammer no confiaba del todo en mí, la idea lo atrajo lo
suficiente y me permitió recluirme para crear la nueva legión.
Incluso con
la ayuda de mis nigromantes, fracasé repetidamente en el intento de conseguir
esa fuerza inmortal. Fallos y debilidades fueron todo lo que esos subordinados
podían ofrecerme hasta que sentí que, aunque sus espíritus eran poderosos, su
carne era débil. Los convoqué en una gran construcción de madera de hierro y
raíces negras donde mediante magia negra me apoderé de las vidas de cada uno de
ellos. En el sangriento despertar de sus ejecuciones, los nigromantes fueron mi
creación
perfecta de
sirvientes inmortales.
Utilizando
los pocos recursos que aún controlaba dentro de la Horda conseguí muchos de los
cuerpos de los caballeros de Azeroth que llevaban ya tiempo muertos. En estas
formas retorcidas y decadentes instalé la esencia de los miembros más poderosos
del Consejo de la sombra, que estaban deseando regresar al plano mortal para
causar estragos y desatar el terror una vez más. Proporcioné a cada uno de los
jinetes oscuros una vara enjoyada para que pudieran concentrar mejor los poderes infraterrenales que
esgrimirían. En el interior de esas joyas anidaban la magia esencial y la
nigromancia de los nigromantes recientemente asesinados. Así nacieron los
Caballeros de la muerte.
Orgrim
Doomhammer estaba complacido con esos Caballeros de la muerte, ya que aunque
los espíritus del Consejo de la sombra me eran leales fingieron aliarse con el
Señor de la Guerra. Orgrim estaba muy satisfecho con el resultado y me permitió
continuar con mis propios asuntos.
Seré
paciente y esperaré el momento oportuno, pretenderé ser un siervo fiel hasta
que llegue la hora de enseñarle a ese presuntuoso y alborotador advenedizo quién
es el más grande de los dos. Mi intención de descubrir la Tumba de Sargeras
sigue en pie. Me he reunido con el clan de los Stormreaver para que me apoyen
cuando llegue la hora de que Orgrim pague por sus insolentes crímenes contra
mí…
Ese día está
cerca y Doomhammer no sabe qué clase de terrores le aguardan,
…pues yo soy
Gul’dan…
Soy la
Oscuridad encarnada...
No seré
repudiado.
Capítulo 4:
Alianza y Horda
Crónicas de
la Guerra en Azeroth
Yo soy Sir
Anduin Lothar, hombre de armas de la Hermandad de los Caballos, y guerrero al
servicio del Rey. Siento la necesidad de informarte acerca de los eventos que
en este tiempo determinan este conflicto. La historia de nuestra batalla contra
los orcos inicia cerca de cuarenta años en el pasado. Debo decirte que lo que
vas a escuchar al principio te parecerá incomprensible, por la incomprensión
misma de la naturaleza de nuestro enemigo. Como estudiante de la historia y de
la guerra, lo único que sé es que entender nuestro pasado es determinante para
tomar las decisiones de nuestro futuro.
559 Todo ha
sido pacífico por muchas generaciones, y el reinado de Wrynn III es fuerte y
próspero. Las constantes revueltas y luchas por el trono que han caracterizado
a reyes anteriores no tienen lugar en la corte de Wrynn. El niño mago Medivh ha
nacido de la unión del Conjurador de la Corte y una misteriosa viajera. Después
de que el niño nació, la mujer desapareció, y el bebé ha sido admitido en la
corte como hijo del reino.
564 El niño
príncipe Llane ha nacido del Rey Wrynn y Lady Varia. Él es el primero y único
hijo de ambos, pero su nacimiento permitirá la continuación de su línea real.
Es un gran día para el reino, que se ha celebrado con fiestas y torneos. El Rey
Wrynn ha declarado el día festivo para celebrase durante todo su reinado y para
marcar la ocasión, le ha dado a cada ciudadano de Azeroth oro sobre su salario.
571 La
celebración de la Edad de la Ascensión desde la niñez a la adultez es uno de
los mayores acontecimientos de padres e hijos. A Medivh le ha llegado al momento
en que se le dé el título de Aprendiz de Conjurador de la Corte. Al acercarse
la celebración, el muchacho ha presentado problemas para dormir porque oscuros
sueños y figuras aparecen en lo más profundo de sus sueños. Sudando frío,
Medivh camina hacia la recámara de su padre. En el momento en que el Conjurador
toca su frente buscando la fiebre, un ardiente fuego ha brotado de los ojos del
niño. Este haz de luz ha sido observado en la lejana Abadía de Northshire, y un
centenar de clérigos ha arribado al castillo. Solamente sus habilidades
combinadas con los poderes del Conjurador pudieron contener a Medivh. Como
estos poderes son demasiado elevados para él, el muchacho grita en un terrible
dolor por las energías que son canalizadas a través suyo. Las horas pasan,
quizás incluso días, durante los cuales han luchado para derrotar la furia.
Entonces, tan simple como soplar una vela, padre e hijo caen sobre el suelo. El
Conjurador yace muerto, drenada su vida, y Medivh ha caído en un profundo sueño
– su corazón apenas late, y solamente un leve suspiro escapa de sus labios.
Luego de una larga discusión, el Rey y el Abad de Northshire han decidido
llevarlo a la Abadía, para seguridad de niño y reino.
577 Llane ha
llegado a su Edad de la Ascensión, y el título completo de Príncipe de Azeroth
ha sido investido en él. En su ceremonia, decenas de miles de devotos le han
deseado soporte y larga vida. Durante la noche con su familia, y cerca del
crono, un viento helado ha comenzado a soplar en el aire. Una gentil brisa al
principio, crece luego en intensidad, hasta que las puertas del gran salón se
han arrancado de sus bases. Tan pronto ha cesado el viento, una figura ha
entrado, semejante a un gran cuervo. Las antorchas del gran salón se han
reencendido con un halo azul y la figura de Medivh ha sido revelada. Como el se
ha colocado en frente de la mesa del Rey, los guardas le han cerrado el paso.
Un simple movimiento de su mano los ha detenido, congelados en sus puestos. El
hechicero, hecho ahora un hombre, explica que sus años de sueño han finalizado.
Los años de constantes oraciones de los clérigos de la Abadía de Northshire le
han permitido tener control de sus poderes. Cuando su espíritu y su cuerpo
estuvieron a tono, ha despertado, y ha salido hacia la Fortaleza de Stormwind.
Medivh explica que ha venido a reparar el daño que le hizo a la corte y ha
aprovechado la ocasión de la ceremonia de Ascensión del Príncipe Llane. De una
bolsa que cuelga de su cinturón, ha sacado un cristal de obsidiana, con arenas
blancas como la nieve. El joven príncipe lo ha mirado de cerca, pero las arenas
se encuentran en constante flujo y nunca se acaban. Medivh clama que estas
arenas representan al reino, y tanto tiempo como las arenas nunca se acaben, el
reino del Rey Wrynn nunca caerá.
583 Seis
años han pasado, y la tierra lentamente se ha secado. Los cultivos han muerto
en los ricos suelos del reino. Los niños enferman y nunca se recuperan
totalmente. Incluso los corazones de las personas de Azeroth se han vuelto
oscuros. El invierno ha sido inexplicablemente más frío y más largo, y el sol
del verano crea sequías en la tierra y los días son más oscuros de lo usual.
Ningún clérigo o mago ha podido explicar cuál ha sido la causa de estos
cambios. Más y más personas se sienten descorazonadas, y donde antes había
optimismo, ahora solo hay incertidumbre.
Durante una
oscura mañana, el Príncipe Llane acude al lado de su padre, cargando el cristal
de las arenas. Durante la noche, las arenas han corrido hacia abajo, y están
casi vacías. El Rey Wrynn toma el cristal entre sus manos. Tan pronto como las
últimas arenas caen sobre la base del cristal, un sonido estrepitoso rompe las
puertas de la ciudadela de Stormwind. Repentinamente, los salones se han
llenado de criaturas horribles. Groseramente deformadas, un cruel reflejo de la
humanidad, se lanzan sobre los guardias del Rey y los aniquilan. El rey Wrynn,
Llane y lady Varia son escoltados por unos caballeros hacia la Abadía de
Northshire, prometiendo que las agresivas bestias serán destruidas. Este día no
ha llegado aún.
584 A la
edad de veinte años, Llane ha sido pronunciado rey de Azeroth. Su misión es
clara – raer de la tierra a estas criaturas. Los pocos que han sobrevivido a la
batalla se refieren a si mismos como orcos. Cuando son interrogados, prefieren
la muerte a dar información. Son crueles, sádicos y viles – no hacen distinción
entre soldado o niño, guerrero o mujer. Matan a cualquiera que encuentran sin
derecho a súplica. Los pocos humanos que no han muerto por la espada orca son tomados
como esclavos y llevados al este, donde los orcos han hecho sus campamentos.
Qué hacen con estas personas es aún desconocido, pero lo cierto es que ninguno
ha vuelto.
593 Cerca de
diez años de escaramuzas y luchas a lo largo de las fronteras ha tenido que
resistir el pueblo de Azeroth, pero las hordas orcas siempre han sido
rechazadas hacia los pantanos. El rey Llane ha descubierto que los orcos,
además de increíblemente fuertes y viciosos, no están bien entrenados en
combate, y siempre atacan desorganizados. Esta puede ser la llave para
derrotarles, y es una debilidad que piensa utilizar en el futuro. El misterio
al que ningún clérigo o mago ha podido encontrar respuesta es el origen de
estas criaturas.
En el décimo
año de su reinado, el rey Llane recibe la visita de una viajera misteriosa.
Ella ha venido a advertir al Rey que la gran batalla contra su némesis esta
cercana. También le dice que la unión entre el Conjurador del Rey y ella tenía
la intención de crear un niño al cual ella pudiera transmitir sus conocimientos
y poderes para bien. Pero no contaba con que fuerzas de otros mundos tratarían
de dominar al niño. Ahora ha descubierto que los poderes que corren por sus
venas han enloquecido a su hijo. Estos poderes han aumentado tanto que ni ella misma
ha podido derrotarlo. La viajera también informa al Rey Llane que Medivh fue el
responsable de la llegada de los orcos a Azeroth. Cuando niño, durante la
batalla con su padre, había abierto un portal a un lugar al que los orcos, y
muchas otras criaturas, llamaban hogar. Los orcos son discípulos del caos, y ni
siquiera Medivh tiene control sobre ellos. Asimismo, la viajera advierte al rey
que con el tiempo, Azeroth se verá obligado a luchar contra él y si no logran
derrotarlo, ciertamente el mundo sufrirá.
Rumores de
guerra llegan desde los pantanos. Los ataques sobre nuestros asentamientos, al
principio pobremente ejecutados, ahora se han vuelto más organizados. El rey se
ha visto en la necesidad de enviar soldados y arqueros a proteger los
asentamientos de la Frontera. Rumores del advenimiento de un gran Señor de la
Guerra Orco se han expandido por la tierra. Este se ha mostrado como un gran
líder y ha unido a los orcos bajo un solo estandarte. Los espías y scouts del
rey Llane lo han descrito como astuto y sanguinario. Esta temible criatura
tiene por nombre Blackhand el Destructor y su control sobre la Horda orca se ha
convertido en una maldición para Azeroth. El rey ha ordenado enlistar nuevos
reclutas y entrenarlos en los rudimentos del combate, porque ha llegado el
tiempo en que el pueblo de Azeroth deba prepararse para la guerra.
Una Breve
Historia sobre la Caída de Azeroth
Primera
Guerra (narrada por la Matriarca de Tirisfal)
Mi nombre es
Magna Aegwynn y por cerca de mil años he resguardado los reinos de este mundo y
me he encargado de salvaguardar los pueblos de esta tierra contra los etéreos
poderes de la Gran Oscuridad del Más Allá. He visto poderosos reinos levantarse
y caer. He conocido las conspiraciones de la alta nobleza y los plebeyos para
definir el destino de la humanidad.
Es solo
recientemente que he tenido, con gran dolor, que involucrarme directamente en
los asuntos de los hombres. Por incontables edades he tenido el cargo de mi
Orden para servir y proteger a los hombres mortales de los misterios de la Gran
Oscuridad, y de los palpables y reales maldades de los reinos del más allá.
Para luchar contra las fuerzas de la Dimensión de la Nada he recibido
considerables poderes y longevidad que rivalizan incluso con los de los ancestrales
Elfos. Por estos poderes también recibí un severo mandato – El Guardián no debe
interferir con las trivialidades de los hombres hasta que llegue el tiempo en
que se escoja a su sucesor y el manto de los guardianes pase a otro.
Mas yo,
Aegwyn, última Guardiana de la Orden de Tirisfal, he juzgado que mi tiempo ha
llegado. Cuarenta y dos inviernos han pasado desde que por primera vez en el
Reino de Azeroth fui en busca del Conjurador Nielas Aran. Nielas era
excepcionalmente talentoso en los simples conjuros mágicos de los hombres, y
creo que él podría ser el perfecto padre mortal para mi hijo… y lo es…
He tenido un
niño y le he llamado Medivh – o “Guardián de los Secretos” en la Antigua lengua
de los Elfos – en el otoño del año 559. Le he transferido mis conocimientos y
mis poderes, que dormirán en él hasta manifestarse cuando llegue a su madurez
física. Creyendo que mi trabajo en este mundo estaba hecho y viendo que mi hijo
es amado por el pueblo de Nielas, he viajado a través de los campos del tiempo,
preparándome para el paso.
Mi ojo
vigilante a la distancia ha visto que mi hijo ha avanzado mucho para su joven
vida. Me he asegurado que el profundo altruismo de Tirisfal le guié en sus
estudios y pruebe su corazón y su mente para hacer de la Guardianía, su
destino.
En la época
en que cumplió su cumpleaños número veinte, el poder escondido dentro de mi
hijo despertó. Incapaz de lidiar con las furiosas energías cósmicas que han
surgido dentro de él, Medivh ha sufrido un masivo trauma psicológico. Ha sido
pacificado por los buenos clérigos de Northshire. Lo han llevado a la sagrada
Abadía y por seis años han atendido su comatoso cuerpo.
Eventualmente,
Medivh despertó de su profundo sueño en complete control de sus facultades y
poderes. Sin embargo, debajo de su confidente y casi arrogante figura, he
conocido que mi hijo se ha vuelto malevolente y corrupto. La visión y el poder
que a su nacimiento ha heredado han sido pervertidos por las distantes fuerzas
de la Dimensión de la Nada, alterando la parte humana de su alma y marcándolo
con su toque maligno para siempre.
No fue
solamente hasta que la primera ola de estas fieras criaturas conocidas como los
Orcos ha venido desde la oscuridad que me he dado cuenta de lo increíblemente
peligroso que mi hijo puede ser….
El Portal
Oscuro y la caída de Stormwind
En los
oscuros salones de la Torre de los Guardianes, Medivh continúa luchando por su
alma. El Rey Llane, noble monarca de Stormwind, temía por la oscuridad que
había trastornado el espíritu de su viejo amigo. El rey comunicó sus temores a
Anduin Lothar, el último descendiente de la dinastía Arathi, quien era general
de sus ejércitos. Sin embargo, ninguno de los dos podría haber imaginado que el
lento viaje de Medivh hacia la locura traería los horrores que verían después.
Como
incentivo final, Sargeras prometió gran poder a Gul´dan si él lideraba a la
Horda contra Azeroth. Usando a Medivh, Sargeras le dijo al brujo que él sería
convertido en un dios viviente si encontraba la tumba submarina donde la
Guardiana Aegwynn había colocado el cuerpo de Sargeras cerca de mil años antes.
Gul´dan accedió y decidió que una vez que Azeroth estuviera vencido, saldría en
busca de la legendaria tumba y de su premio. Seguro de que la Horda serviría a
sus propósitos, Sargeras ordenó el inicio de la invasión.
Uniendo sus
poderes, Medivh y los brujos del Concejo de las Sombras abrieron un pasaje
dimensional conocido como EL PORTAL OSCURO. Este portal sería un puente entre
Azeroth y Draenor, y era lo suficientemente grande como para que un poderoso
ejército lo cruzara. Gul´dan envió scouts orcos a través del portal para
explorar la nueva tierra que iban a conquistar. El retorno de los scouts ha
asegurado al Concejo de las Sombras que Azeroth está listo para ser cosechado.
Convencido
de que la corrupción de Gul´dan destruiría a su gente, un jefe orco se atrevió
a hablar contra los brujos. Este bravo guerrero proclama que los brujos han
destruido la pureza del espíritu orco y la invasión venidera sería su
perdición. Gul´dan, incapaz de matar a un héroe tan popular, se vio forzado a
expulsar a este jefe y a todo su clan dentro del nuevo mundo. Su nombre era
Durotan, del Clan de los Lobos de Hielo.
Después del
exilio de los Lobos de Hielo, solamente unos pocos clanes orcos lo siguieron.
Estos rápidamente levantaron una base de operaciones cerca de Black Morass, una
oscura y pantanosa área al este del reino de Stormwind, el Pantano de los
Susurros. Allí, secretamente, el Clan de La Espada Ardiente, la primera fuerza
de exploración, empezó a construir una fortaleza. Conforme los orcos empezaban
a explorar las nuevas tierras, entraron en inmediato conflicto con los humanos
defensores de Stormwind. Aunque estas escaramuzas finalizaban rápidamente,
fueron útiles para aprender acerca de las debilidades de ambas razas. Llane y
Lothar nunca conocieron datos confiables acerca del número real de orcos y no
pudieron imaginar cuán grande era la fuerza que venía contra ellos. Después de
unos pocos años la mayoría de la Horda había cruzado hacia Azeroth, y Gul´dan
consideró que el tiempo del primer golpe contra la humanidad había llegado. La
Horda lanzó su primer ataque contra el desprevenido reino de Stormwind. Al
mando de Kilrogg Ojo Tuerto del clan Pozo Sangriento, y del ogro-mago Cho´gall
del clan Martillo del Ocaso, inicio el asedio de la ciudad. El rey Llane
contraatacó con sus caballeros, y ante la sorpresiva contraofensiva, la Horda
se vio obligada a replegarse. Ante esto, Gul´dan decidió colocar un Señor de la
Guerra para toda la Horda, a quien pudiera controlar, cargo que recayó sobre
Blackhand el Destructor, del clan Stormreaver, quien era un líder
particularmente astuto y despiadado. Esto provocó desazón entre algunos de los
jefes de los otros clanes, a quienes los soldados veían como líderes más aptos,
en especial los héroes orcos Grom Hellscream (al que se le ordenó quedarse en
Draenor para organizar la defensa) y Orgrim Doomhammer (designado como uno de
los generales de Blackhand en Azeroth).
Conforme las
fuerzas de Azeroth y la Horda chocaban por todo el reino, los conflictos
internos empezaron a afectar ambos ejércitos. El rey Llane, que creía que los
bestiales orcos eran incapaces de conquistar Azeroth, decidió fortificar su
posición en su capital de Stormwind. Sin embargo, Sir Lothar estaba convencido
de que la batalla debería ser un ataque directo al enemigo, y se vio obligado a
elegir entre sus propias convicciones y la lealtad a su rey. Escogiendo seguir
sus instintos, Lothar partió hacia la torre-fortaleza de Medivh en Karazhan. Allí
contó con la ayuda del joven aprendiz de Medivh, llamado Khadgar, quien también
era espía del Kirin Tor. Ambos creían que derrotando al poseído Guardián,
encontrarían una solución del conflicto. Luego de un asalto sorpresa, lograron
darle muerte al cuerpo del Medivh y, sin saberlo, enviaron al espíritu de
Sargeras hacia el Abismo. Como consecuencia, el puro y virtuoso espíritu de
Medivh también fue liberado y pasó al plano astral…
Aunque
Medivh había sido derrotado, la Horda continuó su asedio sobre Stormwind.
Cuando la victoria de la Horda parecía cercana, Orgrim Doomhammer, jefe del
clan Thunderlord, y uno de los más grandiosos jefes de guerra orco, hábil
estratega, con decisivo liderazgo, audacia y valor, comenzó a observar la
depravada corrupción en que se habían sumergido los clanes desde su tiempo en
Draenor. Los orcos, consumidos por su sed de sangre, y guiados por un déspota,
habían perdido totalmente su identidad. Secretamente, se reunió con su viejo
camarada, Durotan, quien había regresado del exilio y le había advertido sobre
los engaños de Gul´dan. En rápida retribución, los asesinos de Gul´dan mataron
a Durotan y a su esposa Draka, dejando vivir únicamente a un pequeño niño orco…
Destrozado
por la muerte de su amigo Durotan, Orgrim Doomhammer se decidió a liberar a la
Horda de la corrupción demoníaca y asumir el rol de Señor de la Guerra y jefe
del Clan Blackrock, asesinando al títere de Gul´dan, Blackhand el Destructor.
En el momento en que Gul´dan cayó víctima del trance al morir Medivh, Orgrim
asaltó la fortaleza del clan Diente Negro, de Rend y Maim, hijos de Blackhand,
que tenían el propósito de vengar a su padre, y los envió de vuelta a Draenor.
Capturando a Garona, la media orca, y la más letal de los asesinos de Gul’dan,
mediante tortura la hizo confesar sus secretos. El Concejo de las Sombras fue
descubierto y sus miembros ejecutados, a excepción de Gul’dan, quien al
despertar ofreció a Doomhammer un trato que éste no podría rechazar: la
formación de los Caballeros de la Muerte, para que hicieran frente a los
Caballeros del Rey Llane. Doomhammer inició el ataque final sobre la ciudadela
de Stormwind. El rey Llane había subestimado el poder de la Horda, e inició un
desesperado intento de buscar ayuda contra los invasores pieles verdes. Sin
embargo, fue asesinado por Garona, para que ésta demostrara así su lealtad a la
Horda.
Lothar y sus
guerreros, volviendo a casa desde Karazhan, no esperaban la muerte de su rey y
la caída de su amada patria. Pero regresaron demasiado tarde y lo único que
encontraron fue ruinas. La salvaje Horda había reclamado el país y todas sus
tierras para sí misma. Forzados a ocultarse, Lothar y sus compañeros juraron
salvar su patria cual fuera el costo.
La Alianza
de Lordaeron – Mareas de Oscuridad
Segunda
Guerra
“Mareas de
oscuridad braman sobre el reino de Lordaeron, querido amigo. La sombra vil,
cual nube enfermiza de pestilencia, ha corrompido los campos de Stormwind y,
voraz y violenta, arrasará a su paso toda noble visión de vida y de esperanza,
sin temer a la espada ni a la Luz. Es hora de que seamos lo que siempre fuimos:
Una sola nación. Rápido, porque ya vienen”.
Sir Lothar,
de la Hermandad de los Caballos, a Lord Uther, de la Orden de la Mano de Plata
Archivos del
Kirin Tor.
Tras la
llegada a las costas de Lordaeron miles de refugiados de Azeroth, el rey
Terenas de Lordaeron convocó un consejo de delegados de cada uno de los siete
reinos que gobernaba. Con los terribles relatos de destrucción y matanzas
provocadas por la invasión orca de Azeroth, Lord Anduin Lothar convenció al
soberano de Lordaeron para que unieran sus fuerzas frente a semejante amenaza.
Después de mucho debatir y sopesar, los lores accedieron a la propuesta de
Lothar y Terenas, y acordaron unir sus ejércitos bajo el mando general del propio
Lothar. Como las orillas de Lordaeron ya habían sido saqueadas por pequeñas
bandas de ladrones orcos, Lothar encontró un fuerte aliado en su amigo de toda
la vida, el almirante Daelin Proudmoore del reino costero de Kul Tiras. Thoras
Trollbane, Señor de Stromgarde, también ofreció rápidamente su apoyo a la
Alianza recién forjada, saboreando la proximidad de gloriosas batallas. Pero
estos guerreros no eran los únicos que se preparaban para la guerra...
Como el
mandato real dictaba que se debían emplear todas las defensas en la guerra
contra el mal, Alonso Faol, abad de la recién destruida abadía de Northshire,
localizada al norte de Stormwind, convenció a los ministros eclesiásticos de
Lordaeron para que equiparan igualmente a sus clérigos y fieles con armas de
guerra. De la misma manera en que los guardianes habían empuñado espadas de luz
para defender los cielos, los hombres santos de la tierra debían prepararse
para combatir contra las oscuras tinieblas que se acercaban amenazantes desde
el sur. Uno de los clérigos, aprendiz del arzobispo Alonso Faol, fue testigo de
la destrucción de la Abadía de Northshire en Azeroth por parte de la Horda
durante la Primera Guerra. Este sacerdote, llamado Uther Lightbringer, ha
comprendido que el esfuerzo que su Orden, la Iglesia de la Sagrada Luz, hizo
durante la Primera Guerra, no había sido suficiente para contener el poder de
los orcos. Por esto, Uther ha viajado hasta el Lago Darrowmere, en el norte de
Lordaeron, para cristianizar a los Caballeros de la Orden de la Mano de Plata y
enlistarlos en las filas reales. Estos nobles y valientes caballeros han
aceptado el Código de la Luz, y se han convertido en los primeros Paladines.
Sin embargo, la Alianza ha recibido el primer golpe y no precisamente de los
orcos. Durante el viaje a Darrowmere, Uther fue atacado por piratas
provenientes de la ciudad de Alterac. Con este hecho, Uther ha descubierto la
conspiración Lord Perenolde, Señor de Alterac, que ha traicionado a la Alianza,
haciendo un trato con Doomhammer, con el afán de apoderarse de sus ricas
tierras. A pesar de esto, el primero de los Paladines no está dispuesto a dejar
caer a su pueblo tan fácilmente. Bendecidos en las Iglesias y los monasterios
de Lordaeron, los Paladines se lanzan a la batalla con la fe como escudo y con
el Martillo de la Luz como arma.
Así, Lothar
no está solo. A su lado combaten Uther Lightbringer, Capitán de los Paladines
de La Mano de Plata de Lordaeron; Daelin Proudmoore, Almirante de la Armada de
Kul Tiras; Thoras Trollbane, Señor de Stromgarde; Genn Greymane, Señor de
Gilneas; los poderosos magos de la Ciudadela Violeta de Dalaran, enviados por
el Kirin Tor, y Turalyon, uno de los más experimentados de sus lugartenientes.
Pero Lothar ha sido también hábil para ganarse otros poderosos aliados. Por los
antiguos pasadizos subterráneos de Khaz Modan, llegaron los estoicos enanos de
Ironforge, al mando de Muradin Bronzebeard, hermano del rey Magni, anunciando
que los orcos ya habían empezado a asaltar su reino en las montañas. Los enanos
ofrecieron su apoyo, armas e ingeniosas tecnologías. Los humanos, por su parte,
les aseguraron que los orcos serían expulsados a toda costa. De Aerie Peak han
descendido los Wildhammers, montando sus impresionantes grifos. De la
tecno-ciudad de Gnomeregan, los astutos gnomos, han enviado a sus hábiles
pilotos e ingenieros en socorro de la Alianza, junto con sus poderosos tanques
de vapor y autogiros. Los solitarios elfos de Silvermoon, al mando de la Ranger
Alleria Windrunner, se aventuraron a salir desde los tupidos bosques de
Quel’thalas para ofrecer sus servicios. Sus magias, muy relacionadas con las
fuerzas terrenales, mostraban que los orcos habían profanado las tierras de
Lordaeron como parte de sus siniestros planes. Anasterian Sunstrider, regidor
de Quel´thalas, ha enviado a sus arqueros, sacerdotes y hechiceras. Estos,
largamente desinteresados en el conflicto por venir, tienen una deuda de honor
con Lothar porque es el único descendiente de los Arathi, que les habían
ayudado en épocas pasadas. Se echó tierra a los prejuicios malignos que habían
existido desde antaño entre las tres razas y se creó un vínculo entre estos
antiguos vecinos, vínculo conocido como “LA GRAN ALIANZA DE LORDAERON”.
Así, unidos
por las armas frente a un mismo enemigo, la Alianza se erige por encima de las
orillas del destino y espera la llegada de la Marea oscura.
La Horda,
ahora liderada por Señor de la Guerra Orgrim Doomhammer, también ha hecho
alianzas. Desde Draenor han llegado los gigantescos y brutales Ogros, bajo el
liderazgo del ogro Cho’gall del clan Twilight Hammer, y los Trolls Amani del
bosque de Silverpine, lanzadores de hachas y acérrimos rivales de los Altos
Elfos, han decidido pelear por la Horda, al mando de su líder Zul’jin,
recientemente liberado de una prisión en Quel’thalas. Asimismo, los ambiciosos
Goblins, siempre deseosos de poseer oro, se han aliado con la Horda, y la han
provisto de maquinaria de asedio, zeppelines y barcos. Una masiva campaña ha
iniciado para tomar el reino Enano de Khaz Modan y las regiones sur de
Lordaeron, y la Horda ha diezmado toda oposición.
Las épicas
batallas de la Segunda Guerra recuerdan grandes enfrentamientos navales y
peleas aéreas masivas. En las profundas cavernas de Khaz Modan ha sido
desenterrado un poderoso artefacto, conocido únicamente como Alma de Demonio.
Gracias a este artefacto, los brujos orcos han logrado a esclavizar a una gran
dragona roja y a sus hijos. Amenazada con destruir sus preciosos huevos, la
Horda ha forzado a Alexstrasza, la Protectora de la Vida, la Reina de los
Dragones, a mandar a sus hijos a la guerra. Los nobles dragones rojos han sido
forzados a pelear por la Horda y se han enfrentado, apoyados por los zeppelines
goblins, en gigantescas batallas contra los autogiros de los gnomos, los jinetes
de grifos de los Wildhammers y los Rangers Elfos. Genn Greymane ha levantado un
fenomenal muro defensivo alrededor de Gilneas, para retrasar lo máximo posible
el avance de la Horda, el famoso “Muro de Greymane”.
La guerra
ruge a través de los continentes de Khaz Modan, Lordaeron y Azeroth. La Horda
ha incendiado las fronteras boscosas de Quel´thalas y ha realizado enormes
ataques navales a las refinerías de aceite de Kul Tiras y a los puertos y
ciudades costeras de Lordaeron. El Almirante Proudmoore ha contraatacado con la
Armada cañoneando las posiciones de los orcos sobre las costas del norte de
Khaz Modan. Uther y los Paladines montan asedio a la ciudad de Alterac, pero
gracias a una revuelta provocada por los propios campesinos, Lord Perenolde es
depuesto, pero logra escapar. Las fuerzas de Turalyon chocan de frente contra
los jinetes de lobos de la Horda. Las grandes ciudades y pueblos han sido
arrasados y devastados por el conflicto, y a pesar del ingente esfuerzo, Lord
Lothar y los aliados se han visto obligados a retroceder hasta las murallas
mismas de la Ciudad Capital.
Sin embargo,
durante los días finales de la Segunda Guerra, cuando la victoria de la Horda
sobre la Alianza parecía segura, una terrible disputa surgió entre los dos
orcos más poderosos sobre Azeroth. En el momento de la muerte de Medivh,
Gul´dan se encontraba conectado psíquicamente con el corrupto Guardián, por lo
que había caído en un estado de shock que le permitió a Doomhammer tomar el
control de la Horda. Al despertar, se encontró con que el líder orco se había
hecho con la Horda, y había matado a Blackhand y a todos los miembros del
Concejo de la Sombra. Rencoroso, Gul´dan no guardaba ninguna lealtad hacia
Orgrim, pero lo apoyó mientras llegaba el momento adecuado. Inclusive, para
ganarse la simpatía del nuevo Señor de la Guerra, capturó los cuerpos de varios
caballeros de la Alianza caídos en la batalla, e invocando a los miembros
asesinados del Concejo, logró que sus espíritus revivieran en los cuerpos de
los caballeros, a quienes llamó Caballeros de la Muerte. Orgrim estaba
complacido con los Caballeros de la Muerte, pues eran poderosos aliados en la
batalla, pero no sabía que éstos eran fieles únicamente a Gul´dan. Mientras
Doomhammer prepara su asalto final sobre la Ciudad Capital de Lordaeron – un
asalto que hubiera resquebrajado los últimos remanentes de la Alianza – Gul´dan
y sus seguidores, los clanes Stormreaver y Twilight Hammer (con su líder el
ogro Cho’gall a la cabeza), abandonaron sus puestos y se hicieron a la mar. El
irritado jefe Doomhammer, viendo reducidas sus fuerzas debido a los engaños de
Gul´dan, ha tenido que abandonar su más grande oportunidad de victoria sobre la
Alianza.
Mirando el
costo de la traición de Gul´dan, Doomhammer envía sus fuerzas para asesinarlo y
hacer volver a los renegados. Para su desgracia, Gul´dan ha desaparecido. Con
su líder perdido, los clanes renegados cayeron fácilmente ante las legiones de
Doomhammer. Con la rebelión acabada, la Horda ha sido incapaz de recuperarse de
sus pérdidas. La traición de Gul´dan no solo le ha dado esperanza a la Alianza,
sino también tiempo para reagruparse y contraatacar.
Lord Lothar
se ha dado cuenta de que la Horda se ha fracturado, ha reunido sus fuerzas y ha
empujado, en un choque frontal directo, a Doomhammer hacia el sur, obligándolo
a replegarse hacia el corazón de la destruida Stormwind. Allí, las fuerzas de
la Alianza han arrinconado a la Horda en retirada en el fuerte volcánico de
Blackrock Spire, donde el clan del Señor de la Guerra tiene su base. En el
fragor de la batalla, los dos bravos líderes se han encontrado. No se ha visto
hasta ahora combate más bravío. Al final, Lord Lothar ha caído mortalmente
herido: Doomhammer logra derrotarlo, aunque el Señor de la Guerra tampoco ha
salido ileso. Sin embargo, lejos de desalentarse, la muerte de Lothar no
produce el efecto que Orgrim hubiera deseado. Perdido su líder, el
lugarteniente Turalyon levanta el escudo de su comandante y dirige un furibundo
ataque suicida a la base, y a la undécima hora, la Horda ha retrocedido hasta
el abismal Pantano de los Susurros, a los pies mismos del Portal Oscuro.
Finalmente, Uther y los Paladines realizan un ataque temerario a la fortaleza
del Clan de la Espada Ardiente, logrando abrir una brecha hacia el Portal. Las
fuerzas de Turalyon y Uther combinadas avanzan y destruyen el Portal Oscuro, la
mística puerta que conecta a los orcos con su hogar en Draenor. Únicamente
Kilrogg Ojo Tuerto ha logrado escapar hacia Draenor. Sin capacidad para recibir
refuerzos y divididos durante la batalla, la Horda finalmente ha caído ante el
poder de la Alianza.
Los escasos
clanes orcos que han sobrevivido han sido capturados y colocados en campos de
internamiento. Aunque la Horda ha sido finalmente derrotada para bien, algunos
aún están altamente escépticos de que por fin haya paz. Khadgar, ahora un
archimago de algún renombre, ha convencido a la Alianza de construir el fuerte
de Nethergarde para vigilar las ruinas del Portal Oscuro y asegurarse de que no
haya futuras invasiones desde Draenor.
La Invasión
de Draenor – Más allá del Portal Oscuro
Fragmentos
del diario de un escudero humano. Archivos del Kirin Tor
Con los
fuegos de la Segunda Guerra apagándose, la Alianza lleva a cabo reducidas
misiones para acabar con los últimos vestigios de la Horda orca. Un gran número
de campos de internamiento han sido construidos en el sur de Lordaeron, al este
de Aerie Peak. La vieja fortaleza de Durnholde, elevada sobre una colina que
observa todo el valle, fue elegida como guardiana de los campos de
internamiento orcos. Lord Aedelas Blackmoore, uno de los generales más
destacados durante la Segunda Guerra, ha sido designado patrón de Durnholde. A
su vez, Danath Trollbane, un mercenario de la ciudad de Stormgarde que ha sido
reconocido como héroe luego de asumir el mando de las fuerzas de su ciudad
durante el asedio de la Horda, es designado como guardián de uno de los campos
de internamiento donde los más fieros guerreros orcos fueron colocados. El
mismo Señor de la Guerra, Orgrim Doomhammer, ha sido puesto preso y se ha
constituido en un esclavo personal de mismo rey Terenas. Solamente un clan, los
Bleeding Hollow de Kilrogg Ojo Tuerto, ha logrado escapar del control de la
Alianza y se refugia en las montañas Redrigde.
En el
infernal mundo de Draenor, un nuevo ejército orco se prepara para golpear a la
inadvertida Alianza. Ner´zhul, el antiguo mentor de Gul´dan, ha reunido los
clanes sobrevivientes bajo su negro estandarte. Aliado con el clan Diente Negro
de Rend y Maim (hijos de Blackhand el Destructor) y apoyado por su propio clan
Shadowmoon, el viejo chamán planea abrir un número de portales sobre Draenor
que conduzca a la Horda a nuevos e inexplorados mundos. Luego de abrir
nuevamente el Portal Oscuro, Kilrogg y los Bleeding Hollow fueron aclamados
como héroes. Algunos clanes, sin embargo, no confiaban del todo en los planes
de Ner’zhul. Fenris el Cazador, capitán del ejército de Sythegore y jefe del
clan Thunderlord, sugirió al viejo chamán continuar con la conquista iniciada
por Doomhammer en Azeroth, pero Ner’zhul no compartía su visión. Secretamente,
Fenris y todo el clan Thunderlord fueron destruidos por los Shadowmoon, el clan
de Ner’zhul.
Conociendo
que la Calavera de Gul’dan, su antiguo discípulo, había sido capturada por
Tagar Spinebreaker del clan de orcos caníbales Bonechewers, Ner’zhul destruyó
al clan y usurpó la Calavera. A su vez, pretendía robar más artefactos de
Azeroth y usarlos para abrir los portales. La nueva Horda, liderada por el
joven Grom Hellscream (del clan Warsong) y el veterano Kilrogg Ojo Tuerto,
sorprendió las defensas de la Alianza e ingresó al país. Bajo los quirúrgicos
mandatos de Ner´zhul, los orcos rápidamente obtuvieron los artefactos que
necesitaban y volvieron a la seguridad de Draenor. Luego de robar el Bastón
Enjoyado de Sargeras, la Horda batalló contra Alterac por el Libro de Medivh, y
robó el Ojo de Dalaran de la reconstruida Isla de la Cruz.
Advertidos
por el ataque repentino de los orcos, los magos del Kirin Tor convencen al rey
Terenas de realizar una expedición hacia Draenor, más allá del Portal Oscuro, y
acabar con la amenaza orca de una vez por todas. Las fuerzas de la Alianza, al
mando del General Turalyon y del archimago Khadgar, salen de la fortaleza
Nethergate, y marchan sobre Draenor e inmediatamente, en las terribles praderas
de la Península del Infierno, entraron en combate con los clanes de Ner´zhul,
los Warsong, los Bleeding Hollow y los Shatterend Hand, éste último al mando
del jefe Bladefist. Dándose cuenta del catastrófico resultado que tendrá el
hechizo del brujo orco, Khadgar en persona, junto a Turalyon, la Ranger elfa
Alleria Windrunner, el veterano Danath Trollbane y el enano Kurdran Wildhammer
(montado en su leal grifo Sky’ree), hacen un desesperado intento por detenerlo.
A pesar de esto, Khadgar no fue capaz de prevenir que el chamán abriera los
portales a otros mundos. Sin embargo, un terrible precio se tuvo que pagar por
ello. Las tremendas energías de los portales provocaron que Draenor empezara a
consumirse en una terrible espiral de destrucción. Mientras las fuerzas de
Turalyon trataban desesperadamente de volver a Azeroth, el mundo de Draenor se
comprimía sobre sí mismo. Grom Hellscream y Kilrogg Ojo Tuerto, viendo que la
locura de Ner´zhul había traído la perdición a toda su raza, reunieron a los
orcos remanentes y lograron escapar hacia la relativa seguridad de Azeroth.
En Draenor,
Turalyon y Khadgar decidieron hacer un último sacrificio destruyendo el Portal
Oscuro desde su lado. Aunque esto les costaría sus vidas y las de sus
compañeros, sabían que era la única forma de asegurarse la supervivencia de
Azeroth. Gracias a la ayuda del ogro Mogor, jefe del Clan de la Calavera,
logran recuperar el Libro de Medivh y pasarlo al otro lado con unos pocos
sobrevivientes. Inmediatamente que Hellscream y Ojo Tuerto luchaban su camino
entre las filas humanas en un desesperado esfuerzo por la libertad, el Portal
Oscuro explotaba detrás de ellos. No había regreso.
Ner´zhul y
su leal clan Shadowmoon lograron pasar a través de uno de los portales más
grandes. Rend y Maim y el Clan Diente Negro no pudieron escapar y quedaron
atrapados en la caótica dimensión. Luego una masiva explosión separó los
continentes de Draenor. Los océanos ardientes se abalanzaron sobre la tierra y
el torturado mundo fue finalmente consumido en una masiva y apocalíptica
implosión.
El
Nacimiento del Rey Lich
Leyendas
alrededor de una fogata…
Ner'zhul y
sus seguidores entraron en el Torbellino del Vacío, el plano etéreo que conecta
todos los mundos que forman la Gran Oscuridad del Más Allá. Desafortunadamente,
Kil'jaeden y sus demonios los esperaban. Kil´jaeden, quien deseaba vengarse por
el estúpido desprecio de Ner'zhul, lentamente desmembró al viejo chamán, parte
por parte. Kil´jaeden cuidó de que el espíritu del chamán continuara vivo e
intacto, por lo que Ner´zhul observó dolorosamente cómo su cuerpo era
desmembrado. Ner´zhul suplicó al demonio que dejara en paz su espíritu y le
diera muerte, pero el demonio le replicó que el Pacto de Sangre que habían hecho
hace mucho tiempo continuaba vigente y que todavía Ner'zhul tenía un propósito
para el cual servir.
El fracaso
de los orcos en conquistar el mundo para la Legión Ardiente había forzado a
Kil'jaeden a crear un nuevo ejército que llevara el caos a los reinos de
Azeroth. Este nuevo ejército no debería caer en las mismas pequeñas rivalidades
y luchas internas que plagaron a la Horda. Debería ser inmisericorde y
persistente en su misión. Esta vez, Kil'jaeden no admitiría errores.
Manteniendo
en espíritu de Ner´zhul en éxtasis, Kil'jaeden le dio una última oportunidad de
servir a la Legión o sufrir eterno tormento. Una vez más, Ner'zhul aceptó
pactar con el demonio. Su espíritu fue colocado en un bloque de hielo y
diamante especialmente diseñado de los lugares más lejanos del Torbellino del
Vacío. Atrapado en este casco congelado, Ner´zhul sintió que su conciencia se
expandía diez veces más. Transformado por los caóticos poderes del demonio,
Ner´zhul se había vuelto una entidad espectral de inmenso poder. En ese
momento, el orco conocido como Ner'zhul dejó de existir para siempre, y el Rey
Lich había nacido.
Los leales
caballeros de la muerte de Ner'zhul y los chamanes del clan Shadowmoon también
fueron transformados por las caóticas energías del demonio. Los perversos
hechiceros fueron descuartizados y rearmados como liches esqueléticos. Los
demonios se aseguraron que aún en la muerte, los seguidores de Ner´zhul le
servirían incuestionablemente.
Cuando el
tiempo fue el correcto, Kil'jaeden explicó la misión para la cual el Rey Lich
había sido creado. Ner'zhul libraría una plaga de muerte y terror a lo largo de
Azeroth que arrasaría la civilización humana para siempre. Todos aquellos que
murieran por la plaga se levantarían de nuevo como muertos vivientes, y sus espíritus
quedarían eternamente unidos a Ner'zhul. Kil´jaeden prometió a Ner´zhul que una
vez que cumpliera su oscura misión de azotar la humanidad, le dejaría libre de
su maldición y le daría un nuevo y sano cuerpo en el cual habitar.
Aunque
Ner'zhul parecía ansioso de iniciar su parte, Kil´jaeden permanecía escéptico
de sus débiles lealtades. La ausencia de cuerpo del Rey Lich y su prisión de
hielo aseguraban su buena conducta por corto tiempo, pero el demonio sabía que
debería colocar un ojo vigilante sobre él. Para este fin, Kil´jaeden asignó a
su élite demoníaca, los vampíricos Señores del Terror, de vigilar a Ner'zhul y
asegurarse de que cumpliera su cometido. Tichondrius, el más poderoso y astuto
de los Señores del Terror, aceptó el reto; se encontraba fascinado por la
severidad de la plaga y la potencial habilidad del Rey Lich para el genocidio
Icecrown y
el Trono de Hielo
Kil'jaeden
envío el casco de hielo con Ner'zhul de vuelta al mundo de Azeroth. El
endurecido cristal cruzó el negro cielo y se estrelló en el desolado continente
de Northrend, clavándose profundamente en el glaciar de Icecrown. El cristal
congelado, moldeado y resquebrajado por el violento descenso, tomó la forma de
un trono, y el vengativo espíritu de Ner'zhul pronto tomó conciencia de ello.
Desde los
confines del Trono de Hielo, Ner'zhul comenzó a explorar con su vasta
conciencia y tocó las mentes de los habitantes nativos de Northrend. Con poco
esfuerzo, esclavizó las mentes de las muchas criaturas indígenas, incluyendo
los trolls de hielo y los fieros wéndigos, y dirigió a sus malvados hermanos
hacia la Sombra. Usando sus poderes casi ilimitados, creó un pequeño ejército
que se albergó en los laberintos de Icecrown. Conforme del Rey Lich manejaba
sus crecientes habilidades bajo la persistente vigilancia de los Señores del
Terror, descubrió un remoto asentamiento humano en la costa de las vastas
Ruinas del Dragón. Ner´zhul decidió probar sus poderes en los desprevenidos
humanos.
Ner'zhul
lanzó su plaga – la cual se había originado desde las profundidades del Trono
de Hielo, en los desperdicios árticos. Controlando la plaga con su voluntad,
atacó la villa humana. Al cabo de tres días, todos en el asentamiento habían
muerto, pero casi inmediatamente, los habitantes muertos empezaron a levantarse
como cuerpos zombificados. Ner'zhul podía sentir sus espíritus individuales
como si fueran parte de él mismo. La inmensa cacofonía en su mente causó que
Ner'zhul se hiciera más poderoso, sus espíritus le proveyeron de mucho más
sustento. Descubrió que era juego de niños controlar a las acciones de los
zombis y hacerlos cumplir sus deseos.
Durante los
siguiente meses, Ner'zhul continuo experimentando con su plaga de muertes
vivientes subyugando a cada humano habitante de Northrend. Con su ejército de
muertos vivientes creciendo diariamente, supo que su verdadera prueba estaba
cerca.
Guerra de la
Araña
Ruinas de
Azjol-Nerub
Ner'zhul
continuó consolidando su poder en su base de Northrend. Una gran ciudadela fue
erigida en el glaciar Icecrown y fortificada por las crecientes legiones de los
muertos. Pero, mientras el Rey Lich afirmaba sus fuerzas en Northrend, el
Imperio subterráneo de Azjol-Nerub, el cual había sido fundado por una raza de
siniestras arañas humanoides, envió a sus guardia de guerreros de élite contra
Icecrown con el propósito de acabar con el dominio del Rey Lich. Para mayor
frustración, Ner´zhul comprobó que los malignos nerubian eran inmunes no solo a
la plaga, sino a su dominación telepática también.
Los señores
araña Nerubian, descendientes de los insectoides Azil’Aqir, comandaban inmensas
fuerzas y sus vastas redes subterráneas estrechaban casi la mitad de la
ciudadela de Northrend. Sus tácticas de guerrillas sobre las fortalezas del rey
Lich iban esperanzadas en derrotarlo con el tiempo. La Guerra de la Araña se
ganó por desgaste. Con la ayuda de los siniestros Señores del Terror y los
innumerables guerreros muertos vivientes, el rey Lich invadió Azjol-Nerub y
destruyó los templos subterráneos, que cayeron sobre las cabezas de los señores
araña Nerubian.
Aprovechando
la existencia cercana del cementerio de los Dragones Azules, el Dragonblight,
Ner’zhul utilizó sus poderes de nigromancia para animar los esqueletos de los
Dragones, a los que llamó Wyrns de hielo, sus mascotas favoritas, y los lanzó
en un inmenso ataque aéreo sobre Azjol-Nerub. Finalmente, montó un terrible
asedio sobre la Fortaleza de Draktharon, donde el último de los Reyes Nerubian,
Anub’Arak el Inmisericorde, había atrincherado sus fuerzas. Durante el ataque,
el gran Anub’Arak cayó mortalmente herido. Su cuerpo fue momificado y enterrado
en un sarcófago bajo un ziggurat, según la tradición nerubian. Como los
nerubian eran inmunes a la plaga, Ner´zhul utilizó sus poderes de nigromancia
para levantar los cuerpos de los guerreros araña y aliarlos a él. Estos serían
conocidos como Demonios de la Cripta. Astutamente, el rey Lich levantó también
al caído rey Anub’Arak, y lo designó general de su ejército.
Como
testamento de su tenacidad y osadía, Ner´zhul adoptó el estilo arquitectónico
distintivo de los nerubian para sus propias fortalezas y estructuras. Libre
para liderar sin oposición su reino, el Rey Lich se preparó para su verdadera
misión en el mundo. Explorando entre las tierras humanas con su vasta
conciencia, el Rey Lich llamó a cualquier alma oscura que estuviera dispuesta a
escuchar…
Capítulo 5:
El Retorno de la Legión Ardiente
Tercera
guerra
“Nunca
escuchamos las antiguas profecías.
Como tontos,
nos dejamos llevar por los viejos rencores.
Y peleamos
por muchas generaciones.
Hasta el día
que del cielo llovió fuego
y un nuevo
enemigo vino contra nosotros.
Ahora, ha
iniciado el círculo de la destrucción
porque el
Reino del Caos ha llegado finalmente…”
La Profecía
Primera
Parte: Las Secuelas de la Segunda Guerra
La Batalla
de Grim Batol – El día del Dragón
De una vieja
canción enana.
En las
vastas montañas de Khaz Modan hay una antigua ciudad enana llamada Grim Batol.
Dicen algunos que una vez perteneció a uno de los altos reyes Wildhammers, pero
que hubo una gran guerra contra una poderosa hechicera, y ahora la ciudadela y
la fortaleza están embrujadas. Criaturas malignas de repulsivas formas se
mueven entre los oscuros rincones de la abandonada ciudad. Sin embargo, sin
conocerlo previamente la Alianza, una gran fuerza de orcos continúa merodeando
libre entre las montañas. El clan Dragonmaw, liderado por un infame brujo orco
llamado Nekros Triturador de Cráneos, uno de los pocos brujos orcos que no
pertenecían al Concejo de las Sombras. Nekros se consideraba más un guerrero
que un mago, pero la necesidad de deberse a su clan le había obligado a tomar
el reto, más cuando durante la Segunda Guerra un caballero le cortó una pierna.
Durante la
ocupación de Khaz Modan por la Horda, en medio de la Segunda Guerra, en la
profundidad de una de las excavaciones de los enanos, los orcos encontraron un
poderoso y ancestral artefacto mágico que tenía el poder de controlar a los
dragones. Ante tal descubrimiento, Blackhand el Destructor encontró la manera
de obligar a una enorme dragona roja a mandar a sus hijos a pelear por la
Horda. Esta dragona no era otra que la ancestral Alexstrasza, la Protectora de
la Vida, la Reina de los Dragones. Zuluhed, líder de los Dragonmaw, encomendó a
Nekros la vigilancia de este artefacto, llamado Alma del Demonio, y de la
dragona cautiva, en la abandonada – algunos llaman maldita - fortaleza de Grim
Batol. Utilizando el Alma de Demonio, Nekros inflingía un profundo dolor a su
prisionera cuando ésta no cooperaba, obligándola a poner huevos.
Nekros
continuamente abusaba de ella, mental y físicamente, especialmente luego de la
Segunda Guerra, cuando la poderosa dragona se convirtió en la única arma
verdadera de la Horda en contra de la Alianza. Ella se consolaba con el hecho
de que, cuando muriera, sus niños ya no tendrían que obedecer al brujo. De esta
manera, Nekros, luego de la derrota de la Horda y la muerte de su jefe Zuluhed,
se disponía a crear un nuevo ejército con el cual barrer a los humanos.
Sin embargo,
Korialstrasz, el legendario dragón rojo amante de Alexstrasza, hacía ingentes
esfuerzos por liberar a su amada. Utilizando sus místicos poderes, el Dragón
logró poseer el cuerpo de un noble humano llamado Krasus y se infiltró dentro
del Kirin Tor, el enigmático concejo de magos que gobierna Dalaran, y
continuamente usaba su posición para abogar por la liberación de su Reina.
Finalmente, al finalizar la Segunda Guerra, el Kirin Tor decidió mandar a uno
de sus agentes, el joven mago Rhonin, llamado el Inconforme, a una misión de
exploración a Khaz Modan, pero Korialstrasz, aprovechándose de la situación,
secretamente le dio otra misión a Rhonin: liberar a Alexstrasza.
Rhonin era
un mago que, durante la Segunda Guerra, accidentalmente asesinó a los guerreros
que conformaban su escuadrón, al tratar de ejecutar un peligroso hechizo como
parte de su misión. Por esta atrocidad, fue puesto a prueba por el Kirin Tor al
enviarlo a Khaz Modan. Krasus, sin embargo, tenía otros planes para él.
Enviándolo a Grim Batol, Korialstrasz ordenó a Rhonin liberar a la Reina de los
Dragones. Para ayudarlo en su misión, el Dragón envió a Vereesa Windrunner, una
Ranger alta elfa, hermana menor de la legendaria Alleria Windrunner, a
escoltarlo hasta el puerto de Hasic.
Durante el
trayecto, se encontraron con un grupo de paladines de la Orden de la Mano de
Plata, liderados por Duncan Senturus, quien también había luchado en la Segunda
Guerra. Prendado de la belleza de Vereesa, Senturus decidió escoltarlos hacia
Hasic, sin embargo, fueron emboscados por dragones rojos controlados por los
orcos. Duncan, mediante un ágil movimiento, logró subir al cuello de uno de los
dragones, y luego de apuñalar al orco que lo montaba, entabló una feroz lucha
con la bestia. Finalmente, logró matarlo, pero sus heridas eran tan graves que
murió en el sitio.
Luego de
honrar su memoria, los viajeros continuaron adelante. Vereesa tuvo que defender
a Rhonin de las acusaciones de los paladines, que habían sido testigos del
terrible “crimen” del mago. Al llegar a Hasic, el puerto entero había sido
reducido a ruinas. El único defensor en sobrevivir fue Falstad Dragonreaver, un
enano del Clan Wildhammer de Aerie Peak, quien era jinete de grifos. Muertos
sus compañeros durante un combate con los dragones, decidió acompañar a Rhonin
y Vereesa cuando estos decidieron cruzar el Gran Mar hacia Khaz Modan y
dirigirse a Grim Batol. Sin embargo, había una historia oculta que Rhonin y
Vereesa no conocían.
Neltharion
el Dragón Negro, el Guardián de la Tierra, quien durante la Guerra de los Ancestros
había enloquecido, era el verdadero instigador del conflicto. Diez mil años
antes, durante la Batalla del Templo de Azshara, Neltharion se había corrompido
por la magia maligna de la Legión Ardiente, y había abandonado a sus camaradas
en plena batalla. Mediante un formidable engaño, Neltharion había logrado que
los otros Cuatro Aspectos, los dragones protectores de Azeroth, cedieran parte
de su poder al poderoso artefacto Alma de Demonio, como prevención para un
futuro ataque de la Legión. Esto permitió que Ala de la Muerte (como se hacía
llamar el Dragón Negro) fuera el más fuerte de todos los dragones, pues fue el
único que conservó sus poderes intactos. Asimismo, Ala de la Muerte se aseguró
que los orcos hallaran el Alma del Demonio, pues sabía que así podrían
esclavizar a Alexstrasza. El malévolo plan del Dragón Negro era subyugar a la
dragona para que esta empollara sus huevos y revivir a la extinta raza de
dragones negros.
Para esto,
Ala de la Muerte juró lealtad a la Horda, y en retribución, los alquimistas
goblin le hicieron una armadura de escamas de adamantium, con la que el dragón
era prácticamente invencible. Incluso, construyó su propia ciudadela en la
Península del Infierno, cerca del Portal Oscuro. Luego de la Segunda Guerra y
la consecuente derrota de la Horda a manos de la Alianza, Ala de la Muerte se
refugió en la volcánica Blackrock Spire junto a otros dragones rebeldes.
Blackrock Spire se convirtió en un fortín impenetrable para los humanos.
Posteriormente,
Neltharion, usando sus inmensos poderes, logró transmutarse en un humano que se
hacía llamar Lord Prestor. Infiltrándose en la política de la Alianza, Lord
Prestor logró apoderarse del trono de Alterac y penetrar dentro de la familia
real de Lordaeron. Su plan era hacerse con el control de la ciudad estado de
Alterac, la cual había quedado acéfala luego de la derrota de su malvado señor,
el Baron Lord Perenolde, a manos de Uther Lightbringer. Utilizando sus inmensos
poderes mentales, Lord Prestor había logrado ascender hasta los altos puestos
de mando de la Alianza, pudiendo controlar incluso las decisiones del mismo Rey
Terenas y del Kirin Tor, al punto que Terenas le prometió en matrimonio a su
hija Calia Menethil, hermana mayor del joven Príncipe Arthas. Advertido por su
sirviente, el oportunista goblin Kryll, logró enterarse del plan de
Korialstrasz, por lo que, volviendo a su forma de dragón, salió en busca de
Rhonin.
Mientras
tanto, el noble enano Falstad transportaba a Rhonin y Vereesa a través del Gran
Mar, sobre el lomo del grifo de Falstad, Molok. Durante el vuelo, fueron
nuevamente atacados por los dragones rojos de los orcos. Sorpresivamente,
fueron rescatados por Ala de la Muerte. Mediante sus artimañas y
manipulaciones, Ala de la Muerte secuestró a Rhonin, pues planeaba utilizarlo
para deshacerse de los orcos, y así, el podría atacar a la dragona fácilmente y
robar sus huevos.
Vereesa y
Falstad decidieron rescatar a Rhonin, pero fueron conducidos a una trampa
elaborada por Kryll. Un trío de trolls, al mando del troll tuerto Shnel,
emboscó a la elfa y al enano, pero para su fortuna, fueron rescatados por Rom y
su banda de enanos, quienes habían sido enviados por Korialstrasz para
ayudarlos en la batalla que se avecinaba.
Entre tanto,
Ala de la Muerte avisó a Nekros del inminente asalto de Rhonin y sus aliados, y
lo convenció de movilizar a Alexstrasza y sus huevos hacia el despoblado, con
el fin de apoderarse de ella más fácilmente. Justo en ese momento, Rhonin y sus
compañeros iniciaban el ataque a Grim Batol. Aprovechando la confusión, Kryll,
quien tenía sus propios planes para el Alma de Demonio, trató de robar el
artefacto, sin embargo, no contaba con que Nekros había colocado a un enorme
Golem de Fuego para vigilar el Alma de Demonio, y el desafortunado goblin fue
incinerado.
Sin embargo,
Neltharion no contaba con la astucia de Korialstrasz. El Dragón Rojo había
recobrado su forma bestial, y había reunido a los otros Aspectos, Nozdormu y
Malygos, para rescatar a Alexstrasza. Sin embargo, los Aspectos eran demasiado
débiles comparados con Ala de la Muerte, debido a que el Dragón Negro tenía sus
poderes intactos, y además portaba su armadura de adamantium.
Cuando todo
parecía perdido, Rhonin logra derrotar a Nekros y a su Golem de Fuego
utilizando un poderoso hechizo. Finalmente, el mago logra destruir el Alma de
Demonio. Ahora, con sus poderes completos, los Aspectos logran derrotar a Ala
de la Muerte. Alexstrasza, libre al fin, se reúne con su amado, y decide
tomarse su revancha, reduciendo a cenizas la fortaleza de Grim Batol, con
Nekros y su clan Dragonmaw dentro de ella.
Los grandes
planes de Nekros para reunificar la Horda bajo su mando han sido rotos. Los
pocos dragones negros sobrevivientes, viendo a su líder perdido, se alejan
hacia una distante tierra, al otro lado del mar, en busca de la más poderosa
hija de Neltharion, Onixia... La derrota del clan Dragonmaw señala el fin de la
Horda y de la furiosa sed de sangre de los orcos.
Kel’thuzad y
el Culto de los Malditos
Muchos
individuos deseosos de poder de todo el mundo acudieron al llamado mental del
Rey Lich desde Northrend. El más notable de ellos fue sin embargo un archimago
de Dalaran llamado Kel´thuzad, quién era uno de los miembros más destacados del
Kirin Tor, el concejo que dirigía Dalaran. Era considerado un rebelde por años
debido a su insistencia en estudiar las artes prohibidas de la necromancia.
Decidido a aprender todo lo que pudiera del mundo mágico y sus maravillas
sombrías, se encontraba frustrado por los preceptos faltos de imaginación de
sus congéneres. A penas escuchó el poderoso llamado desde Northrend, el
archimago hizo todo lo posible por entrar en comunión con la poderosa voz.
Convencido de que el Kirin Tor era demasiado esquematizado para obtener el
poder y conocimiento inherentes a las artes oscuras, se resignó a aprender lo
que pudiera del inmensamente poderoso Rey Lich.
Dejando
atrás su fortuna y prestigio político, Kel´thuzad abandonó el Kirin Tor y
Dalaran para siempre. Guiado por la persistente voz del Rey Lich dentro de su
cabeza, vendió sus vastas propiedades y gastó su fortuna. Viajando solo muchas
leguas en mar y tierra, finalmente llegó a las heladas costas de Northrend. Con
el propósito de llegar a Icecrown y ofrecer sus servicios al Rey Lich, el
archimago pasó las salvajes y devastadas ruinas de Azjol-Nerub. Kel’Thuzad pudo
observar la ferocidad del poder del Rey Lich. Empezó a pensar que aliarse con
el misterioso poder del Rey Lich podría ser beneficioso y a la vez muy
peligroso.
Luego de
largos meses de viajar por las árticas y desoladas tierras, Kel´thuzad
finalmente llegó al oscuro glaciar de Icecrown. Cuidadosamente se acercó a la
ciudadela de Ner´zhul y se quedó asombrado al observar como los silenciosos
guardias muertos vivientes le dejaron pasar. Kel´thuzad descendió profundamente
en la fría tierra y encontró un camino hacia el corazón del glaciar. Allí, en
la profunda caverna de hielo y sombras, se postró delante del Trono de Hielo y
ofreció su alma al oscuro señor de los muertos.
El Rey Lich
estaba complacido con su último conscripto. Le prometió a Kel’Thuzad la
inmortalidad y gran poder a cambio de su lealtad y su obediencia. Hambriento de
conocimiento y poder, Kel’Thuzad aceptó su primera gran misión: regresar al
mundo de los hombres y fundar una nueva religión que adoraría al Rey Lich como
un dios.
Para ayudar
al archimago a cumplir su misión, Ner´zhul dejó la humanidad de Kel´thuzad
intacta. Utilizaría el carisma del mago y lo cargaría con poderes de ilusión y
persuasión, con los que esperaba convencer a las descomplacidas masas de
Lordaeron. Entonces, una vez lograda su atención, les mostraría un nuevo modelo
de sociedad y una nueva figura a la que llamar rey.
Kel´thuzad
volvió a Lordaeron disfrazado, y durante el transcurso de tres años, usó su
fortuna e intelecto para formar una hermandad clandestina de ilusos hombres y
mujeres. La hermandad, a la cual llamó el Culto de los Condenados, prometió a
sus acólitos igualdad social y vida eterna en Azeroth a cambio de su servicio y
obediencia a Ner´zhul. Con el paso de los meses, Kel´thuzad encontró muchos
ansiosos voluntarios por unirse a su nuevo culto, entre los sobre explotados
trabajadores de Lordaeron. Fue sorprendentemente fácil para Kel´thuzad
transferir la fe de sus ciudadanos en la Santa Luz en la oscura sombra de
Ner´zhul.
Con el éxito
de Kel´thuzad en Lordaeron, el Rey Lich empezó sus preparativos finales para su
asalto contra la civilización humana. Colocando las energías de la plaga en un
número de artefactos especiales, Ner´zhul ordenó a Kel´thuzad transportar estos
artefactos a Lordaeron, donde los escondería en varias villa controladas por el
Culto. Los artefactos, protegidos por los leales acólitos, actuarían como
generadores de la plaga, diseminándola entre las desprevenidas granjas y
ciudades del norte de Lordaeron.
El plan del
Rey Lich trabajaba a la perfección. Muchos de los ciudadanos de las villas del
norte se contaminaron casi en forma inmediata. Como en Northrend, los
ciudadanos que contrajeron la plaga murieron y revivieron como esclavos del Rey
Lich. Los acólitos a la orden de Kel’thuzad estaban ansiosos de morir y
levantarse de nuevo al servicio de su oscuro señor. Les emocionaba el prospecto
de la inmortalidad como muertos vivientes. Con la diseminación de la plaga, más
y más feroces zombis se levantaban en las tierras del norte. Kel’thuzad observó
al creciente ejército del Rey Lich y le llamó El Azote, el cual pronto
marcharía sobre las puertas de Lordaeron y barrería a la humanidad de la faz
del mundo.
Un heredero
forzoso…
Mientras los
Señores del Terror se encontraban complacidos con que la verdadera misión de
Ner´zhul hubiera finalmente iniciado, el Rey Lich se conmovía dentro de los
sombríos confines del Trono de Hielo. A pesar de sus enormes poderes psíquicos
y completo dominio sobre los muertos vivientes, se daba cuenta de que era un
prisionero en el bloque de hielo. Y, debido a sus grandes poderes, sabía que
los demonios lo destruirían tan pronto completara su misión.
Sin embargo,
aún le quedaba una esperanza de libertad, una posibilidad de escapar a su
terrible maldición. Si encontrara un huésped apropiado, algún ingenuo que se
debatiera entre la oscuridad y la luz, el podría poseer su cuerpo y escapar de
los confines del Trono de Hielo para siempre.
Una vez más,
el Rey Lich expandió su vasta conciencia y encontró el anfitrión perfecto…
Una nueva
generación
Los años han
pasado y una relativa paz se ha impuesto sobre Lordaeron. El Rey Terenas y el
Arzobispo Alonsus Faol han trabajado concienzudamente en reconstruir el reino y
mantener unida a las naciones restantes de la Alianza. El sureño reino de
Azeroth ha crecido y prosperado nuevamente y ha restablecido su anterior poder
militar bajo el liderazgo del joven y visionario Rey Varian Wrynn IV. Uther el
Portador de la Luz, el comandante supremo de la Orden de los Paladines de la
Santa Luz, mantiene la paz en Lordaeron acallando las disputas entre civiles y
buscando la alianza de las otras razas semi-humanas del reino. El Almirante
Proudmoore, cuyas poderosas flotas patrullas las líneas de comercio mercante
cazando piratas y merodeadores, mantiene el orden sobre los mares. Pero una
nueva generación de héroes ha capturado la imaginación del populacho.
El único
hijo varón del Rey Terenas, Arthas Menethil, se ha convertido en un fuerte y
apuesto joven. El Príncipe ha sido entrenado como un guerrero por Muradin
Bronzebeard – hermano del rey Magni de Ironforge – y a pesar de su juventud, es
considerado uno de los mejores espadachines de Lordaeron. Cerca de la edad de
diecinueve años Arthas ha ingresado a la Orden de la Mano de Plata bajo el
comando de Lord Uther. El poderoso Uther, quien ha sido como un hermano para el
Rey Terenas por muchos años, considera al Príncipe más un nieto favorito que un
pupilo. Aunque terco y algo arrogante, nadie podía disputar la tenacidad y
valentía del Príncipe Arthas. Cuando las bandas de Trolls de Zul’Aman
comenzaron a atacar de nuevo las fronteras de Quel´thalas, Arthas rápidamente
se ha traído abajo las salvajes bandas y le ha puesto fin a su pillería.
A pesar de
su heroísmo, los ciudadanos de Lordaeron se han obsesionado con la vida
personal del joven príncipe. Rumores acerca de un creciente romance Arthas y
Lady Jaina Proudmoore recorren la superficie del reino. Jaina es la joven hija
del Almirante Proudmoore, una amiga de la infancia de Arthas. Sin embargo, la
bella muchacha también es la pupila estrella del Kirin Tor – el Concejo de
Magos de Dalaran. Bajo la tutoría del reverenciado Archimago Antonidas, Jaina
es considerada un prodigio y una excelente estudiante de la magia y la
investigación. Fuera del rigor de sus deberes, Arthas y Jaina mantienen una
cercana relación. Debido a la deteriorada salud del Rey Terenas, los ciudadanos
se encuentran complacidos con imaginar el casamiento del Príncipe, para
continuar la línea real.
Hartos de la
atención pública, Arthas y Jaina cuidan de mantener su relación lo más privada
posible. Pero Jaina, comprometida por sus estudios en Dalaran, sabe que su
romance no prosperará. Sabe que los caminos de la magia son su verdadero
llamado y que su amor es el adquirir conocimiento – no los tramposos aposentos
de un trono. Para frustración de los ciudadanos de Lordaeron, ambos amantes se
han apartado para enfocarse en sus deberes.
Letargo de
los Orcos
Mientras
tanto, en las tierras devastadas por la guerra, los últimos remanentes de la
Horda peleaban por sobrevivir. Aunque Grom Hellscream y su clan Warsong habían
logrado evadir su captura, Kilrogg Ojo Tuerto y el Clan Bleeding Hollow habían
sido capturados y recluidos en los campos de internamiento de Lordaeron.
Los meses
pasaron, y más orcos eran emboscados y colocados en los campos de
internamiento. Cuando los campos empezaron a sobre-poblarse, la Alianza se vio
forzada a construir nuevos campos en los planos del sur de las Montañas
Alterac. Para mantener y suplir apropiadamente el creciente número de campos,
el Rey Terenas impuso un nuevo impuesto a las naciones de la Alianza. Este
impuesto, junto con las crecientes tensiones políticas sobre los bordes en
disputa, creó un sentimiento de gran disconformidad. El frágil pacto que habían
forjado las naciones humanas en su más oscura hora podría romperse en cualquier
momento.
Además de
esta división política, muchos de los guardias de los campos comenzaron a dar
la noticia de que un cambio inexplicable se estaba dando en los orcos
capturados. Los esfuerzos orcos por escapar de los campos o incluso sus deseos
de pelear entre ellos iban decreciendo en frecuencia con el tiempo. Los orcos
se estaban volviendo cada vez más somnolientos y letárgicos. Aunque pareciera
difícil de creer, los orcos – una vez la raza más agresiva que jamás se viera
sobre Azeroth – habían perdido completamente su deseo de luchar. El extraño
letargo confundió a los líderes de la Alianza y decidieron estudiarla antes de
que los orcos despertaran de nuevo.
Algunos
especulaban que una extraña enfermedad, contraída solo por orcos, era la causa
del creciente letargo. Pero el anciano Archimago Antonidas de Dalaran, líder
del Kirin Tor, tenía una hipótesis distinta. Recogiendo lo poco que pudo
encontrar acerca de la historia orca, Antonidas aprendió que los orcos habían
caído bajo la terrible influencia del poder demoníaco por generaciones.
Especuló que los orcos habían sido corrompidos por estos poderes mucho antes de
su primera invasión sobre Azeroth. Claramente, los orcos habían contaminado la
sangre orca, y los había convertido en los brutos con sobrenatural fuerza,
dureza y agresión.
Antonidas
pensaba que el letargo generalizado de los orcos no era una enfermedad, sino la
consecuencia de la ausencia racial de las volátiles brujerías que los había
convertido en osados guerreros sedientos de sangre. Aunque los síntomas eran
claros, Antonidas fue incapaz de hallar una cura para la presente condición de los
orcos. Además, muchos de sus camaradas magos, de acuerdo con algunos pocos
líderes notables de la Alianza, argumentaron que hallar una cura para los orcos
podría ser una aventura imprudente. La conclusión final de Antonidas fue que
los orcos necesitaban una cura espiritual.
Señor de los
Clanes
“Ellos te
llaman monstruo.Pero ellos son los monstruos, no tú.” Taretha Foxton Prisión de
Durnholde
El guardián
en jefe de los campos de internamiento Aedelas Blackmoore, observa los orcos
cautivos desde su prisión fortaleza de Durnholde. Orcos brutales, del tamaño de
dos hombres uno sobre el otro, deformados, de brazos como troncos y afilados
colmillos sobresalientes, de piel verde. Un orco en particular siempre ha
despertado su interés (y de inmediato empieza a recordar): sobre los cuerpos
ensangrentados de un orco y una orca, Aedelas Blackmoore ha encontrado un niño
orco llorando…Han pasado casi diecinueve años desde aquel encuentro. Blackmoore
ha levantado al joven macho como un esclavo favorecido, y le ha llamado Thrall.
Aquel niño creció, y fue entrenado como gladiador, con todo el salvajismo de un
orco, pero también le han enseñado táctica, filosofía y estrategia militar, con
el intelecto propio de un erudito humano. Después de todo, el corrupto guardián
lo ha modelado para usarlo como un arma para doblegar a toda la Alianza.
Fue
entrenado y golpeado por muchos, pero una mujer humana, Taretha Foxton,
concubina del general Blackmoore, se convirtió en su enfermera y su mejor
amiga. Mientras Blackmoore lo torturaba dentro del ring, Taretha comenzó a
escribirle cartas a su prisión, y él se las contestaba, pues ella le había
enseñado, secretamente, a leer y escribir. Ella le enseño todo lo que
Blackmoore le negaba: el amor, el respeto, y el honor. Thrall se convirtió en
un erudito. Conocía historia del arte, poesía, literatura. La joven chica
humana había desarrollado una fuerte empatía por aquel infante orco que había
llegado luego de que su hermano recién nacido, Faralyn Foxton, había muerto por
una terrible fiebre antes de la llegada de Thrall. Por esto, Taretha lo cuidaba
compasivamente como si fuera su propio hermano.
Desconociendo
su pasado, el joven Thrall ha crecido como un fuerte y hábil orco, y sabía, en
su corazón, que la vida de esclavo no era para él. Conforme maduraba, se entera
de la suerte que ha corrido su gente, los orcos, ha quienes jamás ha conocido:
después de su derrota, muchos de ellos han sido colocados en campos de
internamiento. Rumoran que el antiguo líder de los Orcos, Doomhammer, ha escapado
de Lordaeron y se ha ocultado en las montañas. Solamente un solitario clan
continúa sus operaciones en secreto, tratando de evadir los ojos vigilantes de
la Alianza. Su maestro, Jaramin Skisson, estaba muy asombrado con la gran
inteligencia que el joven orco demostraba, pero Lord Blackmoore la atribuía a
que Thrall había crecido entre humanos, despreciando el gran potencial del
orco. Blackmoore encargó a Sergeant, veterano soldado apostado en Durnholde, de
entrenar a Thrall como gladiador. Sergeant enseñó a Thrall como balancear su
propia fuerza y usarla apropiadamente contra el enemigo en la batalla.
La gota que
derramaría el vaso, sin embargo, fue cuando Blackmoore, a pesar de las
vehementes protestas de Sergeant, forzó a Thrall a un combate mortal contra un
enorme ogro, que casi le cuesta la vida al joven orco. El hábil pero inexperto
Thrall decide escapar del fuerte de Blackmoore y encontrar a otros de su clase,
para lo cual recibe la ayuda de Taretha y de Sergeant, a espaldas del general.
Durante su primer viaje, visitó los distintos campos de internamiento, y
encontró que la una vez poderosa raza orca había caído en un extraño letargo.
Al no encontrar los valerosos guerreros que esperaba descubrir, Thrall decide
salir en búsqueda del único jefe orco que nunca ha sido derrotado, Grom
Hellscream, y su fiel clan Warsong. Sin embargo, la guardiana del campo, Lady
Remka, lo reconoce como el preferido de Blackmoore y de inmediato avisa al
malvado Lord del escape de su gladiador. Ayudado por el anciano orco Kelgar y
la esclava personal de Remka, Greekik, que crean una diversión, Thrall logra
huir hacia las montañas. Esto le costará su puesto a Remka. En la inmensidad de
las montañas Redrigde, una partida de orcos liderada por Rekshak encuentra a
Thrall y lo lleva ante Grom. Rekshak nunca confió en Thrall hasta que el joven
orco tomó la decisión de abandonar el campamento para proteger a los Warsong de
la ira de Blackmoore.
Constantemente
cazado por los humanos, Hellscream nunca abandonó la inquebrantable voluntad de
pelear por la Horda. Ayudado solamente por su devoto clan Warsong, Hellscream
ha continuado una guerra oculta contra la opresión de su gente, tratando de
liberar a los orcos de los campos. Desafortunadamente, Hellscream nunca
encontró la manera de liberar a los orcos capturados de su letargo. El
impresionable Thrall, inspirado por el idealismo de Hellscream, desarrolla una
fuerte empatía por la Horda y sus tradiciones guerreras.
Buscando la
verdad de sus orígenes, Thrall viaja hacia el norte en busca del legendario
Clan de los Lobos de Hielo. Thrall descubrió que los Lobos habían sido
exiliados por Gul´dan durante los primeros días de la Primera Guerra. También
se enteró de que era hijo del héroe orco Durotan, el verdadero jefe de los
Lobos de Hielo, quien junto a su madre Draka, había sido asesinado salvajemente
hace más de veinte años. Dirigidos por sus nuevos líderes, el venerable chamán
Drek´thar, ciego de nacimiento, y por Nazgrel, un hábil guerrero que había
tomado el mando luego de la muerte de Durotan, los Lobos de Hielo habían
logrado sobrevivir ocultándose en las montañas.
Bajo el
tutelaje Drek´tar, Thrall estudió la ancestral cultura chamanística de su
pueblo, que había sido olvidada durante la malvada regencia de Gul´dan. Con el
tiempo, Thrall aprendió a escuchar a los espíritus de las fuerzas de la
naturaleza: ha tener comunión con la lluvia, el viento, la tierra, la tormenta,
el fuego y los animales, y se convirtió en un poderoso chamán, tomando su lugar
como jefe de los exiliados Lobos de Hielo. De Drek’tar, Thrall aprendió que era
hijo de Draka, hija de Kelkar, y descendiente de uno de los más grandes
guerreros de la historia orca, Rakhish. Fortalecido por los elementos y
conducido por ellos mismos salió en busca de su destino. Salvado por su padre
de la corrupción demoníaca al no beber éste la sangre de Mannoroth, ahora
Thrall siente el deber de liberar a sus hermanos cautivos y sanar a su raza de
la corrupción.
Bajo la
enseñanza de Nazgrel y Rekshak, Thrall aprende a dominar el arte de montar
lobos. Snowsong, una tierna y valiente loba blanca, es escogida para ser su
compañera en las batallas, y desde ese momento, siempre le será fiel. Snowsong
no solo será su montura, sino su amiga fiel.
A su regreso
a Lordaeron, se entera de que Grom Hellscream ha hallado al anciano Señor de la
Guerra de la Horda, Orgrim Doomhammer, quien ha vivido como ermitaño muchos
años. Para probar al joven, Doomhammer lo reta a un duelo amistoso. Thrall
logra vencer al anciano Orgrim y le arrebata su mazo de guerra. Doomhammer,
quien era cercano amigo de Durotan, el padre de Thrall, decide seguir al joven
y visionario orco, y ayudarlo en su cruzada para liberar a los orcos cautivos.
Apoyado por muchos de los veteranos jefes, como Grom Hellscream, Doomhammer y
Jubei’thos, Thrall finalmente logra revitalizar a la Horda y darle a su pueblo
una nueva identidad espiritual.
Para
simbolizar el renacimiento de su pueblo, Thrall ha regresado a la fortaleza de
Blackmoore en Durnholde a ponerle fin a los planes de su antiguo amo mediante
un asedio a los campos de internamiento. Su victoria tendrá un precio: durante
la liberación de uno de los campos, Doomhammer cae en la batalla. Desde lo alto
de la fortaleza, el ebrio Blackmoore lanza la cabeza cortada de Taretha Foxton.
Aún con este terrible hecho, el noble orco le da una última oportunidad de
defenderse antes de matarlo. Negándose a atacarlo cuando estaba desarmado y en
el suelo, Thrall le propicia un arma a su antiguo amo, para luego acabar con él
en un combate cuerpo a cuerpo.
Thrall toma
el legendario Martillo de la Tormenta, el Doomhammer, y se coloca la armadura
negra y plateada. Los jefes de clanes lo aclaman como nuevo Señor de la Guerra.
Durante los siguientes meses, la pequeña pero volátil Horda de Thrall ataca los
campos de internamiento y esquiva con sus astutas estrategias, los mejores
esfuerzos de la Alianza por detenerlo. Respaldado por su mejor amigo y mentor,
Grom Hellscream, Thrall está decidido a que su gente no vuelva a ser esclava:
ni de los demonios ni de los humanos.
El regreso
de la Sombra - Cisma de la Alianza
Han pasado
cerca de quince años de paz, y rumores de guerra comienzan a circular
nuevamente. Los agentes del Rey han reportado que un joven y astuto Señor de la
Guerra ha levantado y guiado a los pocos clanes orcos remanentes dentro de una
nueva fuerza combatiente. El joven Señor de la Guerra ha destruido los campos
de internamiento y ha liberado a su pueblo. La “Nueva Horda”, a su paso, ha
atacado la norteña ciudad de Stratholme en su intento por rescatar a varios
guerreros capturados. La Horda incluso ha destruido Durnholde – el fuerte que
se encargaba de la seguridad de los campos de internamiento – y ha asesinado al
oficial mayor a su cargo. El Rey Terenas ha enviado a Uther y sus paladines en
busca del Señor de la Guerra, pero los astutos orcos no han podido ser
hallados. El joven Señor de la Guerra ha demostrado ser algo más que un genio
táctico, y ha logrado evadir los esfuerzos de Uther por acorralarlo con sus
ataques de guerrillas.
En los años
siguientes a la derrota de la Horda, los líderes de varias naciones de la
Alianza comenzaron a discutir acerca de asuntos territoriales y disminución de
la influencia política. El Rey Terenas de Lordaeron, el patrón de la Alianza,
comienza a sospechar que el frágil pacto que han forjado durante su hora más
oscura no duraría por mucho más. Terenas ha convencido a los líderes de la
Alianza de enviar dinero y trabajadores para ayudar a la reconstrucción de la
ciudad de Stormwind, que fue destruida durante la ocupación orca de Azeroth.
Estos impuestos, aunados al gran gasto de mantenimiento y operación de los
campos de internamiento orco, llevaron a muchos líderes (en particular a Genn
Greymane, de Gilneas) a creer que sus reinos estarían mejor fuera de la
Alianza. Thoras Trollbane, por su parte, consideraba a los orcos demasiado
peligrosos como para dejarlos vivos, por lo que propuso la ejecución masiva. Al
negarse los otros líderes a tal solución, el Señor de Stromgarde decide retirar
a la ciudad de la Alianza.
Para
empeorar las cosas, los bruscos Altos Elfos de Silvermoon rescindieron su
participación en la Alianza, argumentando que el pobre liderazgo de los humanos
había llevado al incendio de sus bosques durante la Segunda Guerra. Aunque Terenas
tácticamente les recordó a los elfos que nada de Quel’thalas hubiera quedado
sin que cientos de valerosos humanos no hubieran dado su vida para defenderla,
los elfos decidieron continuar su propio camino.
Aunque la
Alianza se desintegraba, el Rey Terenas aún tenía aliados con los cuales
contar. El Almirante Proudmoore de Kul Tiras y el joven Rey Varian Wrynn de
Azeroth continuaron dentro de la Alianza. Así mismo, los magos del Kirin Tor,
liderados por el Archimago Antonidas, plegaron a Dalaran a sostener las leyes
de Terenas. El más fiel, sin embargo, fue el poderoso rey Magni Barba de
Bronce, quien juró que los enanos de Ironforge tenían una deuda de honor con la
Alianza por liberar Khaz Modan del control de la Horda.
Además de
los ataques del nuevo líder orco, el Rey Terenas se encuentra perturbado por
una nueva mala noticia desde el norte. Rumores de un número creciente de
“cultos de la muerte” han llegado desde las provincias del norte. Los cultos
han proliferado entre los descorazonados e insatisfechos ciudadanos de
Lordaeron, ofreciéndoles la “vida eterna” sobre la tierra en lugar de servir al
Rey. Después de muchos años de paz y quietud, el Rey Terenas reconoció que los
problemas solamente inician en su tierra. Aún así, siente cierta tranquilidad
al saber que cada vez que su tierra ha sido puesta a prueba, sus defensores,
nuevos y viejos, han sabido mantenerla a salvo.
De Sangre y
Honor
Mientras las
fuerzas de la Alianza discutían acerca de los próximos pasos a tomar en contra
de la naciente nueva Horda, la mayoría de los ciudadanos de Lordaeron se
entregaban a una vida libre de las pestes de la guerra y la destrucción.
Algunos soldados, famosos por sus hazañas durante las Guerras Orcas, fueron
premiados con tierras o riqueza material. Uno de estos soldados fue Tirion
Fordring, un paladín de la Mano de Plata que, por sus grandes actos al servicio
de la Alianza, fue nombrado señor de la ciudadela de Mardenholde, en las
afueras de Stratholme. Tirion llevaba una vida apacible y distendida a la par
de su esposa, Karanda, y su hijo de cinco años, Taelan.
Un día que
Tirion exploraba las afueras de Mardenholde, se encontró con un viejo orco que
vivía como ermitaño. Los dos inmediatamente se lanzaron a la batalla, y en la
intensidad de la misma, llegaron hasta una vieja torre abandonada. Mientras
combatían, una parte de la torre se desplomó sobre Tirion y lo dejó
inconsciente. Días después despertó para descubrirse durmiendo en su cama, y se
enteró de que había sido encontrado inconsciente vagando sobre su caballo,
Mirador, por su ambicioso segundo al mando, Bartilas. Tirion se sentía
tremendamente confundido, porque después de valorar todas las posibilidades, el
único que había podido subirlo de nuevo al caballo, era el orco. Sin embargo,
durante su sueño, Bartilas había dado la advertencia de que los orcos se
preparaban para golpear la cercana villa de Hearthglen.
Una vez
repuesto, Tirion regresó a la torre abandonada, donde halló nuevamente al orco.
Este dijo llamarse Eitrigg y le narró una impresionante e incompresible
historia, en la cual los orcos, muchos años antes de invadir Azeroth, habían
vivido en una sociedad noble basada en los principios del chamanismo. Durante
la guerra, Eitrigg había desertado de la Horda al comprobar cuán viciosa y destructiva
se había vuelto.
Para Tirion
aquello era algo que estaba más allá de su imaginación. Sintiendo gran honor en
el viejo orco, le prometió guardar en secreto su existencia. De regreso a
Stratholme, Tirion informó al pueblo que no existía ninguna amenaza orca, pero
Bartilas, aprovechando la situación llamó al patrón de Stratholme, Salden
Dathroham, quien organizó una partida de cazadores y salieron en busca de los
orcos. Al único que hallaron fue a Eitrigg.
Cuando
Tirion observa la captura de Eitrigg, inmediatamente cae en una profunda
depresión y a la vez enojo, por lo que atacó a los guardias de la Alianza.
Bartilas inmediatamente lo acusó de traición. Tirion fue llamado a Stratholme
para probar su lealtad.
A pesar de
los ruegos de Karandra para que olvidara su honor y dijera lo que la corte
quería oir, Tirion le dijo que era su deber de paladín decir la verdad y darle
así un buen ejemplo a su hijo. Tirion narró a la corte los hechos tal como
sucedieron. La corte decidió que, aunque sus intenciones eran justas, había
atacado a soldados de la Alianza, por lo que, para evitar su ejecución,
resolvieron expulsarlo de la Mano de Plata y condenarlo al exilio. Fue enviado
a Lordaeron, donde Uther Lightbringer en persona le desnudó de sus poderes como
paladín y le ordenó volver a Manderholde para prepararse para el exilio. Lo
pero de todo era que la corte de Stratholme, a instancias del malvado Bartilas,
había decidido que Eitrigg sería condenado a muerte por crímenes de guerra.
Esa noche,
Tirion decidió cumplir con la promesa hecha a Eitrigg, por lo que, ensillando a
Mirador, viajó a Stratholme decidido a salvar al orco. Mientras Eitrigg subía
la escalinata donde sería colgado, sus verdugos se vieron repentinamente
sorprendidos por el ataque del expaladín. En ese momento, la ciudad se vio
repentinamente atacada por una enorme ola de orcos, que crearon tal confusión,
que los guardias de la Alianza se vieron obligados a defenderla, lo que
permitió a Tirion y a Eitrigg escapar.
Una vez a
salvo en el bosque, Tirion se da cuenta que Eitrigg se encuentra mal herido y
agonizante. Sin poder hacer mayor cosa, invoca el poder de la Luz para sanarlo,
como una última esperanza. Sorpresivamente y a pesar de que sus poderes le
habían sido arrebatados, la Luz, que conoce la bondad de los verdaderos
corazones nobles, responde a su llamado y Eitrigg es salvado.
Casi de
inmediato, ambos se ven rodeados por orcos. Uno en especial, montado sobre una
hermosa loba blanca, portando una esplendorosa armadura negra y plateada, se acerca
a Eitrigg y le ofrece reintegrarse a la Horda, que ha reiniciado un proceso de
redescubrimiento de sus tradiciones chamanísticas. Eitrigg no duda en aceptar.
Entonces,
Thrall, el nuevo Señor de la Guerra de la Horda, saluda a Tirion y los
guerreros parten. Tirion, que bien pudo acabar muerto a manos de los orcos,
regresa a Manderholde al lado de su familia. Su hijo Taelan, a la edad de
veinte años, ingresará a la orden de la Mano de Plata como paladín. Tirion está
feliz de saber que su hijo ha aprendido que su hijo, y él también, han
aprendido una valiosa lección de sangre y honor.
La visión de
Thrall
El sol cae
lentamente sobre el ocaso. Sobre las tranquilas praderas la brisa mece los
últimos remanentes de la hierba. Una voz, por centurias perdida, danza en el
viento. “Las arenas del tiempo se han ido, hijo de Durotan”. De pronto, a lo
lejos, una columna de humo, oscura, cual terrible incertidumbre de la
desgracia, se eleva desde el horizonte, y al son de cientos de pasos que corren
presurosos hacia la muerte, al son de los tambores de guerra que hace siglos
hicieron retumbar los cimientos mismos de la tierra, corren las almas
presurosas hacia su destino de sangre y fuego. Allí, bravía, inmensa,
desafiante, como la soñaran los antiguos Señores de la Guerra, la fatal Horda
marcha. “Los gritos de guerra de nuevo hacen eco en el viento. Los fantasmas
del pasado recorren la tierra, y gimen una vez más por el conflicto”. Al
horizonte la esperanza y la muerte se dan la mano y se transmutan en el grito de
la amargura. Una espada maldita se levanta y blande el destino de los pueblos.
Al son de trompetas, espadas, escudos, lanzas, estandartes, la Alianza se lanza
desesperada a la lucha. “Héroes se levantarán para asumir el reto, y guiarán a
los suyos a la batalla”. El cielo se ha enrojecido, y Thrall, de pie entre sus
hermanos, mira como del cielo descienden en medio de llamas enormes meteoros
que evocan un destino largamente olvidado. “Y mientras los ejércitos mortales
se destruyen unos a otros, la Sombra Ardiente ha llegado para consumirnos a
todos…” Bajo el cielo lluvioso, una figura se materializa, y señalando al jefe
orco le ordena. “¡Tú deberás conducir a la Horda para cumplir con su destino!”.
Repentinamente, todo es oscuridad. Y en la profundidad del inconsciente, la voz
reclama: “Sígueme afuera”. Thrall ha despertado. Un sudor frío corre por su
frente. Afuera de su cabaña, solo se escucha el chapoteo de la lluvia en la
oscura noche…
Thrall
despierta de su perturbadora visión para encontrar un cuervo afuera de su
madriguera. Para su sorpresa, el cuervo se ha transformado en un hombre. Aún
excitado, Thrall interroga al humano sobre sus propósitos. Éste le responde que
fue humano hace mucho tiempo, pero que ahora es algo más. Ha proclamado ser un
Profeta, quien ha de mostrarle el destino de la Horda. Dispuesto a seguirlo, el
Profeta ha anunciado al líder orco el regreso de los demonios, y que Thrall
debe conducir a la Horda hacia el oeste, cruzando el Gran Mar hacia las
ancestrales tierras de un continente llamado Kalimdor. Solamente allí los orcos
podrán prevenir la destrucción que se avecina. Aunque Thrall inicialmente
desconfía de la misión, decide llevarla a cabo.
Tres días
después, cerca de la costa de Lordaeron, los trabajadores de Thrall han construido
un campamento temporal para recibir a los guerreros de los clanes. Sin embargo,
se muestra turbado ante la reciente información que ha recibido. El clan
Warsong y su invencible líder Grom Hellscream han sido capturados y se
encuentran en una base humana de la Alianza cerca del puerto. Los humanos lo
incitan a rendirse, pero las fuerzas de Thrall atacan la base. Destruyendo su
resistencia, Thrall y Grom deciden robar los barcos humanos para viajar hacia
el oeste. La Horda, luego de años sin un hogar, sale en busca de su destino.
Segunda
Parte: El Reino del Caos
El Azote de
Lordaeron
“La hoja no
solo desgarra la carne, sino que carcome el alma. El que blanda la hoja,
blandirá también una maldición”
El
misterioso Profeta, volando en forma de cuervo, llega a los cuarteles generales
de la Alianza en la Ciudad Capital de Lordaeron, donde el Rey Terenas y los
embajadores de la Alianza discuten acerca de los recientes levantamientos orcos
y la aparición de una extraña plaga en las tierras del norte. Allí, advierte
sobre el peligro de la inminente invasión demoníaca y urge a la Alianza de
viajar hacia el oeste, a Kalimdor, pero Terenas y el Concejo de la Alianza
desacuerdan con él. Desilusionado, el Profeta parte en busca de algún otro que
escuche la advertencia para salvar a la humanidad.
Varios días
después, el Príncipe Arthas, hijo de Terenas y su heredero al trono de
Lordaeron, llega cerca del sureño poblado de Strahnbrad, enviado para ayudar al
legendario Uther el Portador de la Luz, su maestro, a prevenir el asalto de los
Orcos del clan Blackrock sobre Strahnbrad. Luego de lidiar con los orcos en la
villa, Arthas se entera de que estos han capturado algunos pobladores y los han
ejecutado en una especie de ritual demoníaco.
Treinta
minutos después, en la base de Uther, Arthas descubre que los negociadores de
Uther han sido asesinados por los orcos, por lo que Uther lo asigna para
dirigir el ataque sobre el campamento enemigo, mientras Uther contiene los
contraataques. En su camino hacia la base orca, Arthas se encuentra con una
banda de enanos dirigida por Feranor Steeltoe, una cazador de Dragones Negros,
quien se encuentra tras la pista de un Draco llamado Searinox que habita cerca
del área. El corazón de la bestia posee un encanto mágico que puede beneficiar
a su armamento. Arthas decide matar al dragón y robar su corazón, con el cual
Feranor elabora un poderoso orbe de fuego que mágicamente coloca en el martillo
del paladín. Esta vez, Arthas lanza sus fuerzas contra el campamento Blackrock.
Conforme Arthas se aproxima a la base, el Blademaster del clan Blackrock
ejecuta a sus rehenes con el propósito de conjurar a sus amos demonios. Las
fuerzas de la Alianza rápidamente se deshacen de los orcos, pero Arthas y Uther
se encuentran profundamente preocupados por la ceremonia. Deciden regresar a la
Ciudad Capital.
Dos semanas
después, en los jardines de la Ciudadela Violeta de Dalaran, el gran Archimago
Antonidas intercambia argumentos con el Profeta. Al igual que el rey Terenas,
Antonidas rechaza las advertencias del Profeta, pues no cree la historia de
este. Luego de que el Profeta desaparece en su forma de cuervo, Jaina
Proudmoore aparece y se disculpa por espiar a su maestro. Antonidas asigna a
Jaina investigar acerca de la fuente de la plaga de las tierras del norte de
Lordaeron, y le dice que le ha conseguido un aliado especial.
Tres días
después, Arthas y sus hombres esperan en el cruzo de caminos de Alterac. Jaina
aparece y lucha con un par de orcos mediante la invocación de un elemental de
agua. Después de intercambiar saludos, ambos héroes acuerdan viajar hacia el
norte a lo largo del Camino del Rey, buscando pistas del origen de la plaga.
Llegan a la villa de Brill, donde son informados de la destrucción del puente
que comunica con el otro lado del pueblo. Dando un rodeo por los vados del río,
al norte, se enfrentan con algunos Murlocs de río y una banda de ladrones
Bloodhills, y se dirigen hacia una fuente mística al oeste. Al acercarse a
Brill, encuentran a algunos soldados luchando contra bandas de esqueletos
vivientes. La villa entera ha enloquecido. Siguiendo hacia el sur, encuentran
un granero infectado con la plaga, bajo el cual la tierra se ha ennegrecido y
secado, como si estuviera muerta. Temiendo que el grano esté infectado,
destruyen el granero y se adentran más en el pueblo, solamente para enfrentarse
nuevamente con otros grupos de esqueletos. Ayudados por un par de sacerdotes
Altos Elfos y un equipo mortero enano, se aproximan hasta el centro de Brill,
donde se hallan con un extraño hechicero vestido de negro, ayudado por algunos
acólitos, que se encuentran cerca de un almacén de granos infectado. Mientras
el nigromante escapa, Arthas y Jaina se enfrentan a los voraces necrófagos, más
guerreros esqueletos y una abominación. Vencidos y destruido el granero, Arthas
y Jaina deciden seguir al hechicero hacia Andorhal y averiguar, de una vez por
todas, el origen de la plaga.
Al
aproximarse a Andorhal, al día siguiente, las tropas de Alianza descubren un
campamento de muertos vivientes en las afueras de la ciudad, por lo que montan
asedio al mismo. Una vez dentro de Andorhal, Arthas se encuentra nuevamente con
el nigromante, que no es otro que Kel’thuzad, quien advierte a los jóvenes
acerca del Azote y del Señor del Terror, Mal’Ganis, comandante del mismo, cuyo
propósito es erradicar a todos los seres vivos de Lordaeron. Mal’Ganis tiene su
base en la ciudad de Stratholme, y ha retado a Arthas a buscarlo y luchar con
él. El grano plagado ha sido distribuido entre los pueblos del norte de
Lordaeron. Siguiendo a Kel’thuzad hacia el exterior de la ciudad, Arthas
finalmente logra matar a Kel’thuzad, quien sombríamente pronuncia el Azote de
Lordaeron. Profundamente turbados, Arthas y Jaina se dirigen a Stratholme.
Temprano la
mañana siguiente, se aproximana a la villa de Hearthglen, sobre el camino a
Stratholme. Allí se enteran de que la marcha del Azote ha iniciado, y un vasto
ejército de muertos vivientes se dirige a la ciudad. Arthas pide a Jaina que
busque a Lord Uther mientras el defiende Hearthglen. Casi de inmedianto,
enormes masas de muertos vivientes, necrófagos, zombis, abominaciones,
nigromantes, dirigidos por escalofriantes liches esqueléticos. Para empeorar
las cosas, una caravana del Azote, transportando grano con la plaga, ataca las
diversas villas cercanas, aumentando las filas del ejército de muertos con cada
golpe.
Después de
brutales combates donde el poder de la Luz logra sostener la voluntad y fuerzas
de las tropas de Arthas, Uther y Jaina llegan a Hearthglen, y con ellos, los
Caballeros de la Orden de la Mano de Plata. Vencido el ejército de los
malditos, Uther felicita a Arthas por su tenaz resistencia, pero el príncipe se
encuentra encolerizado por los actos del Azote, y parte hacia Stratholme para
enfrentarse a Mal’Ganis. Uther y Jaina parten tras el héroe, en parte para
lidiar con el Azote, pero también para vigilar al rápidamente deteriorado
paladín.
Horas
después, sobre el camino a Stratholme, Arthas se topa con el Profeta, quien le
implora que es su deber guiar a su pueblo hacia Kalimdor, ya que Lordaeron no
puede ser salvado. Arthas acusa de locura al Profeta, y éste finalmente se va.
Jaina, quien ha observado la escena desde la invisibilidad, se materializa y
trata de convercer a Arthas acerca de la sensatez de las palabras del Profeta,
pero Arthas se niega a abandonar su patria, y ambos parten hacia Stratholme.
A la mañana
siguiente, en las afueras de la ciudad, bajo un oscuro cielo lluvioso, Arthas
descubre que los habitantes de Stratholme ya se encuentran infectados por la plaga,
y decide que la ciudad entera debe ser sometida a una purga. Uther y Jaina se
horrorizan ante la sola idea de la masacre, y el noble paladin se niega a
realizar tan vil acción. Furioso, Arthas acusa a Uther de traidor y le suspende
de sus servicios como paladín. Jaina decide darle la espalda y partir con
Uther, pues no puede observar a Arthas realizar la matanza. Mientras Arthas se
prepara para ingresar a la ciudad, Mal’Ganis aparece y reta a Arthas, mientras
transforma a los inocentes pobladores en muertos vivientes, engrosando cada vez
más su ejército. Entre las horribles garras del demonio y la cólera del
príncipe, los pobres ciudadanos de Stratholme hayan una muerte segura.
Finalmente, ambos rivales se encuentran cara a cara, pero Mal’Ganis, lejos de
enfrentarlo, lo reta a seguirlo a las heladas tierras de Northrend, donde
hallará su verdadero destino. El Señor del Terror desaparece y Arthas jura
perseguirlo hasta el fin del mundo.
Tres días
después, entre las ruinas de Stratholme, Uther y Jaina descubren la horrible
carnicería. Casi la totalidad de la población ha sido asesinada, y la ciudad
arde en llamas. Uther demanda a Jaina el paradero de Arthas, y ella, luego de
pensarlo un poco, revela los planes del Príncipe. Uther parte hacia Lordaeron a
informar a Terenas de los actos de su hijo. Una vez que Jaina queda sola, el
Profeta aparece nuevamente. Es a ella la que corresponde, ahora, tomar la vara
de la esperanza para toda la humanidad y viajar hacia Kalimdor, donde podrá
resistir el ataque de la Sombra que cae sobre el mundo.
Un mes
después, en la helada costa de la Bahía Daggercap, en Northrend, las fuerzas de
Arthas desembarcan sobre el frío continente. El príncipe ordena la movilización
hacia el interior para establecer una base antes de iniciar la caza de
Mal’Ganis.
Abriéndose
camino entre los territorios de los trolls Gundrak de hielo, Arthas se
encuentra con un grupo de enanos, la Hermandad de Exploradores de Ironforge,
dirigida por su viejo amigo y maestro Muradin Bronzebearb. Artrapados en
Northrend, el avance de las fuerzas del Azote ha dividido al grupo, por lo que
Muradin acuerda con Arthas el rescate de sus camaradas, mientras el valiente
enano el asistirá en el combate contra el Señor del Terror.
Las fuerzas
de Arthas y Muradin combaten contra las bases del Azote y rescatan a los
enanos. Aunque no encuentran rastro de Mal’Ganis, las tropas de la Alianza
deciden establecer su base primaria en la zona. Muradin explica a su amigo
Arthas que los enanos se encuentran en Northrend tras la pista de una
legendaria espada conocida como Frostmourne, pero mientras más se acercaban a
la gruta donde se oculta la espada, más muertos vivientes les salen al paso.
Intrigado por la misteriosa arma, Arthas decide ayudar a Muradin en la búsqueda
de Frostmourne.
Unos pocos
días después, mientras Arthas y Muradin se hallan en una misión de exploración,
un emisario del Rey Terenas informa al capitán del campamento acerca de que el
rey Terenas, a instancias a Lord Uther, ha decidido suspender la expedición. La
flota tiene orden de regresar a Lordaeron. Sin embargo, los ejércitos de los
muertos vivientes han tomado todos los caminos de regreso a la costa, por lo
que las tropas, jubilosas por volvera a casa, tendrán que abrirse paso entre
los bosques para llegar a sus barcos.
Enterado de
la intromisión de Uther en sus planes, Arthas decide hundir los barcos antes de
que sus hombres puedan hacerse a la mar. Aunque Muradin se sorprende de la
pobre capacidad de juicio del príncipe, decide ayudar a su amigo en el sabotaje
de las naves. Ayudados por un grupo de mercenarios trolls y ogros (contratado
forzosamente contra el gusto del propio Arthas), se abren paso entre las tropas
de los muertos vivientes y algunos puestos de guerra nerubians, para finalmente
llegar a la costa y quemar los barcos de la Alianza. En ese momento, los
hombres de Arthas llegan, pero el príncipe, aprovechando la situación, culpa a
los mercenarios y ordena a sus hombres asesinarlos. Los mercenarios tienen un
sangriento final, y Arthas ordena a sus hombres regresar a sus puestos: ninguno
regresará a casa hasta que la misión esté completa.
Al día
siguiente, Muradin reprocha a Arthas sus engaños y actitudes poco honorables,
pero el príncipe justifica sus actos de venganza en la destrucción provocada
por el Azote en Lordaeron. En ese momento, Mal’Ganis reaparece y reta a Arthas
nuevamente. Las fuerzas del Azote han rodeado completamente el campamento y se
preparan para atacar. Como un último esfuerzo, Arthas y Muradin se lanzan en
búsqueda de Frostmourne, la única esperanza contra el poder de Mal’Ganis.
Mientras el
Capitán defiende la base, Arthas y Muradin penetran en la oscuridad de la
cueva. Luego de algunas vicisitudes, finalmente llegan a la Cámara de la
Espada, donde un Guardián, un Revenante de hielo, protege la entrada. El
Revenante advierte de la peligrosidad del arma, pero Arthas ignora la
advertencia y destruye al Revenante. Con su último aliento, el Revenante le
dice que lo estaba protegiendo a él de la espada.
Dentro de la
Cámara, Arthas y Muradin hallan a Frostmourne, la cual flota en un bloque de
hielo. El pedestal de la espada reza una antigua maldición: “La hoja no solo
desgarra la carne, sino que carcome el espíritu”. A pesar de que Muradin trata
de convencerlo de volver y dejar la espada, Arthas siente que no tiene
elección. Invocando a los oscuros espíritus de la Cámara, rompe el bloque de
hielo y libera a Frostmourne, lo cual que cuesta la vida a Muradin, atravesado
por una estalactita durante la explosión. Arthas tira el martillo de la luz y
toma la espada. Su destino se ha sellado finalmente.
Devuelta en
el campamento, la situación es desesperada. Las fuerzas de los muertos
vivientes casi han derrotado al Capitán y sus tropas, pero la llegada de Arthas
con Frostmourne vuelca totalmente la situación. Las fuerzas de Arthas dejan una
estela de destrucción a su paso hacia la Fortaleza de Draktharon. Destruida la
última base de resistencia de Mal’Ganis, el Señor del Terror emerge y se encara
con Arthas por última vez.
Mal’Ganis
nota que Arthas tiene a Frostmourne a expensas de las vidas de sus camaradas.
La voz del Rey Lich habla a su cabeza, y para sorpresa del Señor del Terror, el
esclavizado Arthas lanza un golpe fatal sobre Mal’Ganis. Su venganza está
consumada.
Atormentado
por la enloquecedora voz de Ner’zhul, Arthas vaga por los helados parajes de
Northrend, perdiendo los últimos vestigios de su cordura. Tiempo después, bajo
la dirección de su nuevo amo, el Rey Lich, Arthas vuelve a la ciudad capítal de
Lordaeron. Aunque los ciudadanos celebran el regreso de su héroe, Arthas
penetra en la Cámara del trono, y en un acto vil y terrible, asesina a su
propio padre. Ahora, como nuevo rey de Lordaeron, Arthas entrega su reino al
Azote, y la caída final de la Alianza ha empezado.
El Ascenso
de los Malditos
La plaga de
muerte del Rey Lich ha arrasado la Ciudad Capital de Lordaeron y todas las
ciudades circundantes. Aterrorizados y descorazonados por la muerte de su noble
rey, las fuerzas de Lordaeron han sido barridas por los furiosos guerreros
muertos vivientes del Azote. Ahora, Lordaeron es solamente una sombra de su
anterior gloria – y el Príncipe Arthas no ha vuelto a ser visto…
Lord Uther
el Portador de la Luz, destrozado por la muerte de rey (a quien amaba como un
hermano) y por la traición de su hijo y pupilo, ha oficiado él mismo la
incineración del cuerpo de Terenas, según la tradición, y se ha ofrecido como
voluntario para cuidar de su tumba.
La noche es
oscura, fría y lluviosa, misteriosa como un profundo enigma. El Príncipe
Arthas, convertido ahora en el primer Caballero de la Muerte del Rey Lich, es
materializado en las afueras de la villa de Vandermar, en el norte de
Lordaeron. Monta ahora una cabalgadura infernal, Pesadilla, una terrible
criatura como el esqueleto de un caballo, que bufa fuego por sus fauces. Frente
a él, una figura conocida se materializa, en quien Arthas cree reconocer a
Mal’Ganis. En el momento en que decide atacar, Tichodrius el Oscuro se presenta
y le felicita por haber matado a su padre y entregar su tierra al Azote, ya que
así ha aprobado la primera prueba del Rey Lich. Por primera y unica vez en su
vida, Artha se da cuenta de que ha maldecido y destruido todo lo que una vez
amó y defendió con todas sus fuerzas, sin sentir ningún remordimiento o pena.
Ticondrius explica que esto se debe a Frostmourne, la cual ha sido forjada para
robar almas, y la de Arthas fue la primera que tomó. A su vez, ordena al
Caballero de la Muerte reunir nuevamente al Culto de los Malditos, cuyos
miembros se han escondido entre el populacho, temerosos de ser descubiertos por
los paladines.
Penetrando
en la durmiente villa, Arthas va reuniendo uno a uno a los acólitos del Culto,
y se reporta de nuevo con Ticondrius. Su siguiente misión será recobrar los
restos mortales del fundador del Culto, el nigromante Kel’thuzad, enterrados en
el cementerio de Andorhal.
Una vez en
Andorhal, Arthas debe enfrentarse a la Mano de Plata, que ha convertido la
ciudad en una fortaleza para protegerla de los ataques del Azote. El primero en
caer es Gavinrad el Terrible, quien guarda la tumba de Kel’thuzad. Arthas
descubre que el espíritu del nigromante puede comunicarse mentalmente con él, y
a partir de ahora será su fiel consejero. Los restos del nigromante, sin
embargo, están en un avanzado estado de putrefacción, y para poder
conservarlos, Ticondrius instruye a Arthas en recobrar una urna mágica donde
los restos podrán conservarse. Dicha urna, desgraciadamente, se encuentra en
manos de los paladines.
Arthas ponde
sitio a la ciudad, y uno a uno van cayendo sus defensores: Ballador el Luminoso
y sus Campeones de la Paz, Sage Truthbearer y los Campeones de la Verdad, y
finalmente, Uther Lightbringer, el antiguo maestro de Arthas. Uther reprocha al
Caballero de la Muerte el hecho de que su padre, el noble Terenas, sostuviera a
su pueblo por más de setenta años, mientras Arthas lo había destruído en un
puñado de días. La urna, además, contiene los restos de su padre asesinado.
Luego de un gran batalla entre ambos titanes, Uther finalmente cae ante el
poder de Frostmourne. El héroe más grande de la historia humana ha muerto. Una
vez seguros los despojos de Kel’thuzad, Arthas, por instigación de Ticondrius,
parte hacia el mágico reino elfo de Quel’thalas. Solamente las potentes
energías del Pozo del Sol podrán reencarnar al nigromante.
Mientras
tanto, en los oscuros salones de la ciudadela del Torbellino del Vacío,
Ticondrius y sus dos hermanos, Anetheron y Mephistroth, disciernen acerca de
sus sospechas sobre los motivos ocultos del Rey Lich para su Caballero de la
Muerte. Archimonde el Profanador no permitirá ningún error, pero Ticondrius
asegura tener total control del Azote. Una duda, sin embargo, ha llenado su
cabeza.
El Pozo del
Sol – La Caída de Silvermoon
Seis días
después, en las boscosas fronteras de Quel’thalas, el ejército de muertos
vivientes de Arthas inicia el asalto sobre el reino de los Altos Elfos. El
espíritu de Kel’thuzad le advierte de los grandes poderes de los elfos, pero el
Príncipe minimiza el asunto y el ataque inicia. Luego de establecer su primera
base, el Azote empieza a ser atacado por las fuerzas de los elfos, dirigidos
por Sylvanas Windrunner, Ranger General de Silvermoon. Silvanas Windrunner, la
menor de las heroicas hermanas Windrunner, Alleria y Veressa, y la única que
les sobrevive. Más alta que sus compañeras Rangers, extremadamente audaz y
valerosa, con un hermoso cabello rubio largo y brillante al sol, y un par de
ojos de color verde esmeralda, los cuales despiden una bravura solamente
comparable con su belleza.
La entrada a
Silvermoon se encuentra resguardada por dos puertas: la Exterior, rodeada por
enormes bases del ejército elfo, y la Interior, protegida por un encantamiento,
que solamente puede abrirse con un artefacto mágico conocido como la Llave de
las Tres Lunas. Constantes y brutales batallas se entablan entre ambos
ejércitos, pero reiteradamente, Arthas logra hacer retroceder a Sylvanas, hasta
que la Puerta Exterior cae.
Sylvanas,
para dificultar el avance del Azote, destruye el único que puente que comunica
directamente a la Puerta Interior. Valiéndose de algunos dirigibles Goblin
abandonados durante el escape, Arthas logra pasar el río e inicia el asedio de
los templos donde se ocultan las tres partes de la Llave de las Tres Lunas: la
Piedra de Amatista de Hannalee, que abre el corazón del Guardián de la Puerta;
el Cristal de la Luna Esmeralda del Ojo de Jennala, que abre la mente del
Guardián de la Puerta, y el Cristal de la Luna de Zafiro del Cuerpo de Enulaia,
que abre el alma del Guardián de la Puerta. Asistido por los demonios de la
cripta, los cuerpos reanimados de los guerreros nerubian de Northrend, uno a
uno los templos son destruidos, hasta que finalmente, la Llave de las Tres
Lunas está completa. La Puerta Interior cae y el asalto final a Silvermoon es
inminente.
Desesperada
por la cercana caída de su patria, Sylvanas envía constantes mensajeros a
Silvermoon pidiendo refuerzos, pero estos son fácil presa de las gárgolas que
Arthas ha traído de Northrend. Las superiores fuerzas del Azote rodean y
destruyen el último bastión de Sylvanas. La valiente elfa se prepara para
enfrentar una muerte segura, pero Arthas tiene otros planes. Sabedor de que
Sylvanas ha sido una contrincante formidable y a la vez útil, Arthas le lanza
una herida mortal, pero a la vez, usando a Frostmourne, esclaviza su espíritu,
que se transforma en una banshee, un alma eternamente atormentada.
Con esta
nueva y poderosa adquisición a su ejército, Arthas se ha vuelto imparable. Con
sus nuevos y horribles poderes, la que fue Silvanas Windrunner ha llamado a los
espíritus de sus camaradas caídas, que retornan del oscuro Abismo convertidas
en terribles y rencorosas banshees. Ansiosas por retomar su forma terrenal, las
banshees se lanzan hacia Silvermoon, atormentando a los confundidos ciudadanos
y sembrando el dolor y la confusión entre las tropas de los elfos. Algunas,
incluso, se han posesionado de los caballeros y soldados más fuertes, que
ahora, guiados por la oscura voluntad de la banshee, se vuelven contra sus
compatriotas.
El Azote,
encabezado por Arthas, se encuentra a las puertas de la ciudad. Miles de
esqueletos vivientes y zombis caminan sobre las calles de Silvermoon, sembrando
la muerte y la desolación. Silvermoon arde en llamas, y los pocos
sobrevivientes huyen hacia los bosques y la costa. Muerte, cuerpos putrefactos
y ríos de sangre corren por las calles. El Concejo de los Siete Altos Elfos ha
abandonado la ciudad. Las tropas de Arthas avanzan hasta el Pozo del Sol.
El Santuario
se halla defendido por cuatro grandes Golems de granito, creados mágicamente
por los hechiceros para guardar el preciado tesoro. Aunque los Golems son
realmente poderosos e inmunes a los hechizos, la superioridad numérica del
Azote es evidente, y finalmente las criaturas son destruidas. Arthas ha llegado
hasta el Pozo mismo. La potente energía que mana de él es realmente asombrosa.
Los restos
del nigromante son colocados dentro del Pozo, mientras el fantasma de
Kel’thuzad ingresa en las potentes aguas. La energía desplegada es formidable,
pero el Pozo del Sol, corrompido por la negra magia de los muertos, se ha
enrojecido como la sangre. Kel’thuzad ha emergido de la fuente, pero ahora, su
cuerpo es el de un formidable y espeluznante esqueleto rodeado de una corrupta
y voraz aura de maldad. El dolor, el frío, la misericordia, la incertidumbre,
la ansiedad, la angustia, todas las vanas preocupaciones que apasionan y
desbordan los corazones de los mortales, son polvo que lleva el viento para él.
La masacre y
la destrucción del Azote ha llegado a su fin. Reforzado por gran cantidad de
tropas por los muertos recientes, el ejército de Arthas se retira hacia el sur,
tomando el camino hacia las montañas de Alterac. Silvermoon, y con ella toda la
orgullosa y ancestral raza de los Altos Elfos, solamente son sombras del
pasado...
La
Revelación
Levantado
ahora como un Lich, Kel´thuzad lleva al Caballero de la Muerte hacia las
montañas Alterac, donde le explicará el verdadero propósito del Rey Lich y el
Azote. Tres días después, en las heladas montañas Alterac, Kel´thuzad le
explica a Arthas que el Rey Lich fue creado por los feroces señores de la
Legión Ardiente para preparar el camino de la segunda invasión de Azeroth. Los
Señores del Terror Nathrezim han sido enviados para observar que tal meta se
lleve a cabo. La plaga de muertos vivientes que el Culto de los Malditos lanzó
sobre Lordaeron e incluso la invasión de Quel´thalas fue ordenada para quitar
del camino dos enemigos que pudieran resistir el regreso de la Legión. Esta era
la primera fase del plan del Rey Lich. Arthas parece impresionado por la
enormidad de los eventos por venir, pero Kel´thuzad le asegura que diez mil
años antes sobre el mundo hubo una guerra que sería el preludio del caos que la
Legión desataría sobre Azeroth.
Dada la
presenta situación, Arthas y Kel´thuzad se acercan al campamento de orcos del
clan Blackrock para ordenar la segunda fase del plan de Ner´zhul. El Azote debe
destruir el campamento de los orcos Blackrock y tomar control de una puerta
demoníaca que aún es funcional. Kel´thuzad usará la puerta para comunicarse con
el demonio Arquimonde el Profanador, quien actualmente dirige el plan de
invasión de la Legión.
Sin embargo,
los orcos Blackrock no serán un rival fácil. Jubei´thos, el Maestro de las
Espadas, quien se había enfrentado con Arthas cuando aún era paladín, ha
logrado su propósito de invocar a los demonios, y el clan se encuentra
fortalecido por poderosos brujos, ogros magos, esclavos goblins y fieros
dragones rojos. El mismo Jubei´thos se ha transformado en un Orco del Caos.
Ahora, erigido en nuevo líder del clan después de la derrota de Doomhammer, ha
rechazado las enseñanzas chamanísticas del que considera hereje nuevo Señor de
la Guerra y ha acogido la sed de sangre, condenando a todo su clan a ser
esclavos eternamente.
Kel´thuzad
le dice a Arthas que, hace mucho tiempo, los orcos fueron la primera arma de la
Legión contra la humanidad. Estos reclaman ser los verdaderos sirvientes de la
Legión Ardiente, y creen que sus amos les han enviado a los muertos para
probarlos. Arthas ha decido matar a cada uno de los líderes del clan Blackrock
para obtener poderosos artefactos mágicos que estos guardan.
Aunque
poderosos, los orcos del Clan Blackrock no son rival para el ejército de
Arthas, y el Caballero de la Muerte toma control rápidamente de la puerta. Jubei´thos
muere por la espada del poderoso Caballero, dejando condenados a sus orcos a la
esclavitud eterna. Kel´thuzad activa el portal y contacta a Arquimonde.
Asedio y
Destrucción de Dalaran
“Tiemblen,
mortales, y desesperen. El Apocalipsis ha llegado a este mundo”.
Archimonde
el Profanador
Arquimonde
ordena al lich encontrar el libro de hechizos perdido de Medivh, el Último
Guardián, pues solamente los poderosos encantos de este libro pueden abrir un
portal lo suficientemente grande para que la Legión regrese al mundo. El libro
puede ser hallado en la ciudad mágica de Dalaran, hogar del Kirin Tor.
Archimonde ordena que la invocación deba ser realizada máximo en tres días en
las afueras de la ciudad. El Libro de Medivh, que fuera robado por las fuerzas orcas
de Ner’zhul antes de la invasión de Draenor, fue el único de los objetos
mágicos que pudo ser salvado por la Alianza antes de que aquel planeta
implosionara.
A la mañana
siguiente, en las puertas de Dalaran, Arthas ordena a los magos rendirse a la fuerza
del Azote. El Archimago Antonidas, líder del Kirin Tor sale a su encuentro e,
irónicamente, le pregunta por la salud de su noble padre. A su vez, le advierte
de no entrar a la Ciudadela Violeta, pues los magos del Kirin Tor han erigido
un aura mágica que destruirá a cualquier muerto viviente que intente ingresar a
la ciudad. Arthas refuta sus amenazas, pero Antonidas de tele-transporta dentro
de la ciudad. Kel´thuzad nota que son tres los magos que mantienen las auras, y
si el Azote logra matarlos, el hechizo será roto y el Azote podrá arrasar la
ciudad.
En Dalaran,
los tres archimagos más poderosos del Kirin Tor (Shal Lightbringer, Conjurus
Rex y el mismo Antonidas) elevan el encantamiento del aura para defender la
Ciudadela Violeta. Aunque muchos muertos vivientes son destruidos por las
poderosas auras, el grupo de Arthas logra penetrar en Dalaran. Uno por uno, los
archimagos van cayendo, gracias a que Arthas ha logrado controlar a los
poderosos Golems y Dragones Azules que los magos tenían encerrados en Dalaran
para su estudio. Cuando Antonidas, el último mago, cae bajo el poder del Rey
Lich, clama que su actual dolor caiga sobre la conciencia de Arthas, que luego
le da muerte. El Caballero de la Muerte y el lich logran reclamar el libro de
hechizos.
Una hora
después, en una colina sobre Dalaran, Kel´thuzad y Arthas se preparan para
invocar a Arquimonde. Kel´thuzad se da cuenta de que el conocimiento demoníaco
del Medivh poseído está más allá de cualquier cosa que él hubiera visto.
Ticondrius aparece y ordena el inicio de la invocación. Conforme el lich inicia
la entonación de los hechizos para traer a Arquimonde a Azeroth, Arthas guía a
sus guerreros muertos vivientes para defender al lich de las encolerizadas
fuerzas de Dalaran, que preparan un último masivo ataque contra el Azote.
Ola tras
ola, las tropas del Clan de Magos y la Liga de los Hechiceros, bajo el mando de
los magos Mannath Magesinger y Landazar, luchan por derrotar las defensas del
Azote. Ambos bandos tienen grandes pérdidas, pero finalmente, Kel´thuzad abre
el portal, y las fuerzas de la Legión Ardiente, lideradas por Arquimonde el
Profanador, ingresan al mundo. Dando a Ticondrius y los señores de terror el
poder del Azote, proclama que el rey Lich ya no le es necesario y se dirige hacia
Dalaran para destruirla, como ejemplo para el resto de los habitantes de
Azeroth. Sorprendido y encolerizado, Arthas pregunta a Kel´thuzad que pasará
con ellos una vez que la Legión tome el control. El lich tranquiliza al
Caballero de la Muerte, diciéndole que el Rey Lich ya había previsto esta
situación y tiene un plan apropiado.
Mientras
tanto, Archimonde realiza un terrible hechizo sobre Dalaran, y usando sus
poderes mágicos, se trae la ciudad entera al suelo. La destrucción de Dalaran
termina con el reinado del Kirin Tor, priva a Azeroth de una de sus defensas
primarias contra la Legión, y sirve como telón de obertura para la Tercera
Guerra. Después de diez mil años, la segunda invasión demoníaca sobre Azeroth
había comenzado…
En el Ojo
del Maelstrom - El rescate de los Darkspear
“Sobre el
horizonte… hacia su destino”.
Los
lugartenientes de Thrall le reportan que la mitad de la flota está perdida, y
que la otra mitad está seriamente dañada. Thrall ordena construir una base en la
isla, pues tomará cierto tiempo poner a punto la flota para continuar el viaje
hacia Kalimdor. Uno de los chamanes de Thrall reporta que siente un extraño
poder mágico alrededor del campamento. Usando su hechizo de Visión Lejana,
Thrall descubre que Centinelas Guardianes han sido colocados alrededor de la
zona donde la Horda ha desembarcado. En ese momento, un curandero troll de la
isla llamado Sen´Jin, de la tribu Darkspear, aparece y advierte a Thrall de que
unos invasores han establecido un puesto de observación al otro lado de la
isla. Los Trolls han intentado vivir en paz, pero los invasores, humanos, los
han cazado día y noche. Sin atenerse a esperar un ataque humano, Thrall ordena
a una patrulla lidiar con cualquier tropa humana que se atreva a cruzar. Lo que
Thrall y Sen´Jin no conocen es que estas tropas son marines reales de la nación
marítima de la Alianza, Kul Tiras, al mando del Gran Almirante Daelin
Proudmoore.
Los
Darkspear, una tribu de trolls de la jungla, fueron exiliados en esta isla luego
de entrar en conflicto con sus hermanos los Gurubashi, quienes gobiernan en las
vastas junglas del Valle de Strangletorn, en Azeroth, después de que los
Darkspear se negaran a adorar al sanguinario dios Hakkar el Devorador de Almas.
Después de
ayudar a los Trolls a purificar una fuente de sanidad y defenderlos de los
constantes ataques humanos, las fuerzas de Thrall inician el asedio del
campamento de Kul Tiras. Mientras los humanos pelean valientemente, se ven
sobrepasados por las fuerzas combinadas de orcos y trolls. Sin embargo, justo
cuando la Horda está cerca de vencer a los humanos, ambos lados se ven atacados
por un gran número de Murlocs acuáticos. Tomando a los humanos, orcos y trolls
bajo su custodia, los Murlocs argumentan que la magia de Thrall no interferirá
más con sus planes de “retomar la superficie”. Las criaturas acuáticas llevan a
sus prisioneros a una red de cavernas profundas dentro de la isla.
Thrall se
encuentra prisionero en una mazmorra subterránea, separado de sus compañeros. Como
él se pregunta el propósito de los Murlocs en capturarlo, un troll que se
encuentra aprisionado junto con Thrall le explica que los Murlocs usualmente
eran pacíficos, pero recientemente empezaron a capturar humanos y trolls para
usarlos en sacrificios para su líder: una Bruja del Mar que amenazó con
destruir la isla si los Murlocs no obedecían. Thrall no se intimida y utiliza
su Rayo Luminoso para matar a los guardias y escapar de su celda. El y el troll
salen a rescatar a sus compañeros.
Después de
abrirse camino a través de la prisión subterránea y recoger a todos los
prisioneros que encuentran, Thrall y sus tropas finalmente llegan al salón del
trono del hechicero Murloc que los ha aprisionado. Sin embargo, es demasiado
tarde para salvar a Sen´Jin, que es brutalmente sacrificado por el hechicero
como sacrificio para la Bruja del Mar. Consumido por su ira, Thrall derrota al
hechicero y llega al lado del Sen´Jin moribundo.
Con su
último aliento, Sen´Jin le ruega a Thrall que guíe a los trolls hacia Kalimdor
junto con el resto de la Horda, pues nunca podrán volver a vivir en paz en esta
isla. Él asiente y extiende la oferta a los restantes Trolls, quienes acceden a
formar parte de la Horda.
En ese
momento la voz de la Bruja del Mar hace eco dentro de la caverna, diciendo a
los orcos que no escaparán tan fácilmente, luego de lo cual, las paredes de la
caverna subterránea empiezan a colapsar, y los soldados de la Horda tiene que
escapar hacia la superficie.
Conforme las
tropas de la Horda salen de la cueva, la Bruja del Mar aparece y los ataca por
haber matado a sus sirvientes y profanado su santuario. Como compensación, ella
tomará las vidas de orcos y trolls. Thrall ordena a la Bruja regresar a las
profundidades y dejar la isla en paz. Sin embargo, la Bruja no lo escucha y se
prepara para golpear el campamento de la Horda con sus tropas.
Volviendo
rápidamente a la base, Thrall pregunta por el estado de la reparación de los
barcos. El capitán encargado del campo le dice que los barcos están casi
terminados, pero en eso un volcán hace erupción y la isla completa empieza a
hundirse. Thrall ordena defender los barcos a toda costa contra los Murlocs
hasta que las reparaciones estén finalizadas y la Horda pueda continuar su
viaje hacia Kalimdor.
Durante los
siguientes minutos, los peones trabajan frenéticamente para reparar los barcos
mientras los guerreros restantes batallan contra la Bruja del Mar y los
Murlocs. Finalmente, la reparación se completa y la Horda rápidamente evacua la
isla y desaparece entre las ondas del mar. Conforme navegan hacia Kalimdor, la
voz de la Bruja del Mar hace eco entre las olas, profetizando la destrucción de
los habitantes de la superficie en manos de la raza acuática conocida como los
Naga…
La Invasión
de Kalimdor
“- Thrall…perdóname…
he sido un tonto. La furia de los demonios… se extingue mis venas. ¡Me he
liberado a mí mismo!
- No, amigo
mío… nos has liberado a todos”.
La muerte de
Hellscream. Leyenda orca.
Después de
semanas de viajar por los mares embravecidos, la Horda ha desembarcado sobre
las salvajes costas de Kalimdor. Con sus barcos robados quebrados y hundidos,
los orcos precavidamente se aventuran tierra adentro, previniendo los posibles
peligros desconocidos que habitan en la desolada tierra.
Con sus
barcos quemados y lentamente hundiéndose en el mar, Thrall pregunta por el
resto de la Horda. No hay seguridad de haber llegado a Kalimdor, pero han
viajada hacia el oeste más allá de toda tierra conocida. No hay rastros de Grom
Hellscream o los Warsong, pues sus barcos fueron separados de la flota durante
la tormenta, por lo que Thrall ordena iniciar la búsqueda para reagruparse.
Conforme
viajan sobre la extraña y hermosa tierra, los orcos rescatan miembros de la
Horda que han sido capturados por una extraña raza de criaturas semejantes a
jabalíes. Grupo por grupo, los quillboars van cayendo ante el poder superior de
la Horda. Explorando las distintas aldeas quemadas, presencian la lucha entre
los Centauros y enormes seres como toros, las cuales caen ante la superioridad
numérica de los Centauros, y Thrall presiente que la Horda ha llegado a un
lugar con muchos más conflictos que los que dejó atrás en Lordaeron.
Eventualmente
las fuerzas de la Horda tratan de ayudar a las criaturas toro, hasta que logran
dar con su líder, Cairne Bloodhoof, jefe de los Tauren, el cual se encuentra
intrigado por el estilo de pelea de los orcos y desea conocerlos más. Thrall le
relata la historia de cómo la Horda vino a Kalimdor a hallar su destino, y
Cairne sugiere que pueden hablar con el Oráculo que se encuentra más al norte.
Thrall se resiste a viajar en esa dirección, pues un enorme ejército de
centauros se mueve hacia allá. Cairne se alarma pues los centauros marchan
hacia la aldea Bloodhoof, y debe retornar de inmediato. Deseoso de conocer más
acerca del Oráculo y los Tauren, Thrall conduce a la Horda hacia la aldea de
Cairne y lo asiste en su defensa.
Una vez en
la aldea, la Horda y los Tauren resisten el asedio de constantes olas de
Centauros. Eventualmente, el Campeón de los Centauros llegará a pelear y caerá
ante las fuerzas unidas de ambos ejércitos. Su muerte motivará la retirada de
los centauros.
Cairne
agradece a Thrall su apoyo, pero el viejo jefe se encuentra desesperanzado,
pues los centauros controlan toda la región, y los Tauren se ven obligados a
viajar a las verdes praderas de Mulgore o si no morirán. Desafortunadamente, la
velocidad de los centauros no tiene rival en los planos abiertos, y el líder de
los Bloodhoof teme que su caravana será aniquilada durante el viaje. Thrall
ofrece escoltar a los Tauren a Mulgore a cambio de la información del Oráculo
que Cairne le informó. Cairne, intrigado por los orcos y los trolls, accede. La
Horda y los Tauren planean una larga marcha a través de los planos del sureste
de Kalimdor.
Dos días
después, sobre las desoladas llanuras de los Barrenos, Thrall y Cairne
intercambian información sobre cada una de sus culturas durante su viaje hacia
Mulgore. Thrall nota que Kalimdor es muy similar al mundo destruido de los
orcos, Draenor. Cairne relata a Thrall que los Tauren son hijos de la Madre
Tierra, y que por ella tienen una cultura pacífica y un estilo de vida propios
en esa tierra. En ese momento, varios scouts de la Horda reportan que una banda
de arqueros y guerreros centauros se acerca para atacar la caravana. Thrall
rápidamente ordena a las tropas que escolta a las bestias Kodo de los Tauren
hacia una serie de oasis donde podrán reabastecerse. Cairne y los guerreros
Tauren asistirán en la defensa del convoy.
Conforme los
centauros continúan el asedio a la caravana durante su viaje, los guerreros
orcos y tauren la defienden de las brutales bestias. Eventualmente la caravana
logra llegar a Mulgore, pero los centauros casi se encuentran sobre ellos.
Llamando al espíritu de la Madre Tierra, Cairne provoca un derrumbe de una
formación rocosa, que obstruye el paso de los centauros hacia Mulgore.
Con el paso
asegurado, Thrall pregunta a Cairne acerca del Oráculo. Cairne dice que las
leyendas hablan de que el Oráculo conoce los caminos del destino y que es Hijo
mismo de la Madre Tierra, y que solamente él podrá mostrarle a la Horda su
verdadero destino. El Oráculo puede ser hallado en el norte, en lo más alto del
Monte Stonetalon. Luego de mostrar agradecimiento por la asistencia de la Horda,
Cairne envía sus más finas bestias Kodo para asistir a los orcos y trolls en su
viaje. Thrall agradece a Cairne su generosidad y promete nunca olvidar al jefe
Tauren. Cairne deja la Horda con una bendición de la Madre Tierra y los Tauren
continúan su viaje sobre Mulgore.
Mientras
tanto, de regreso en Lordaeron, la Legión inicia su invasión. Las villas
humanas son arrasadas por la Guardia del Apocalipsis y los Infernales.
Ticondrius aparece y conversa con Mannoroth el Destructor, el barbárico líder
de los Señores del Foso. Mannoroth se encuentra disgustado por la facilidad con
que los demonios han derrotado a los Humanos. Ticondrius aclara que esto es
gracias al trabajo del Azote, el cual exitosamente derrotó a los humanos y
Altos Elfos antes de la invasión, cosa que los orcos no pudieron realizar
cuando hicieron el pacto de sangre con Mannoroth. A su vez, Ticondrius informa
a Mannoroth que los orcos no se encuentran lejos, y que sus agentes los han
hallado en Kalimdor, por lo que Mannoroth jura destruirlos por su traición. Sin
embargo, Arquimonde, que aparece de la nada, le dice que los orcos aún pueden
ser útiles a la Legión.
Cinco días
después, cerca de las faldas del Monte Stonetalon, la Horda de Thrall continúa
su viaje en busca del Oráculo. Sin embargo, hay desazón entre los miembros de
la Horda por la falta de un buen combate. En ese momento, a lo lejos, divisan a
Grom Hellscream y los Warsong luchado contra los defensores de un asentamiento
humano. Sorprendidos de hallar humanos en Kalimdor, la Horda se une a la
batalla. Con la base humana en ruinas, Thrall y Grom discuten la situación.
Éste último le informa que los humanos se encuentra liderados por una joven, y
han tomado el paso hacia el norte. Thrall ordena explorar el área, y ordena a
Grom no atacar a los humanos hasta que sus posiciones estén listas.
Los scouts
de Thrall informan que un grupo de Goblins tienen unos zeppelines hacia el
norte, los cuales permiten pasar las fuerzas humanas sin tener que pelear con
ellas. Sin embargo, la sed de sangre de Grom lo obliga a atacar a los humanos,
con lo que las fuerzas de Thrall se ven obligadas a luchar contra ellos. Las
fuerzas de la Alianza se encuentran comandadas por Agronnor el Poderoso, Thane
de Ironforge al mando de las fuerzas de Gilneas, Buzan el Osado, paladín de la
Mano de Plata, y Tann Flamecaster, mago sobreviviente de la destrucción de
Dalaran. Todos caen en la batalla. Luego de neutralizar las bases humanas,
Thrall confronta a Grom, pero este le responde que los humanos merecen morir, y
que la sed de sangre hierve en sus venas, igual que antes, cuando los demonios
estaban cerca. Furioso, Thrall envía a Grom y su clan hacia el norte, al bosque
de Ashevale, para construir un nuevo asentamiento, mientras él se dirige hacia
el Monte a buscar el Oráculo.
Dos días
después, en las fronteras del Bosque de Ashenvale, los Warsong construyen un
pequeño campamento donde se levantará el asentamiento de los orcos. Grom se
encuentra disgustado por que sus bravos guerreros se ven obligados a realizar
trabajos manuales. Algunos de sus soldados, entonces, empiezan a temer el
bosque, debido a que escuchan extrañas voces en un idioma desconocido que hacen
eco en los ancestrales árboles.
Unos
momentos más tarde, un grupo de guerreras aparece y ataca a los Warsong,
reclamando el irrespeto de los orcos hacia la vida. Grom Hellscream nota que
estas se parecen a los Altos Elfos, pero su color de piel es púrpura y son más
altas y salvajes. Constantemente, mientras exploran el área, los orcos son
atacados por las guerreras, pero la superioridad de los orcos asegura el
terreno. Grom, finalmente, halla una pequeña tienda Goblin, donde su dueño, el
jovial Neeloc Greedyfingers, le ofrece dos aserradores mecánicos a cambio de
matar a líder de una tribu de furbolgs, unos enormes y voraces hombres-oso que
viven en lo profundo del bosque, a lo que Grom accede. Con ayuda de los
aserradores, Grom logra levantar rápidamente el asentamiento para Thrall.
Mientras
tanto, cerca de las Praderas de la Luna del semi-dios Cenarius, Mannoroth y
Ticondrius discuten el plan de la Legión para los orcos. Como prevención,
Archimonde demanda la muerte de Cenarius antes de invadir Kalimdor, para evitar
que éste participe en la defensa. Mannoroth reconoce que Cenarius es
extraordinariamente poderoso y le gustaría enfrentarlo en la batalla, pero el
semi-dios raramente aparece en despoblado. Tichondrius y Archimonde creen que
los orcos pueden matar a Cenarius por la Legión, solamente necesitan de un
pequeño incentivo. Entonces, Mannoroth vierte su sangre ardiente en la fuente
de Cenarius, con el objetivo de que los orcos la beban y reaviven la sed de
sangre.
A la mañana
siguiente, en Ashevale, los orcos han construido un nuevo asentamiento. En ese
momento, Cenarius aparece y destruye el campamento, utilizando a sus treants y
los elfos nocturnos, como retribución por la destrucción del bosque. Superados
por las fuerzas enemigas, los orcos cruzan el río en retirada, y Cenarius hace
crecer nuevamente, con sus poderes, los bosques. Buscando una manera de
derrotar a Cenarius, Grom envía a un grupo a explorar la parte más profunda del
bosque. Estos descubren una fuente que irradia un gran poder, resguardada por
Sátiros, los cuales son rápidamente despachados por los orcos. Sin embargo, uno
de los curanderos troll advierte a Grom que el poder que emana de la fuente es
maligno, pero éste no le da importancia: está decidido a acabar con Cenarius
bajo cualquier precio. Uno de sus soldados le dice que eso estaría en contra de
todo lo que Thrall les ha enseñado, pero Grom bebe de las oscuras aguas, e
inmediatamente, él y sus orcos se transforman en Orcos del Caos.
Movidos por
la magia demoníaca, las fuerzas de los Warsong atacan el territorio de
Cenarius. Con sus nuevos poderes infernales, los Warsong rápidamente derrotan a
los Elfos Nocturnos y asesinan a Cenarius, cuya armadura divina es vulnerable a
la magia de los demonios. Mientras agoniza, Cenarius dice a Grom que los
demonios han hecho muy bien su trabajo al corromper a los orcos. Cuando Grom
proclama que los orcos son libres del poder de la Legión, Cenarius le refuta
diciendo que “no son mejores que la maligna bilis que corre por sus venas”. En
este momento, Mannoroth aparece y le dice a Grom que los orcos son nuevamente
propiedad de la Legión. Grom protesta diciendo que los orcos son libres, pero
Mannoroth, burlándose, le dice que es su sangre la que le da poder a sus
fuerzas y que a partir de ahora le servirá solo a él.
En ese mismo
momento, en la base del monte Stonetalon, los scouts de Thrall informan al
Señor de la Guerra que las fuerzas humanas se han posicionado cerca de la
entrada al Oráculo. La Horda se ve obligada a atacar la base humana. En ese
instante, los Tauren, con Cairne a la cabeza, llegan para asistir a sus aliados
orcos. Dado que la base humana se encuentra en una alta planicie sobre las
rocas, Cairne sugiere pedir ayuda a los Wyverns, una raza de criaturas
voladoras, para atacar la base.
in embargo,
los Wyverns han sido capturados por un grupo de Harpías, y la Horda tiene que
rescatarlos primero. Una vez de su lado, los Wyverns realizan un ataque aéreo
sobre la base humana y la toman. La joven hechicera humana y sus seguidores
huyen a lo profundo de la caverna, y la Horda se prepara para perseguirlos.
Veinte
minutos después, dentro de la cueva, Thrall y Cairne deciden separarse para
explorar el laberinto. Thrall, liderando un grupo de orcos y trolls, tiene que
enfrentarse a una serie de criaturas de ultratumba y monstruos ancestrales que
se encuentran prisioneros en el laberinto, hasta que finalmente llega a un
cruce que se encuentra resguardado por una estatua. Asombrosamente, la estatua
comienza a hablar. Dice llamarse Aszune, una antigua princesa Elfa Nocturna que
una maldición convirtió en piedra. Su estatua ahora resguarda el camino al
Oráculo, y nadie podrá pasar hasta que su corazón le sea devuelto. Explorando
las cavernas, los orcos hallan a un dragón rojo peleando con unas harpías.
Thrall ordena unirse a la batalla y ambas fuerzas son derrotadas. Al morir el
dragón, deja caer un extraño medallón con una gema que trae la efigie de
Aszune. Thrall regresa su corazón a la estatua, que les cede el paso. Sin
embargo, se encuentra con un río de lava que no pueden cruzar. En ese momento,
Cairne y sus Tauren aparecen. Durante su búsqueda, encuentran otra gema, que al
parecer encaja perfectamente en una abertura cerca de la estatua de Aszune. Al
colocarla, un puente de energía se forma sobre el río de lava, permitiendo a
los miembros de la Horda pasar hacia el otro lado.
Thrall y
Cairne llegan al salón del Oráculo, y se topan con los humanos y su joven
hechicera, que no es otra que Jaina Proudmoore. Cuando ambas facciones se
preparan para pelear, una poderosa voz les ordena respetar la solemnidad del
lugar. Asombrado, Thrall reconoce al Profeta. Éste le presenta a Jaina
Proudmoore, líder de los sobrevivientes de la Alianza de Lordaeron. Es cuando
Thrall se entera de que la Legión Ardiente está arrasando Azeroth y que
Lordaeron realmente ha caído. Los demonios se dirigen ahora hacia Kalimdor, y
la Horda y la Alianza deben unirse para combatirlos, o todo estará perdido.
Aunque ambos se resisten al principio, Thrall y Jaina entienden su deber, y
acceden a unir sus fuerzas. Lamentablemente, el Profeta también advierte a
Thrall que Grom ha caído bajo la maldición de la Legión, y que el destino de la
Horda solamente podrá estar seguro si el Warsong es rescatado de la influencia
demoníaca.
Tres días
después, cerca de la entrada a los Barrenos, Thrall, Jaina y Cairne discuten
cómo liberar a Hellscream y los Warsong del control de la Legión. Jaina le
entrega a Thrall una esfera mágica, en la que éste deberá capturar a Grom. Una
vez capturado, deben regresar a la base de Jaina, donde los sacerdotes Altos
Elfos y los chamanes orcos lo liberarán de la corrupción. Thrall agradece a
Jaina su asistencia y ella parte hacia su base.
Una vez que
los héroes regresan a su propio campamento, Cairne nota que Thrall está
turbado. El Señor de la Guerra está frustrado por tener que combatir a sus
propios hermanos para salvarlos de la extinción a manos de la Legión.
Conforme la
Horda y la Alianza van haciendo su camino hacia el campamento Warsong, el cielo
se enrojece y enormes meteoros empiezan a caer: Los Infernales de la Legión han
llegado. La Legión se ha enterado de los planes de Thrall y Jaina, y deben ser
detenidos o todo se perderá. Muchos valientes guerreros caen ante las
demoníacas fuerzas combinadas de los orcos Warsong y sus guardianes de la
Legión, pero finalmente el camino a Grom logra abrirse. Thrall confronta a
Hellscream directamente, tratando de persuadir a Grom de acompañarlo sin
resistencia. Hellscream se niega, clamando que el destino de los orcos es
servir a Mannoroth y la Legión. Thrall no conoce a Mannoroth y cree que Grom
está alucinando, pero Hellscream le replica que Thrall solamente conoce la
mitad de la historia. Cruelmente, le revela que los Jefes de los Clanes, para
sellar su pacto con los demonios, bebieron por propia voluntad la sangre de
Mannoroth, y que él, Grom Hellscream, fue el primero de todos. Thrall pierde el
control ante la aplastante verdad y lucha con el Jefe Warsong hasta que logra
encerrarlo en la esfera mágica, regresando rápidamente a la base de Jaina.
Después de
muchos conjuros y oraciones por parte de los sacerdotes y los chamanes, el jefe
Warsong es purificado y, avergonzado, solicita a Thrall su perdón por sus
acciones, pero Thrall le dice que lo necesita para liberar a los orcos de la
maldición de los demonios para siempre. Grom le dice que en el cañón cercano
podrán enfrentarse cara a cara con Mannoroth en persona.
Ambos jefes
ingresan precavidamente dentro del cañón. La risa burlona de Mannoroth hace eco
entre los muros. El sabía que vendrían a buscarlo, pero ellos deben saber que
la Horda nunca podrá librarse de la influencia de la Legión. El gigantesco
Señor del Foso aparece detrás de los héroes orcos y comienza a ofenderlos.
Thrall intenta herirlo con el Doomhammer, pero Mannoroth logra defenderse
usando una de sus alas, y cargando contra los orcos, logra lanzar a Thrall
hacia una de las paredes y dejarlo inconsciente. Mientras Grom trata de
recuperarse del ataque, Mannoroth lo incita, diciéndole que, en lo profundo de
su ser, Grom sabe que ambos, él y Mannoroth, son lo mismo. Con sus ojos
enrojecidos por la furia, Grom lanza su grito de guerra y arremete contra
Mannoroth. El Señor del Foso logra rechazar a Grom con su espada, pero el hacha
del Warsong se ha clavado profundamente en el pecho del demonio. Mortalmente
herido, Mannoroth colapsa, y estalla en una furiosa ola de fuego.
Con serias
quemaduras, Grom cae y espera la muerte. Thrall, herido, se acerca a su amigo
moribundo y escucha sus últimas palabras. Lentamente, sus ojos enrojecidos por
la furia vuelven a tener su color normal, y Grom siente cómo la influencia
demoníaca va extinguiéndose en su ser: se ha liberado a sí mismo. Por primera y
última vez en su vida, Grom, el líder de los Warsong, el imbatible, el más
violento de los guerreros de todas las guerras orcas, siente la tranquilidad de
la paz, mientras se reúne con los espíritus de sus ancestros. Pero la muerte de
Grom no sólo lo ha liberado a él: ha liberado a todos los orcos de la maldición
de la sed de sangre.
El Fin de la
Eternidad
Con el
heroico sacrificio de Grom Hellscream, el Señor del Foso Mannoroth fue
derrotado, y la maldición demoníaca que había esclavizado a los orcos llegó a
su fin. Entonces, las fuerzas combinadas de orcos y humanos se adentran en el
bosque de Ashenvale para construir una fortaleza donde ambas fuerzas puedan
enfrentarse a la Legión, sin saber a ciencia cierta contra qué van a
enfrentarse.
Sin saberlo,
entre las sombras otro enemigo los acecha. Tyrande Whisperwind, la Sacerdotisa
de la Luna, líder de las Centinelas Elfas Nocturnas durante más de diez mil
años, cree que la presencia de los extranjeros solamente traerá dolor a su
encantada patria. La arquera Shandris Feathermoon interrumpe a Tyrande mientras
esta se encuentra en comunión con el bosque. La Sacerdotisa siente que algo
oscuro se acerca, pero no se encuentra segura de su identidad. Shandris sugiere
que pueden ser los pieles verdes que asesinaron a Cenarius, pero Tyrande cree
que hay algo peor, por lo que convoca un búho invisible para explorar el área.
El ave mágica vuela sobre el bosque y descubre la base de la Alianza y la
Horda, donde los nuevos aliados planean talar los árboles para construir su
fortaleza. Este hecho irrita a Tyrande, por lo que ordena a las Centinelas
repeler cualquier intento de los extranjeros de penetrar en Ashenvale.
Conforme las
tropas de Tyrande exploran el área, encuentran una tribu de furbolgs. El
anciano chamán de la tribu se prepara para movilizar a su pueblo, debido a que
siente que una malvada presencia se avecina sobre el bosque. Sin embargo,
muchos de los miembros de su tribu se han extraviado en su viaje a la aldea, y
el chamán solicita a la Sacerdotisa ayudarle a buscar a los fulborgs perdidos,
a lo que Tyrande accede.
Durante su
trayecto al asentamiento enemigo, Tyrande va liberando furbolgs cautivos, por
lo que el chamán decide ayudarla en su combate enviándole a sus mejores
guerreros. Con la aldea furbolg evacuada, Tyrande prepara su ataque contra los
extranjeros, los cuales están comandados por el Duque Corazón de León, un
paladín de Lordaeron que siguió a Jaina hacia Kalimdor. Mientras hay una
encarnizada batalla entre las Centinelas y los extranjeros, repentinamente la
base es atacada por una inmensa ola de muertos vivientes y demonios. Superados
en número, Tyrande ordena a sus fuerzas replegarse en la profundidad del bosque.
Tres horas
más tarde, en algún lugar en las faldas del Monte Hyjal, Tyrande y sus arqueras
sobrevivientes escapan de las fuerzas de la Legión y el Azote, pero finalmente
son acorraladas por la Guardia del Apocalipsis, y las arqueras son asesinadas. Archimonde
y Tichondrius se materializan y confrontan a Tyrande, y ella se asombra de
observar nuevamente a Archimonde después de diez mil años. El demonio proclama
que la Legión ha vuelto para consumir Azeroth, y que esta vez, los Kaldorei no
podrán detenerla. En el momento en que la Guardia del Apocalipsis se dispone a
matar a Tyrande, ésta se fusiona con la sombra y desaparece de la vista.
Archimonde, urioso, ordena a la Guardia encontrar a la Sacerdotisa antes de que
escape de la zona. Tyrande, que reaparece una vez que se han marchado,
comprende que éste es el día largamente temido por las Centinelas, en que la
Legión reaparecería sobre el mundo. Rápidamente, se adentra en el bosque para
advertir a sus hermanas.
Aprovechando
la noche, Tyrande se escabulle por el bosque, eludiendo las patrullas de la
Guardia del Apocalipsis y los puestos de observación de los muertos vivientes,
hasta que finalmente, luego de cruzar el río, logra llegar a una base de las
Centinelas, las Shadowleaves, la cual está seriamente dañada. Shandris, quien
se encuentra a cargo de la base, le informa del sorpresivo ataque del Azote,
pero Tyrande le advierte que el verdadero enemigo es la Legión Ardiente. Como
última salida, Tyrande decide despertar a los druidas, quienes duermen el Sueño
Esmeralda desde hace diez mil años.
Al día
siguiente, en las afueras de los sagrados Claros de la Luna, las Centinelas se
preparan para recuperar el Cuerno de Cenarius, un poderoso artefacto que es el
único que puede despertar a los druidas de su profundo sueño. Sin embargo, los
orcos, inadvertidamente, han construido una base cerca de donde descansa el
Cuerno, por lo que las Elfas se ven obligadas a luchar con ellos para llegar al
Cuerno. Para complicar las cosas, los muertos vivientes han empezado a
deforestar el bosque para llegar al Túmulo donde descansa el druida más
poderoso, que no es otro que Shan’do Malfurion Stormrage. Si el Azote llega
antes de que él despierte, todo se habrá perdido.
El camino es
largo y peligroso, pero finalmente, las Centinelas de Tyrande logran derrotar a
los ancestrales Guardianes del Bosque, hijos de Cenarius que protegen el
Cuerno, y recobrar a tiempo el precioso artefacto. Tyrande sopla el Cuerno, y
Malfurion se levanta de su sueño. Inmediatamente, siente la cercana presencia
de los muertos vivientes, e invoca un ejército de treants para derrotar a los
invasores.
Dos días más
tarde, en la profundidad del Valle de la Primavera y el Invierno, Malfurion
agradece a Tyrande el haberlo despertado, pues él, en la profundidad del Sueño
Esmeralda, podía sentir la corrupción de Kalimdor. Tyrande, sin embargo, se
encuentra resentida con él por haberla dejado sola por diez mil años. Malfurion
sospecha que Archimonde tratará de llegar a la cima del Monte Hyjal e intentará
absorber los poderes mágicos del Árbol del Mundo. Si esto sucede, la fuente de
la vida en Azeroth será destruida y el mundo estará condenado. Mientras
discuten esto, una cercana batalla entre humanos y muertos vivientes capta su
atención. Malfurion piensa que talvez los extranjeros podrían ser útiles
aliados contra la Legión, pero Tyrande no confía en ellos. Los Elfos Nocturnos
deciden establecer una nueva base y despertar a los Druidas de la Zarpa, los
cuales duermen cerca del Valle.
Durante el
camino, ejércitos de la Alianza y la Horda luchan contra los muertos vivientes,
obligando a los elfos a movilizarse con cautela. Entonces, se encuentran con
los furbolgs que Tyrande anteriormente había ayudado. Lamentablemente, estos no
lograron escapar, pues al acercarse a una fuente a beber agua, ésta había sido
corrompida, y los furbolgs se habían vuelto locos y violentos. Profundamente
dolida, Tyrande se ve obligada a acabar con ellos. Para horror de los elfos,
una parte del bosque lentamente ha caído bajo el influjo maligno de un oscuro
espíritu, el cual deberá ser destruido para poder restaurar a los ancestrales
espíritus del bosque. Finalmente, luego de destruir a un grupo de Ancestros
corrompidos por los Sátiros de Ticondrius, Malfurion y Tyrande llegan al Valle,
y usando el Cuerno de Cenarius, Stormrage despierta a los Druidas de la Zarpa.
A la mañana
siguiente, en las cavernas de los Túmulos Profundos de Monte Hyjal, Malfurion y
Tyrande buscan a los Druidas de la Garra. Malfurion previene a sus tropas, pues
los Túmulos Profundos han estado sellados por casi tres mil años, por lo que no
se sabe que oscuras criaturas habrán hecho su hogar en los perdidos túneles.
Adicionalmente, Malfurion no sabe como los Druidas de la Garra responderán al
ver a los otros Elfos Nocturnos por primera vez desde que entraron en el Sueño
Esmeralda. Tyrande lo apresura, pues mientras más tiempo pase, más corromperá
el poder de la Legión los bosques de la superficie.
Luego de
luchar dentro del laberinto con una horda de arañas gigantescas, Tyrande y
Malfurion se topan con una tribu de furbolgs. En ese momento, Tyrande observa
que aquel chamán que había ayudado, había logrado escapar de la corrupción de
sus hermanos, y que una pequeña parte de la tribu sobreviviente se había
escondido en las cavernas. Sin embargo, el chamán había sido mordido por una
araña venenosa. Para salvarlo, Tyrande busca una fuente mágica de la vida,
cuyas aguas restauran la salud del chamán. Una vez más, en retribución, el
chamán le otorga un poderoso Talismán de lo Salvaje, para que los Elfos
invoquen la ayuda de los furbolgs siempre que la necesiten.
Continuando
su viaje, en la parte más profunda de la caverna, encuentran una enorme puerta
cerrada. Tyrande no recuerda qué se oculta tras la puerta, pero Malfurion le dice
lo que ésta representa: la prisión de Illidan Stormrage, su hermano gemelo.
Tyrande cree que Illidan sería un perfecto aliado contra los demonios y los
muertos vivientes, pero Malfurion no concuerda, pues Illidan es demasiado
peligroso como para traerlo de nuevo a la superficie del mundo. Tyrande,
furiosa, declara que solamente Elune puede prohibirle cualquier cosa, y penetra
a la prisión junto a sus Centinelas para liberar al Cazador de Demonios.
Malfurion, resignado, continúa junto a sus druidas la búsqueda de sus hermanos.
Malfurion,
finalmente, alcanza el corazón de los Túmulos, pero para penetrar debe luchar
contra un grupo de Guardianes Wildkin, los cuales defienden a los “dioses oso”.
Stormrage se preocupa por esto, dado que los druidas normalmente se presentan
con su forma de elfo, y no como “dioses oso”. Más adelante, las fuerzas de
Malfurion se enfrentan a un pequeño grupo de dragones negros que se ha
refugiado en la oscuridad de las cavernas. Recordando la traición del Dragón
Negro Neltharion en la Guerra de los Ancestros, Malfurion los destruye. Sin
embargo, el siguiente descubrimiento del Shan’do es aún más terrorífico.
Los Druidas
de la Garra habían estado en su forma de oso por tanto tiempo, que habían
sucumbido a sus instintos animales y se habían vuelto feroces y poco
inteligentes. El Cuerno de Cenarius los había despertado ya, pero Malfurion
necesitaba encontrar un lugar para hacer sonar de nuevo el Cuerno y hacerlos
entrar en razón. Los Druidas del Talón invocaron sus poderes de ciclón, con el
objeto de neutralizar a los Druidas de la Garra sin hacerles daño. Pronto los
druidas recapacitan y vuelven a su forma de elfo, disculpándose con Shan’do
Stormrage. Rápidamente, todo el grupo vuelve a la superficie.
Mientras
tanto, Tyrande y las Centinelas se adentraban en la prisión de Illidan,
luchando contra las Guardianas, una élite especial de Elfas Nocturnas que hacen
de carceleras. La prisión se encuentra fuertemente resguardada, pero la fría
determinación de Tyrande de derrotar a la Legión la ayuda, y las Guardianas no
son rival para las Centinelas. Pronto, Tyrande llega frente a la formidable
celda de Illidan. Allí, debe enfrentarse a Califax, el poderoso Guardián del
Bosque, hijo de Cenarius. Califax le advierte que no debe permitir la salida
del traidor, sin embargo, Tyrande está decidida, y luego de una gran batalla
con el Guardián, la Sacerdotisa logra vencerlo. Después de diez mil años
prisionero bajo el subsuelo, la voz de Tyrande parece la de un ángel para
Illidan. Él le pregunta porqué ha venido, y ella le responde que los demonios
han regresado y que los Elfos Nocturnos, una vez más, necesitan a su gran
campeón. Illidan acepta ayudar, pero lo hará para redimirse así mismo y no por
los Kaldorei.
Una vez
fuera de las cavernas, el grupo de Tyrande se encuentra con Malfurion y los
druidas. El reencuentro de los dos hermanos no es nada alentador: Malfurion le
recuerda a Illidan su traición, y éste le reprocha el haberlo aprisionado, a lo
que Malfurion responde que fue consecuencia de sus propios crímenes. Illidan le
recuerda que ambos lucharon juntos contra los demonios, pero solamente él fue
encerrado. Tyrande interrumpe la discusión y arenga a los hermanos a
reconciliarse para poder derrotar a la Legión, pero Malfurion no quiere tomar parte
y se marcha con los druidas.
Al anochecer
siguiente, en lo más profundo de los corrompidos bosques de Felwood, Illidan
saborea su libertad. El Cazador de Demonios quiere probarle a su hermano que no
es un villano, que los demonios ya no tienen control sobre él. En ese momento,
sobre una cercana colina, aparece una tétrica figura: es Arthas, el Caballero
de la Muerte. Ambos empiezan a luchar, pero conforme avanza la pelea, se dan
cuenta que sus fuerzas están muy equiparadas y podrían seguir luchando por
siempre, por lo que Illidan le pregunta a Arthas qué es lo que realmente busca,
y el Caballero de la Muerte le explica que un Señor del Terror, llamado
Tichondrius, tiene bajo su control un poderoso artefacto, que es el que
corrompe el bosque. Este artefacto es nada menos que la Calavera de Gul’dan, el
brujo orco, que Tichondrius ha rescatado del colapso de Draenor luego de que
Ner´zhul abrió los portales. Arthas desea que Illidan robe este artefacto, pues
la derrota de la Legión sería muy útil para “su Maestro”. Illidan le pregunta
por qué ha de creerle, y Arthas le responde que su maestro sabe que la
verdadera obsesión de Illidan es el poder. La Calavera de Gul’dan le dará al
Cazador de Demonios verdadero poder, y todos sus enemigos serán derrotados. Una
vez cumplida su misión, Arthas se aleja. Sucumbiendo a su antigua adicción a la
magia y al poder de la que siempre fue esclavo, Illidan guía a sus fuerzas para
atacar a los guardianes de la Calavera.
A pesar de
poseer dos bases de Sátiros y Ancestros corruptos que protegen una puerta
demoníaca, y estar reforzados por cientos de guerreros esqueletos, las fuerzas
de la Legión no pueden detener el avance del Cazador de Demonios, quien barre
con ellos como antaño lo hiciera, utilizando para ello las poderosas Espadas
Curvas de Azzinoth. Derrotados los guardianes, Illidan se dispone a destruir la
Calavera de Gul’dan. Sin embargo, su adicción le ataca una vez más. En lugar de
destruir para siempre la Calavera, reclama su poder para sí. Al consumir sus
oscuros poderes, Illidan sufre una monstruosa metamorfosis y se transforma en
un híbrido de Elfo Nocturno y Demonio, con el suficiente poder para derrotar al
mismo Tichondrius. Una nueva y terrible batalla a lo largo del bosque de
Felwood se desarrolla entre Illidan y las fuerzas de Tichondrius.
Finalmente,
luego de un enorme combate, Illidan encuentra al Nathrezim rodeado por su
guardia personal. Tichondrius no reconoce a Illidan, y el Cazador de Demonios
reta a Tichondrius a una batalla. Aunque el Señor del Terror tiene inmensos
poderes, la combinación de los poderes demoníacos de Gul’dan y la magia elfa de
Illidan ahora lo hacen un retador impresionante, y Tichondrius el Oscuro es
finalmente derrotado.
Mientras
Illidan se encuentra exultante por su victoria sobre el Señor del Terror y sus
nuevos poderes, Tyrande y Malfurion llegan. El Shan’do pregunta al demonio qué
ha hecho con su hermano y no le reconoce hasta que Illidan explica sus
acciones. Entonces, ambos elfos se enfurecen al ver que Illidan sacrificó su alma
para vencer a Ticondrius, y el Archidruida inmediatamente expulsa a Illidan de
Kalimdor para siempre. Illidan se da media vuelta, y se adentra en el bosque,
derribando los árboles a su paso.
La Batalla
del Monte Hyjal
“…y ahora,
es mi turno de menguar y tomar mi lugar entre las leyendas del pasado.”
Dos días
después, en un tranquilo claro del Monte Hyjal, Tyrande y Malfurion discuten
acerca de un sueño que el Shan’do tuvo la noche anterior. Malfurion soñó que un
cuervo lo llamaba hacia ese claro. Tyrande se encuentra impaciente pues las
preparaciones para el combate contra la Legión no pueden esperar. En ese
momento, Thrall y Jaina Proudmoore llegan al claro, refiriendo que ellos fueron
llamados a ese lugar también. Tyrande les deja claro que los orcos y los
humanos no son bienvenidos en Ashenvale.
Justo en ese
instante, un gran cuervo aparece entre los líderes y se metamorfosea en el
Profeta. Una vez más, habla a los héroes sobre la unión de todos los ejércitos
como única opción para salvar al mundo de los demonios. Cuando Malfurion
pregunta al Profeta acerca de su identidad, el misterioso viajero finalmente
revela sus secretos.
Él es la
razón del regreso de la Legión. Hace treinta y cuatro años, él abrió el Portal
Oscuro y trajo a los orcos al mundo de Azeroth. En el proceso, inadvertidamente
dejó pasar a los agentes de la Legión Ardiente a la realidad mortal. Por sus
crímenes, fue asesinado por sus amigos. Luego de su muerte, la guerra devastó
los reinos del este por muchos años, dejando muchas regiones desoladas Ahora,
finalmente, ha regresado para redimirse de sus pecados y hacer lo que tenía que
hacer desde el principio. El es Medivh, el Último Guardián de la Orden de
Tirisfal, y ha venido para unir a las razas mortales contra los enemigos de todo
lo que vive. Los héroes, paralizados por las grandes revelaciones, acuerdan
rápidamente unir sus fuerzas contra Archimonde el Profanador y la Legión
Ardiente.
A la mañana
siguiente, cerca de la cima del Monte Hyjal, los Elfos Nocturnos, la Horda y la
Alianza planean su defensa de la montaña. Jaina aparece en la reunión y porta
terribles noticias. Archimonde, la Guardia del Apocalipsis, los Infernales, los
Señores del Foso, los Señores del Terror, los Sabuesos del Infierno y el Azote
se encaminan hacia el Árbol del Mundo, y llegarán a las bases de los aliados en
cualquier momento. Malfurion revela que los Elfos Nocturnos derrotaron a la
Legión hace diez mil años, y gracias al Árbol del Mundo, son inmortales. Ahora
es el momento de devolverle ese poder al Árbol del Mundo para que él les pueda
ayudar a repeler a Arquimonde y salvar Azeroth de la aniquilación. El Shan’do
inmediatamente parte hacia la cima de Hyjal para planear la acción.
Mientras
tanto, los otros acuerdan que los Centinelas de Tyrande proveerán soporte y
ayuda a las bases de la Alianza y la Horda y las protegerán del avance de la
Legión. Esto le dará a Malfurion tiempo suficiente para preparar las defensas
de Nordrassil. Antes de que la reunión se deshaga, Tyrande se disculpa con
Thrall y Jaina por mal juzgarlos y ella les da la bendición de Elune. Los
cuatro líderes saben que muchos de sus valientes caerán ese día, pero si el
plan de Shan’do Stormrage funciona, no morirán en vano.
En ese
momento, Shandris alerta que Archimonde el Profanador ha dado la orden de
ataque, y las fuerzas de élite de los demonios de la Legión junto a los
guerreros del Azote asaltan la montaña. Ayudado por tres de sus más grandes
lugartenientes, el temible Señor del Foso Azgalor, el Nathrezim Anetheroc y el
Lich Jaina y sus humanos, altos elfos y enanos levantan una gran resistencia
con sus torres y barricadas. Al final, la base de Jaina es la primera en caer,
aunque las fuerzas de Arquimonde sufren grandes dificultades. Sobre las ruinas
de las fortificaciones de lady Proudmoore, Arquimonde levanta una nueva base.
La Legión
avanza hasta la base de la Horda, y luego de una gran defensa por parte de los
orcos, los tauren y los trolls Darkspear, finalmente logran derrotarlos.
Archimonde confronta a Thrall, amenazándolo con destruir a su raza por
rebeldes, pero el joven orco le responde que ellos, al fin, son libres. Thrall
finalmente es rescatado por Jaina. Una vez más, los defensores se ven obligados
a retroceder ante el feroz ataque de los invasores. Ahora, únicamente la base
de los Elfos Nocturnos de Tyrande resiste el ataque. Aun así, los ejércitos
mortales logran infligir un gran daño a las fuerzas de Archimonde, y se ganan
un poco de tiempo para que Shan’do Stormrage finalice la trampa.
La Alianza,
la Horda y los Elfos Nocturnos hacen su defensa final en base de los Kaldorei,
y la batalla llega a su punto álgido. Archimonde, minimizando la gran
resistencia de los ejércitos mortales, desata toda la furia de la Legión y el
Azote. Olas de muertos vivientes y Guardianes del Apocalipsis chocan contra los
defensores del campamento de Tyrande y luchan contra los venerables Ancestros y
treants. Sabuesos del Infierno atacan a los poderosos magos humanos, chamanes
orcos y druidas elfos nocturnos, y Dragones de Hielo y Gárgolas atacan desde
los cielos, mientras las Centinelas les lanzan cientos de flechas y los Wyvern,
Grifos y Quimeras luchan por sacarlos del espacio aéreo. Iracundos guerreros
esqueletos, necrófagos, zombis y abominaciones se enfrentan a las disciplinadas
fuerzas de los paladines, los fusileros enanos, los hechiceros altos elfos, los
guerreros orcos, los poderosos tauren, los trolls Darkspear y las cazadoras
elfas nocturnas de Shandris. Los furbolgs, bajo el mando de su chamán, en
retribución a la ayuda que tantas veces recibieron de Tyrande, se han unido a
la batalla. Los Trolls Oscuros, cuyas tribus pueblan Ashenvale, han comprendido
que la única salvación de su raza es aliarse con Tyrande y los suyos, aunque
sea como mercenarios. Heridos, disminuidos, los defensores se retiran hasta el
Árbol del Mundo. Shandris Feathermoon ha caído heroicamente defendiendo
Nordrassil. Archimonde, sintiendo la victoria al alcance de la mano, arrasa la
montaña, derribando al suelo las estructuras de los Elfos Nocturnos. Seguro de
su triunfo sobre las razas mortales, el Eredar inicia el ascenso de Nordrassil
y se prepara para drenar su poder.
Sin embargo,
Malfurion informa a sus aliados que las defensas están completas y que
Arquimonde camina directamente a la trampa del Shan’do.
Tomando el
Cuerno de Cenarius en sus manos, Malfurion lanza un largo sonido que no se
escuchaba desde la Guerra de los Ancestros. Uno por uno, los Espíritus del
Bosque dejan los árboles de Ashenvale y comienzan a rodear el Árbol del Mundo y
a Archimonde. El demonio se da cuenta de lo que ocurre, pero es tarde. Los
poderes combinados de Nordrassil y los Espíritus de Ashenvale son superiores al
Señor de los Demonios, y la energía es tan poderosa, que finalmente, Archimonde
se consume.
Con su
último aliento de agonía, Archimonde explota y envía una onda de fuego de
arrasa con el bosque. Cientos de acres son quemados, y Nordrassil sufre severas
quemaduras. El Líder de la Legión Ardiente es destruido. Asombrados y
confundidos, los demonios huyen hacia los bosques, donde más tarde serán
cazados y muertos.
Medivh
observa como los ejércitos de las razas mortales celebran su victoria. Miles de
vidas se han perdido y el mundo de Azeroth ha sido severamente dañado. Sin
embargo, si los humanos, los orcos y los elfos nocturnos pudieron dejar atrás
los viejos rencores y unirse, talvez el mundo aún tiene esperanzas.
Su tarea
está completa. Medivh se prepara para dejar Azeroth para siempre y tomar su
lugar entre las leyendas del pasado.
Tercera
Parte: El Trono de Hielo
La Venganza
del Traidor-El Despertar de los Naga
“Traidor… en
verdad, fui yo quien fue traicionado… ahora, mis ojos pueden ver aquello que se
oculta a los ojos de los otros. Hay momentos en que la mano del destino debe
ser forzada… Ahora vayan… Suman al mundo en las mareas de la perdición”.
Sobre las
costas de Kalimdor, una siniestra figura emerge en medio de una naciente
tormenta. Enormes alas de murciélago y cuernos de demonio, sin embargo, la
oscura figura no es otro que Illidan Stormrage, el traidor Elfo nocturno.
Ahora, al absorver los poderes de la Calavera de Gul’dan, ha entrado en
conocimiento de profundos secretos que otros, por muchos milenios, han
desconocido. Invocando las oscuras fuerzas de la profundidad de los mares,
Illidan prepara un ejército para asolar nuevamente a la superficie del mundo.
En la
profundidad de los corrompidos bosques de Ashenvale, la Guardiana Maiev
Shadowsong continúa su cacería del traidor Illidan Stormrage. El Cazador de
Demonios, para salvar al bosque de la creciente corrupción de la Legión
Ardiente, consumió los ocultos poderes de la Calavera de Gul´dan, el malvado
brujo orco. Despreciado por los suyos, el ahora mitad elfo mitad demonio se
oculta entre las sombras del oscuro bosque, mientras su Guardiana intenta regresarlo
nuevamente a la profundidad de la oscura prisión de los Tálamos Oscuros. Sus
fuerzas, conocidas como los Vigilantes, al mando de su segunda de confianza,
Naisha, exploran las ruinas de un destruido asentamiento de los Elfos Nocturnos
en la costa este de Kalimdor. En este momento, unas repulsivas criaturas, con
aspecto de serpiente marina y piel escamosa, les atacan. Estas desconocidas,
llamados Naga, al parecer han plegado su lealtad a Illidan. Éste, mientras las
fuerzas de Maiev combaten con los Naga, escapa a través del mar en un barco. La
Guardiana ordena la persecución.
La flota de
Maiev persigue a Illidan a través del Gran Mar. Al cabo de unos días, llegan a
las tempestuosas aguas del Maelstrom. Maiev y sus Vigilantes desembarcan en un
archipiélago desconocido, el cual no figura en ninguno de los mapas. Este
archipiélago corresponde a las Islas Abruptas, que Gul´dan, con la ayuda de sus
clanes aliados, hizo emerger del fondo del océano durante la Segunda Guerra
entre la Horda y la Alianza. Es allí donde se encuentra la legendaria Tumba de
Sargeras, donde Aegwynn colocó el cuerpo del Señor de la Oscuridad luego de
derrotarlo en Northrend.
Los Elfos
Nocturnos erigen una base en la costa de la isla mayor e inicia la exploración
del archipiélago. Observando las antiguas ruinas de la isla, Maiev se
sorprende, pues empieza a reconocer las estructuras como las que pertenecieron
a destruido Imperio de Aszhara. Sorpresivamente, hallan a un viejo brujo orco
llamado Drak´tul, quien les narra que él fue uno de los brujos del clan
Stormreaver que acompañó a Gul´dan en su aventura en las Islas Abruptas. Muerto
Gul´dan por los demonios guardianes de la tumba, los clanes rebeldes fueron
arrasados por las encolerizadas fuerzas de Orgrim Doomhammer, siendo Drak’tul
el único sobreviviente. Desde esa época, el orco ha vivido como un ermitaño en
las olvidadas islas por veinte largos años. Drak’tul vive atormentado por los
espíritus de los orcos caídos, por lo que ruega a Maiev le ayude a calmar a los
confundidos fantasmas. Luego de luchar contra los esqueletos orcos, Maiev
destruye los antiguos ziggurats por donde los espíritus regresan al mundo de
los vivos. El viejo Drak’tul, perdonado por la Guardiana, se introduce en su
tienda a esperar el final de sus días.
Conforme se
acercan a la Tumba, Maiev y las Vigilantes tienen que luchar contra las bases
que los Naga han construido alrededor de la entrada. Adentrándose en la tumba,
Maiev encuentra unas antiguas runas encantadas, colocadas en las columnas por
Gul’dan, donde el brujo narra su desastroso viaje en busca del Ojo de Sargeras,
un poderoso artefacto mágico que le daría los poderes de un dios. Emboscado por
los demonios que guardan la tumba, Gul’dan muere sin alcanzar su ansiado
premio. Maiev penetra profundamente en el laberinto, hallando a las horribles
criaturas que mataron a Gul’dan, así como una estatua de Aszhara, la hermosa y
caída reina de los elfos. Pero esta estatua es diferente. Se asemeja a un naga…
Finalmente,
Maiev se enfrenta a Illidan y a sus monstruosos Naga. Al absorber los poderes
de la Calavera, Illidan también adquirió la memoria de Gul’dan, por lo que
conocía la localización exacta de la tumba y sus maléficos poderes ocultos.
Illidan ha hallado el Ojo de Sargeras, y para demostrar sus nuevos poderes,
inicia un terremoto para colapsar la tumba sobre Maiev y sus Vigilantes. La
Guardiana logra escapar, gracias a sus poderes, pero Naisha y sus compañeras
quedan atrapadas dentro de la tumba y son aplastadas por el derrumbe. Jurando
vengar a las Vigilantes, Maiev envía un mensajero hacia Kalimdor, para informar
a Shan’do Stormrage de los planes de su hermano gemelo.
Mientras
tanto, en la base del Árbol del Mundo Nordrassil, Malfurion Stormrage y Tyrande
Whisperwind se encuentran organizando las labores para sanar su dañada tierra.
A pesar de haber derrotado y expulsado a la Legión Ardiente, su corrupción aún
carcome a los bosques de Ashenvale. Mientras discuten las implicaciones de su
nuevo hogar, la mensajera de la Guardiana Shadowsong con el terrible reporte.
Reuniendo todas las fuerzas que pueden, los dos parten hacia las Islas
Abruptas.
En las
Islas, Maiev y las pocas fuerzas que sobreviven libran una desesperada
resistencia contra los Naga de Illidan. La llegada de Malfurion y Tyrande
inicia una fiera batalla contra las fuerzas del traidor, pero finalmente, la
base de Illidan es destruida. Sin embargo, el Cazador de Demonios logra escapar
nuevamente, dirigiendo a su flota cada vez más al este.
Desembarcando
en el arrasado reino de Lordaeron, Malfurion decide penetrar en el bosque y
comulgar con los espíritus de la naturaleza, encargando a Maiev y a Tyrande la
búsqueda de su hermano. La joven Guardiana tiene resentimiento hacia la
Sacerdotisa, pues la culpa, en primera instancia, de haber liberado a Illidan.
Mientras exploran el destruido continente, se encuentran con un grupo de Altos
Elfos sobrevivientes.
Liderados
nada menos que por el joven príncipe Kael´thas Sunstrider, el último de la
dinastía de Dath´Remar, estos Altos Elfos han jurado venganza por la muerte de
sus hermanos y la destrucción de su reino encantado, Quel’thalas, por parte del
Azote. Por esta razón, se hacen llamar Elfos Sanguinarios. Sin embargo, para
mantener su palabra de honor, Kael ha decidido que sus elfos sigan siendo fieles
a la Alianza. Kael era miembro del Concejo de los Altos Elfos, y fue uno de los
pocos magos del Concejo que logró escapar de la destrucción de Silvermoon por
parte del Azote.
Kael
solicita a las elfas nocturnas que les ayuden a trasladar sus fuerzas hacia una
zona más segura, la villa Pyrewood, controlada por los humanos, al otro lado
del río Arevass. A pesar de las protestas de Maiev, quien insiste en continuar
la cacería de Illidan, Tyrande accede a ayudar al príncipe elfo. Escoltando su
convoy con suplementos y refuerzos, los Elfos Nocturnos y los Elfos
Sanguinarios se adentran en los peligrosos territorios controlados por el
Azote. Tyrande previene al príncipe acerca de los peligros de la venganza y la
ira, y sus desagradables consecuencias. Al principio, atacados por pequeños
comandos de los muertos vivientes, la caravana logra llegar hasta un puente. Al
otro lado, las fuerzas de la Alianza han logrado detener el avance del Azote, y
es seguro por el momento. Sin embargo, al cruzar el puente, son atacados por
una enorme ola de muertos vivientes. Sabiendo que la caravana no resistirá el
ataque, la Sacerdotisa de la Luna ordena a los elfos replegarse al otro lado
del río, mientras ella retrasa, invocando los poderes de Elune, al masivo
ejército. Aunque la Sacerdotisa, asombrosamente, logra detener el avance de los
muertos, el inmenso poder desplegado hace colapsar al puente, y Tyrande cae
hacia las turbulentas aguas del río. A pesar de las protestas de Kael, quien
trata de salvar a la Sacerdotisa, Maiev decide que Tyrande está perdida y
ordena continuar la búsqueda de Illidan.
Mientras
tanto, en las profundidades del bosque de Silverpine, Malfurion inicia su
comunicación con los espíritus, quienes le advierten que su hermano planea
utilizar los vastos poderes del Ojo de Sargeras para destruir la base de un
glaciar en el helado continente de Northrend. Sin conocer bien los motivos de
Illidan, pero sabiendo que esto podría provocar la destrucción de todo el
planeta, Malfurion parte para encontrarse con sus aliados.
Extrañado de
no encontrar a Tyrande, Malfurion pregunta por el paradero de su amada. Maiev,
sabe que, si le cuenta la verdad al Shan’do, este partirá de inmediato a buscar
a la Sacerdotisa, y la cacería de Illidan sufriría una nueva demora, por lo que
le dice que ella personalmente vio cuando Tyrande era asesinada por los muertos
vivientes y que la única manera de vengar a la sacerdotisa es hallando al
Cazador de Demonios. Aterrorizado y con el corazón roto por la supuesta pérdida
de su amada, Malfurion decide acabar con Illidan sin importar cual sea el
costo.
Las fuerzas
aliadas de Elfos Nocturnos y Elfos Sanguinarios viajan hacia las ruinas de la
ciudad de Dalaran, donde los hechiceros naga de Illidan invocan los oscuros
poderes del Ojo de Sargeras, mientras constantes terremotos empiezan a
resquebrajar la integridad de los continentes. Ambas naciones elfas se unen
para resistir y contraatacar a los Naga de Illidan. Durante uno de los ataques
a la base naga, los elfos encuentran a Magroth, un Paladín de la Orden de la
Mano de Plata, quien había sido capturado por los Naga. Ayudados por los
poderes divinos de Magroth, los elfos logran penetrar en la fortaleza de los
Naga, y Malfurion en persona confronta a su hermano y destruye el Ojo de Sargeras.
Mientras que Illidan lamenta que sus esfuerzos para derrotar a “nuestro enemigo
común” hayan fracasado, Malfurion logra capturarlo con las enredaderas de un
árbol. La Guardiana Maiev Shadowsong rápidamente lo sentencia a muerte por sus
crímenes, incluyendo la muerte de Tyrande, pero en el momento en que se apresta
a ejecutarlo, el príncipe Kael le dice al Shan’do que la sacerdotisa aún puede
estar viva. Malfurion, decepcionado y enfadado por el engaño de Maiev, la
captura también en una enredadera. Illidan, al escuchar el predicamento de su
eterna amada, inmediatamente pone a disposición de su hermano a sus naga, para
ayudar en el rescate de Tyrande. Superando más de diez mil años de odios y
rivalidades, por fin, los dos hermanos Stormrage se unen nuevamente en busca de
un mismo objetivo.
En ese
momento, Tyrande y un reducido grupo de Centinelas luchan con todas sus fuerzas
contra el ataque del Azote. Las fuerzas combinadas de los Elfos Nocturnos, los
Elfos Sanguinarios y los Naga, sin embargo, logran arrasar la base de los
muertos y replegar a los enemigos, hasta que finalmente, Illidan en persona
rescata a la Sacerdotisa, quien se asombra de ver quién es su salvador. Con
todos a salvo, finalmente Malfurion e Illidan arreglan sus diferencias y se
reconcilian definitivamente, pero Illidan decide dejar Azeroth para evitar la
cólera de “su nuevo maestro”. Abriendo un portal interdimensional, el Cazador
de Demonios pasa a otra dimensión. Maiev y los Vigilantes, sin embargo,
encolerizados por la huída del hechicero, rápidamente lo persigue a través del
portal, en un intento de ajusticiar a Stormrage. Shan’do y Tyrande, finalmente,
deciden abandonar el ruinoso Lordaeron y volver a sus amadas tierras de
Kalimdor.
Apogeo de
los Elfos Sanguinarios
“Los pocos
que quedamos de nosotros, nos hacemos llamar Elfos Sanguinarios, en homenaje a
nuestros amados caídos”.
misma raza:
los amados Bien Nacidos de la reina Aszhara. Aunque desconfía de los Naga por
haber luchado contra ellos, Kael no tiene más remedio que aceptar la ayuda de
las serpientes, y cruza el lago.
Una vez en
la isla, los Elfos Sanguinarios se ven obligados a enfrentarse a algunas
fuerzas del Azote que han acampado al otro lado de la isla. Para colmo, frente
al segundo observatorio, los Trolls Amani, los acérrimos y ancestrales
archirivales de los Altos Elfos, han construido una aldea. Luego de una
tremenda lucha contra ambas fuerzas, Kael finalmente logra su objetivo.
El tercer
observatorio, localizado en la costa opuesta del lago, se encuentra defendido
por el último y más poderoso jefe Gnoll, quien planta gran resistencia al
asalto de los Elfos. Luego de enfrentarse personalmente con Hooger, Kael
completa su misión.
Al día
siguiente, en la base de la Alianza, Kael y sus elfos se encuentran listos para
movilizarse. En ese momento, llega un emisario de Garithos, quien informa que
un enorme ejército del Azote se aproxima sobre la base de los Altos Elfos. Sin
embargo, Garithos necesita a todas las fuerzas disponibles en el frente, por lo
que ordena que todos los humanos se dirijan hacia su base. Esto deja
prácticamente indefenso a Kael y sus hermanos. En el momento de atacar los
muertos vivientes, nuevamente Vashj y los Naga aparecen y ofrecen su ayuda al
joven Príncipe. Una vez que los muertos han sido derrotados, Garithos llega a
la base de Kael justo en el momento en que Vashj y sus Naga dejan el combate.
Enfurecido, el Gran Mariscal acusa a Kael de traición y envía a encerrar a
todos los elfos en las prisiones mágicas de Dalaran.
Kael´thas y
sus elfos sanguinarios languidecen su prisión en las mágicas mazmorras de
Dalaran, aguardando su inevitable ejecución a mano de Garithos. Lady Vashj y
sus naga logran infiltrarse en los acueductos de la ciudad y liberan al
príncipe elfo. Kael les dice que su gente está empezando a enloquecer debido a
la gran ausencia de magia a la cual se ven expuestos desde la destrucción del
Pozo del Sol, entonces Vashj le ofrece una nueva fuente de poder mágico bajo la
sombría mano de su maestro, Illidan Stormrage, quien puede saciar las
necesidades de magia de los elfos sanguinarios. Kael cae en una encrucijada:
morir ejecutado por los humanos o entregarse a la voluntad del semi-demonio.
Los elfos sanguinarios deciden dejar atrás Lordaeron y aceptan la oferta de
Vashj.
En la
profundidad de los laberintos de Dalaran, Kael y Vashj deben enfrentarse a las
fuerzas de Garithos, a la vez que liberan a los elfos sanguinarios prisioneros.
Al llegar a la gran biblioteca, Kael percibe la energía de los fantasmas de los
archimagos asesinados por Arthas durante el asedio de la Ciudadela Violeta, los
cuales continúan luchando después de muertos, reviviendo su última batalla.
Después de darles paz a sus espíritus, Kael debe enfrentarse al carcelero de
Dalaran, un viejo amigo suyo, quien está dispuesto a no dejarlos escapar, por
lo que Kael tiene que matarlo. Finalmente, al salir a la superficie, Vashj
informa a Kael que el antiguo portal que el Lich Kel´thuzad utilizó para que
Archimonde entrara en Azeroth continúa abierto, y es por allí donde van a
escapar.
Mientras los
ingenieros elfos levantan una serie de torres alrededor del portal, Kael y
Vashj luchan contra las fuerzas humanas de Garithos que intentan evitar el
escape. Finalmente todos los elfos sanguinarios han logrado pasar a través del
portal, dejando atrás para siempre, la tierra que los cobijó por diez mil años.
El nuevo
mundo es una dimensión caótica, rocosa, seca y rojiza, de retorcida vegetación.
Esta nueva dimensión se llama Outland, y corresponde al remanente de lo que fue
el antiguo Draenor, el hogar original de los orcos, destruido por los múltiples
portales de Ner’zhul. Después de muchos días de buscar a Illidan, las fuerzas
de Vashj y Kael finalmente dan, asombrados, con un campamento de elfos
nocturnos. En él, la Guardiana Maiev Shadowsong finalmente ha logrado capturar
al antiguo Cazador de Demonios, y enjaulándolo en una celda especial, se
dispone a volver a Ashenvale para ajusticiar al traidor. Una tremenda batalla
se da entre ambas fuerzas. Maiev, recordando la imprudencia de Kael cuando la
delató ante Malfurion, y viendo que el príncipe elfo se ha aliado con la Naga,
pone feroz resistencia al ataque. Luego del fiero combate, Maiev es mortalmente
herida por una flecha de Vashj, y derrotada, pierde a su presa. Illidan es
finalmente liberado. La Guardiana, aunque aún vive, escapa junto a sus
Vigilantes en la incertidumbre del rojo mundo.
Kael e
Illidan son presentados. El Cazador de Demonios le revela al joven príncipe que
tanto los naga como los altos elfos una vez fueron una sola raza, los ilustres
Bien Nacidos, los favoritos de Aszhara, la enloquecida reina de los Elfos
Nocturnos. Cuando Illidan fue liberado por Tyrande de la prisión de los Tálamos
Profundos, secretamente fue contactado por nada menos que Kil’jaeden el
Embaucador, quien le reveló la existencia del Rey Lich Ner’zhul, encerrado en
el Trono de Hielo en Northrend. Kil’jaeden sabe que el Rey Lich planea
liberarse a toda costa de su prisión, y se ha enterado de la traición de
Arthas, quien informó al mismo Illidan de la existencia de la Calavera de
Gul’dan, que a la postre le costó la victoria a la Legión Ardiente. Ahora,
temiendo que el Rey Lich llegue a ser demasiado poderoso si logra liberarse,
Kil’jaeden promete a Illidan poder infinito por destruir el Trono de Hielo. Esa
es la razón de que Illidan robara el Ojo de Sargeras en primer término, con el
propósito de crear un gran cataclismo que destruyera Northrend y al Rey Lich.
Ahora que ha
fracasado gracias a la intervención de Malfurion y Tyrande, Illidan teme que
Kil’jaeden derrame su furia sobre él, por lo que ha decidido ocultarse en
Outland.
Para
asegurarse el dominio del destruido mundo, Illidan decide destruir la Ciudadela
Negra, una fortaleza que está regida por Magtheridon, un Señor del Foso
subordinado a Mannoroth el Destructor, quien ejerce su brutal poder sobre
Outland en nombre de la Legión Ardiente. Illidan sabe que para vencer a
Magtheridon, primero necesita destruir tres portales mágicos remanentes de los
construidos por Ner’zhul, de donde el Señor del Foso obtiene refuerzos
provenientes del Torbellino de la Nada.
Luego de
asediar y destruir el primer portal, las fuerzas de Illidan se encuentran con
Orcos del Caos, sobrevivientes del colapso de Draenor que han sido esclavizados
por Magtheridon y reclutados en el ejército de la Legión. Estos Orcos del Caos,
corrompidos por el maligno poder de la Legión, se encuentran dirigidos por Rend
y Main, los hijos de Blackhand el Destructor, Señor de la Guerra durante la
Primera Guerra contra los humanos. Convertidos ahora en despiadados orcos del
caos, Rend y Main se opondrán a todos los planes de Illidan. Para su fortuna,
éste encuentra a Akama, el último chamán de los draenei, quien resiste el
asalto de las fuerzas de los orcos en una pequeña ciudad mortuoria, el último
vestigio de su agonizante civilización. Illidan ofrece a los draenei ayudarles
a derrotar a los orcos si estos les ayudan en la guerra contra Magtheridon.
Destruidos
los tres portales, Illidan y los suyos inician el asedio de la formidable
fortaleza de la Ciudadela Negra. Gracias a los poderes de camuflaje de los
draenei, Akama logra penetrar dentro de la fortaleza, y destruye las torres y
sistemas de seguridad, permitiendo el asalto de Illidan, los naga y los elfos
sanguinarios. Kael y Vashj se encargan de matar a los lugartenientes de
Magtheridon, la diabólica demonesa Sucubus, la Dama de los Tormentos, y el
Señor de la Destrucción, un voraz demonio de la Guardia de la Perdición, y tras
asesinar a Rend y Main, finalmente Illidan enfrenta a Magtheridon. Este cree
que Illidan es un agente de la Legión que viene a probarlo, pero Illidan lo
despacha rápidamente y reclama Outland para él.
Aún no ha
terminado de saborear su victoria, cuando una enorme nube de energía caótica se
forma en el horizonte. Kil’jaeden el Embaucador aparece frente a Illidan y sus
seguidores. Le reclama su estupidez al pretender ocultarse de él en Outland, y
le ofrece a Illidan una última oportunidad para destruir el Trono de Hielo para
escapar de su rabia. Temeroso, Illidan accede. Vashj y los Naga, y Kael y los
Elfos Sanguinarios juran lealtad a Illidan y viajan con él a Northrend,
mientras que Akama y los draenei asegurarán las fuerzas del Cazador de Demonios
en Outland.
Guerra Civil
en las Tierras de la Plaga – La Rebelión de los Forsaken
“Desde hoy
en adelante, solamente seremos los Forsaken”.
En los
arruinados jardines de la Ciudad Capital de Lordaeron, los Señores del Terror
Nathrezim, los generales de Arquimonde, discuten acerca de sus futuros planes
para la Legión, mientras son secretamente observados por el lich Kel’thuzad y
la banshee Sylvanas Windrunner, la antigua Ranger elfa. Los tres Señores del
Terror, Balnazzar, Detheroc y Varimathras, no han tenido noticias de Archimonde
desde hace meses y comienzan a sentirse ansiosos. Detheroc y Varimathras argumentan
abandonar al Azote y volver al Torbellino del Vacío, pero Balnazzar, el mayor y
más poderoso de los tres, piensa que Archimonde los contactará, por lo que
deben mantener sus posiciones. Cuando la reunión está a punto de terminar,
súbitamente las puertas de los jardines son derribadas, y Arthas aparece.
Agradeciéndoles
por cuidar de su reino, el Caballero de la Muerte ordena a los Nathrezim
abandonar inmediatamente Lordaeron o sufrir su furia. Balnazzar lo refuta y los
tres Señores del Terror desaparecen fuera de su alcance. Kel’thuzad y Sylvanas
se acercan y congratulan al príncipe. Arthas se nombra a sí mismo como Rey de
Lordaeron, y decide terminar de erradicar a la humanidad de sus tierras. Los
tres generales del Azote se separan y se dirigen a destruir a los últimos
refugiados humanos de Lordaeron. Mientras luchan por asesinar a todos los
humanos sobrevivientes, Arthas sorpresivamente se encuentra con dos paladines
de la Orden de la Mano de Plata, quienes se disponen a resistir al Azote y
permitir el escape de los humanos. Dagren el Cazador de Orcos y Magroth, quien
ayudara a Malfurion y Tyrande en su batalla con Illidan, han organizado un
grupo de resistencia entre los remanentes de la Alianza de Lordaeron, y
resisten el embate del Azote. Finalmente, Arthas, Kel’thuzad y Sylvanas logran
derrotarlos y asesinarlos. Lordaeron ha dejado de ser un reino humano.
Todavía
Arthas no acaba de celebrar su naciente victoria, cuando es repentinamente
atacado por una convulsión psíquica, proveniente del Rey Lich. Ner’zhul
advierte al Caballero que la ciudadela de Icecrown se encuentra bajo inminente
ataque, e inmediatamente le ordena volver a Northrend para defender el Trono de
Hielo. Para empeorar las cosas, los grandes poderes del Rey Lich cada vez van
menguando continuamente. El Caballero de la Muerte suspende la cacería y
regresa a la Ciudad Capital junto a Kel’thuzad para hacer los preparativos del
viaje a Northrend.
Mientras
tanto, en la oscuridad de los remotos bosques de los Claros de Tirisfal,
Sylvanas Windrunner se reune en un mitting secreto con los tres señores del
terror Nathrezim. Con el debilitamiento del Rey Lich, la banshee ciertamente ha
recuperado el control sobre sí misma y sus acciones, y se ha independizado del
poder de Ner’zhul. Silvanas desea desesperadamente tomar venganza por su
condición de muerto viviente y por la destrucción de su amada Quel’thalas. Los
Nathrezim han confirmado la derrota de la Legión Ardiente a manos de los
ejércitos mortales, y desean tomar el control del Azote destruyendo a Arthas y
a Kel’thuzad. Silvanas acuerda con ellos destruir al Caballero, pero se niega a
revelar sus métodos. La reunión se disuelve, y los Señores del Terror se
preparan para la rebelión.
De vuelta en
el destruido palacio de Terenas, Arthas y Kel’thuzad discuten acerca de las
posibles causas de la debilidad del Rey Lich y sus consecuencias para el Azote.
En ese momento, Balnazzar, Detheroc y Varimathras aparecen, y toman control
mental de los guerreros del Azote. Arthas y Kel’thuzad son separados, y el
Caballero de la Muerte se ve obligado a combatir, con fuerza y astucia, a sus
anteriores fieles guerreros.
Una vez
fuera de la capital, aparecen las banshees de Silvanas, que ayudan a Arthas a
escapar y lo conducen a él y sus tropas a un desolado claro en medio del
bosque, en las afueas. Allí, las banshees destruyen a las tropas de Arthas, y
Silvanas aparece, lanzando una flecha envenenada al Caballero de la Muerte.
Prometiendo darle una muerte tortuosa y horrible, Silvanas se dispone a acabar
con Arthas, pero en ese momento, aparece Kel’thuzad con fuerzas leales, y las
banshee huyen en medio de la oscuridad. Satisfechos de haber ahuyentado a las
fuerzas rebeldes, los dos líderes de los muertos vivientes se dirigen hacia los
muelles. Arthas deja el Azote en manos de su fiel Kel’thuzad y parte con su
flota hacia Northrend.
La Dama
Oscura
Mientras
tanto, en las Tierras devastadas por la Plaga, Silvanas y los muertos vivientes
que han logrado liberarse del control mental del Rey Lich, discuten acerca de
su futuro. Silvanas se encuentra profundamente enfadada con Arthas por haberla
condenado a la eterna maldición de la no-muerte. Varimathras aparece y le
ofrece unirse al nuevo orden de los Señores del Terror de Lordaeron, pero ella
refuta vehementemente y responde que solamente odia a Arthas un poco más de lo
que odia a los Nathrezim. Varimathras promete venganza por la insolencia y
desaparece.
Ante el
inminente ataque del Señor del Terror, Silvanas ordena a sus banshees buscar
fuerzas suficientemente fuertes para combatir. Las banshees poseen a varias
tribus de Gnolls, ogros y bandidos humanos que se encuentran ocultos entre los
bosques. Con la ayuda de estas poderosas fuerzas, Silvanas logra vencer a
Varimathras y arrasar su base. Cuando la Ranger oscura se prepara para
despachar al Señor del Terror, Varimathras ofrece hacer un trato con ella a
cambio de su vida: Varimathras le ayudará a derrotar a sus dos hermanos,
Detheroc y Balnazzar. Aunque Silvanas sospecha de las verdaderas razones de la
alianza con el Señor del Terror, acepta el trato.
Las fuerzas
de Silvanas y Varimathras se preparan para asaltar la base de Detheroc en el
este de la Ciudad Capital. Detheroc, para fortalecer sus fuerzas, ha controlado
mentalmente a un general de la Alianza, que no es otro que el despreciable
Mariscal Garithos, por lo que las inmensas fuerzas del Mariscal están al
servicio de Detheroc. Utilizando la habilidad de sus banshees para poseer a los
soldados de Garithos, Silvanas y Varimathras penetran en la ciudad y rápidamente
empiezan a despachar a las fuerzas de Detheroc. Muerto el Señor del Terror,
Garithos ha recobrado la conciencia. Con Balnazzar fuertemente atrincherado en
la Ciudad Capital, Silvanas ofrece una alianza a Garithos. Aunque éste
desacuerda unirse con los repulsivos muertos vivientes, Silvanas le ofrece
entregarle nuevamente la Ciudad Capital una vez que Balnazzar sea destruido.
Ante la inminente oportunidad de alcanzar gloria y fama, el Mariscal acepta,
pero secretamente, Silvanas confiesa a Varimathras el engaño.
El asedio de
ambos ejércitos sobre Lordaeron es impresionante, dada la gran resistencia de
Balnazzar, y muchos soldados caen en la batalla, pero finalmente, el último
Señor del Terror es acorralado. Como examen final para su lealtad, la Dama Oscura
ordena a Varimathras asesinar a Balnazzar, pero es prohibido para un Nathrezim
matar a otro Nathrezim. Ante la insistencia de la Ranger oscura, Varimathras
ejecuta a Balnazzar. Garithos reclama la Ciudad Capital para los humanos, pero
Silvanas muestra sus verdaderas intenciones y ordena a Varimathras matar a
Garithos, lo que este hace con placer. Finalmente, Silvanas proclama que
Lordaeron es suyo, y que ahora en adelante, ella y sus muertos vivientes
solamente serán conocidos como los Forsaken.
Una Sinfonía
de Hielo y Fuego – La Ascensión – El Rey Lich Triunfante
Mientras
Silvanas se hacía con el poder en Lordaeron, la flota de Arthas desembarcaba en
Northrend. En el momento en que sus tropas se encuentran desembarcando en la
Bahía Daggercap, son repentinamente atacados por jinetes halcones de los Elfos
Sanguinarios. Sorprendido de ver elfos en esas desoladas tierras, Arthas ordena
sus muertes. Durante la batalla, la tierra empieza a temblar, y de las
profundidades de un profundo abismo, una gigantesca criatura semejante a un
escarabajo emerge a la superficie y acaba con los elfos. El guerrero se
identifica como Anub’Arak, el último rey de los nerubians, ahora transformado
en un Señor de la Cripta por los grandes poderes nigromantes de Neru’zhul. Será
su guardaespaldas durante la travesía hasta Icecrown. En ese momento, aparece
una figura en medio del campamento: es Kael’thas, el príncipe de los Elfos
Sanguinarios. En efecto, Kael informa a Arthas de la cercana destrucción del
Rey Lich al mando de las fuerzas combinadas de elfos y naga al mando de
Illidan, y Arthas no podrá hacer nada. Es la venganza de los Altos Elfos por la
destrucción de Quel’thalas y otros insultos.
Kael
desaparece, y las fuerzas del Azote penetran en Northrend. Anub’Arak propone cortar
camino penetrando en el oscuro reino subterráneo de Azjol-Nerub, y Arthas
acepta, pero para llegar a la entrada de las catacumbas, deben vencer a una
enorme fuerza de guerreros naga que guarda la entrada. Ante la constante
debilidad del Caballero de la Muerte, Anub’Arak y Arthas deciden atacar a un
dragón azul que vive cerca de la zona, que no es otro que el poderoso
Sapphiron, el sirviente de Malygos, que durante milenios ha defendido el
ancestral cementerio de los dragones, el Dragonbligth. Tras una gran batalla
con Sapphiron, finalmente el dragón cae, y Arthas, utilizando los poderes
nigromantes de Frostmourne, lo anima como un Wyrm de hielo. Con la ayuda de
Sapphiron, Arthas y Anub’Arak se abren paso entre las fuerzas de los naga, y
finalmente penetran en el cañón que lleva a las catacumbas de Azjol-Nerub.
En la
entrada hallan otra sorpresa. Una banda de enanos les cierra el paso. Son los
enanos de Muradin Bronzebearb, a quien Arthas traicionara cuando ambos fueron
en la búsqueda de Frostmourne. Los enanos han permanecido en Northrend desde
entonces, al mando de Baelgun, primer lugarteniente de Muradin, con el objetivo
de vengar a su camarada. Sin embargo, durante su estadía en Northrend, los
enanos han despertado un profundo y terrible mal que duerme bajo la tierra.
Arthas y Anub’Arak, con la ayuda de Sapphiron, derrotan a los enanos y penetran
en las catacumbas.
Una vez
dentro de la gruta, Baelgun ordena dinamitar un valioso puente hacia el
interior del Viejo Reino nerubian. Arthas y Anub’Arak deben dar un gran rodeo
por el llamado Reino Inferior, enfrentándose a los enanos de Baelgun a cada
paso y a las ocultas trampas colocadas antaño por los nerubians durante la
Guerra de la Araña. Derrotado Baelgun por el poder de los héroes muertos
vivientes, inician el ascenso hacia el Reino Superior, donde las fuerzas
rebeldes de los nerubians sobrevivientes se oponen al paso de su antiguo señor.
Durante el ascenso, se encuentran con el peligro que tanto temían los enanos:
los Sin Rostro (Faceless One). Estas monstruosas criaturas con enormes
tentáculos, levantadas en lo profundo de la oscuridad de Azjol-Nerub, se
constituyen un gran adversario para Arthas y Anub’Arak.
Luego de
muchas vicisitudes, se enfrentan con el líder de los Sin Rostro, el Olvidado
(Forgottem One), una enorme criatura con miles de tentáculos, gigantesca como
una montaña. Arthas y Anub’Arak luchan con todas sus fuerzas, hasta que logran
derrotarlo.
Una vez en
el Reino Superior, un tremendo terremoto produce un derrumbe y ambos héroes son
separados. Arthas, solo, trata de escapar hacia la superficie, perseguido por
los malvados Sin Rostro, que añoran venganza, y cruzando un enorme laberinto de
túneles. Finalmente, se encuentra con Anub’Arak y salen a la superficie, justo
en la base de Icecrown.
Horas
después, el Azote ha colocado sus bases cerca del Trono de Hielo. El Rey Lich
se comunica mentalmente con Arthas de nuevo, y le explica que Frostmourne una
vez fue parte del Trono de Hielo, pero que él ordenó retirar la espada con el
objetivo de que Arthas la encontrara y eventualmente le condujera a Icecrown.
El hueco dejado por Frostmourne ha drenado su poder desde ese momento.
Cuatro
inmensos obeliscos rodean Icecrown, y los cuatro deben estar activados para
abrir la cámara que conduce al Trono de Hielo. Del otro lado del glaciar,
Illidan y sus fuerzas, los Naga y Elfos Sanguinarios, se preparan para el
ataque final. Illidan promete que este será el día en que el temible Azote
llega a su fin, mientras Arthas decide que Illidan ya se ha entrometido
suficiente en sus planes. Una tremenda batalla entre las fuerzas de Illidan y
el Azote se entabla alrededor de Icecrown. Continuamente, el control de los
obeliscos cambia de manos, pero finalmente, el Rey Lich concentra todos sus
poderes en su campeón, y el Azote resulta vencedor.
En un último
y desesperado intento por evitar que Arthas ingrese a la cámara del Trono de
Hielo, Illidan se enfrenta cara a cara con el Caballero. Los dos guerreros más
poderes de la historia de Azeroth, frente a frente, luego de muchas eras. Las
Espadas Curvas de Azzinoth y la poderosa Frostmourne relumbran con cada golpe,
pero Arthas, utilizando todas sus fuerzas, logra herir mortalmente en el
estómago a Illidan, que cae sobre la nieve y rápidamente se desangra.
Con su enemigo
vencido, Arthas procede a ingresar a la cámara. Conforma asciende la congelada
escalinata hacia el Trono de Hielo, la cámara se va destruyendo y cae a su
alrededor. Las voces de sus antiguos amigos y amados, el Rey Terenas, Uther
Lightbringer, Muradin Bronzebearb y el archimago Antonidas, que él ha destruido
en nombre del Rey Lich, acosan su cabeza. Una vez en la cima, la temible
armadura de Ner’zhul, donde su espíritu maligno se halla encerrado, lo conmina
a romper el bloque de hielo y completar el círculo. Con un último grito de
desesperación, Arthas incrusta a Frostmourne en el bloque de hielo, que se
rompe en mil pedazos y libera la armadura. Tomando el yelmo de Ner’zhul, que ha
caído a sus pies, Arthas se lo coloca, cual corona, sobre su cabeza. En la
profundidad de la gruta, la tenebrosa voz del Rey Lich resuena como una
profecía y una maldición: “Ahora, somos uno.”
Los destinos
de Arthas y del Rey Lich se han fundido. Sentado sobre el Trono de Hielo,
triunfante, el Señor del Azote, el ser más poderoso jamás visto sobre Azeroth,
maquina su siguiente golpe sobre el mundo…
Viejos Odios
– La Colonización de Kalimdor
“No, ustedes
nunca cambiarán. ¡Y yo nunca dejaré de combatirlos!”
Ignorantes
de los terribles eventos que han acontecido en Lordaeron y Northrendo, los
ejércitos mortales que lucharon contra la Legión Ardiente en la Batalla del
Monte Hyjal, se han asentado en las inhóspitas y maravillosas tierras de
Kalimdor. Thrall, el noble jefe de la nueva Horda, ha guiado a los orcos hacia
la costa donde primeramente desembarcaron, al Este de los Barrens. Asegurándole
una nueva nación donde los orcos puedan vivir en paz e iniciar el proceso de
reconciliación con los espíritus de la Naturaleza, Thrall ha nombrado a esta
tierra Durotar, en honor a su heróico padre. En un gran cañón cerca de la
costa, la gran ciudad guerrera de Orgrimmar (nombrada así en honor al
legendario Orgrimm Dommhammer) ha empezado a ser erigida, para que los orcos,
después de muchas penurias, por fin tengan un lugar al que llamar hogar.
En las
abruptas fronteras salvajes de Durotar, cerca de la ciudad de Orgrimmar, un
Mok’Nathal, conocido como Rexxar, se lamenta por las continuas guerras en las
llamadas “razas civilizadas” de Azeroth. No está claro cómo Rexxar llegó a
Kalimdor, pero por años, este noble medio orco-medio ogro ha vivido solitario,
con la única compañía de su fiel oso Misha, por lo cual a desarrollado una
fuerte empatía con las fuerzas animales del mundo. Al oir los ruidos cercanos
de una batalla, Rexxar acude prontamente para descubrir el origen de la misma.
Cerca de un
despoblado, Mogrim, un orco explorador de Orgrimmar, ha sido atacado por varios
quillboars, los salvajes hombres-jabalí, y lo han herido mortalmente. Rexxar
acude en su socorro y despacha a los quillboars. Mogrim, en su agonía, se
lamenta de no poder llevar su importante reporte a Thrall, por lo que su honor
se verá manchado. Prometiendo llevar el mensaje para honrar al moribundo,
Rexxar parte hacia Orgrimmar, mientras Mogrim entrega su espíritu a sus
ancestros.
Una vez
entregado el reporte a Thrall, el Señor de la Guerra ofrece la hospitalidad de
Orgrimmar a Rexxar. Éste agradece la oferta, pero desea asistir, a modo de
agradecimiento, a los orcos en la construcción de su nación. Para asistir a
Rexxar, Thrall asigna a Rokhan, un Cazador de Sombras, uno de los líderes de la
tribu troll de los Darkspear.
La primera
tarea de Rexxar le es asignada por el viejo chamán Drek’thar, quien necesita
crear una poción que pueda sanar a los guerreros de la Horda en la batalla,
pero tal poción requiere muchas muestras de una planta conocida como
shimmerweed. Esta planta, desafortunadamente, solamente crece en la region de
Thunder Ridge, una peligrosa zona habitada por peligrosos Lagartos del Trueno.
Thunder Ridge es una maravilla ecológica, pero extrañamente, los lagartos se
han vuelto repentinamente más agresivos de lo acostumbrado. Dirigiéndose hacia
Thunder Ridge, Rexxar y Rokhan logran recolectar los especímenes necesarios
para la poción, pero no logra dilucidar la causa de la violencia de las
bestias.
Nazgrel, en
fiel lugarteniente de Thrall, ha sido nombrado jefe de seguridad, y envía a
Rexxar y Rokhan a combatir a una banda de Harpías que ataca continuamente las
caravanas de suplementos de la Horda, y recomienda eliminar a la líder de las
Harpías, una sanguinaria criatura llamada Bloodfeather. Combinando sus amplios
conocimientos de las bestias acerca de la cacería, Rexxar y Rokhan localizan a
Bloodfeather y la matan.
Dirigiéndose
hacia el sureste, Gazlowe, el jefe de ingenieros Goblin de Orgrimmar, ha
localizado una fuente de agua fresca para los acueductos de la ciudad, sin
embargo, han penetrado profundamente en los túneles dominados por los Kobolds,
siniestras bestias rata, que han saboteado los acueductos. Con la ayuda de
Rexxar y Rokhan, la amenaza Kobold es contenida.
Completadas
estas simples tareas de exploración, Thrall desea que Rexxar viaje hacia un
puesto de observación orco hacia el este. El líder orco ha recibido informes
acerca de inusual actividad humana en la costa de Durotar. En el puesto de
observación, Gar’thok, lugarteniente de Nazgrel, informa a Rexxar que no ha
recibido informes acerca de actividad humana, pero el Observatorio de la Horda
ha sido atacado por un grupo rebelde de Quillboars. Rexxar y Rokhan se encargan
de las bestias. Sin embargo, descubren que, efectivamente, los humanos han
iniciado los preparativos para una invasión a Durotar.
De regreso
en Orgrimmar, Drek’thar ha descubierto la causa de la violencia de los lagartos
trueno: los humanos han construido un aserradero en Thunder Rinde y han
deforestado el bosque. Abrumado por las noticias acerca de la posible
hostilidad humana, Thrall no puede cree que Jaina Proudmoore, la líder de los
humanos en Kalimdor, haya roto su pacto de no agresión. De regreso en el puesto
de Gar’thok, Rexxar descubre que los humanos han arrasado con el campamento
orco, por lo que decide contraatacar y acabar con los humanos.
Una vez en
Orgrimmar, Rokhan demuestra su preocupación por la suerte de sus hermanos, los
trolls Darkspear, que han ocupado las islas Echo frente a Durotar. Rexxar y
Rokhan viajan a las islas, donde encuentran a Vol’jin, hijo de Sen’jin, nuevo
líder de los Darkspear. Allí, se ven obligados a combatir el bloque que la flota
humana a puesto a las islas trolls. En efecto, Rexxar ha comprobado que el
enemigo corresponde a la poderosa Armada de Kul Tiras, la nación marítima de la
Alianza.
Los
Darkspear son evacuados al continente, y Rexxar regresa con Thrall. El líder
orco se entera de que los humanos portan un estandarte cuyo símbolo es un
ancla. Thrall no recuerda dónde había observado antes ese símbolo, pero dice a
Rexxar que ha pactado una reunión secreta con Jaina para discutir la situación.
Sospechando una trampa, Rexxar viaja hacia Razor Hill en lugar de Thrall y,
efectivamente, comprueba la emboscada. Derrotados los asesinos, Rexxar informa
a Thrall de la situación.
Thrall
decide enviar a Rexxar hacia la ciudad de Jaina, Theramore, donde los
sobrevivientes de Lordaeron han fundado su nuevo hogar. Cerca de la nueva aldea
Darkspear en la costa de Durotar, Vol´jin ofrece a Rexxar la ayuda de Samuro,
un hábil maestro de las espadas, quien se infiltra en la cercana base humana, y
colocando varios explosivos, logra hacer que Rexxar y Rokhan tomen un barco a
Theramore.
Una vez en
la ciudad, Rexxar confronta a Jaina Proudmoore y le reprocha sus actos contra
la Horda. Jaina, sin embargo, se sorprende ante los cuestionamientos de Rexxar
y deciden averiguar el meollo del asunto. De vuelta en tierra firma, descubren
que el campamento humano ha sido arrasado por una tremenda fuerza de guerreros
naga. Luego de acabar con los naga, un soldado moribundo informa a Jaina de que
su padre, el Gran Almirante Daelin Proudmoore, ha logrado encontrarla luego de
muchos viajes por el Gran Mar. El Almirante, luego de la destrucción de
Lordaeron por el Azote, ha navegado por el océano con el objetivo de hallar
signos de sobrevivientes humanos y de su hija. Sorprendida al oir noticias de
su padre, Jaina y sus aliados de la Horda regresan a Theramore.
Una vez en
el salón principal del palacio, son inmediatamente interrumpidos por la llegada
de cientos de marinos de Kul Tiras, dirigidos por el Almirante en persona. El
Almirante es reconocido como un gran héroe de la Segunda Guerra contra los
orcos, y se alegra de encontrar a su hija. Sin embargo, al observar a las
bestias que la acompañan, ordena asesinarlas. Jaina se opone vehementemente, y
su padre cree que ha enloquecido, pero Jaina trata de explicarle la nueva
situación con respecto a la Horda. El Almirante, sin embargo, no puede perdonar
los salvajes actos de los orcos durante las Guerras, e igualmente continuará
adelante la operación: no puede arriesgarse a que los orcos vivan y vuelvan a
amenazar a la humanidad.
Rexxar y
Rokhan pelean su libertad ante el ataque de los marinos, y astutamente, se
ocultan entre las calles y canales de Theramore, hasta que logran escapar y
vuelven a la seguridad de Durotar. Vol’jin los espera en la villa Darkspear y
les recomienda viajar hacia las praderas de Mulgore, donde los Tauren de Cairne
Bloodhoff se han asentado y han construido la ciudad de Thunder Bluff.
Asegurándose la alianza de los poderosos Tauren, la Horda tendrá una
oportunidad contra la Alianza.
Rexxar halla
a Cairne hundido en una profunda depresión. El anciano jefe lamenta la captura
de su hijo Baine a manos de los Centauros, por lo que Rexxar se compromete
rescatar al joven Bloodhoff. Con la ayuda del lugarteniente de Cairne, el
poderoso Tauren Tagar Windtotem, Rexxar rescata a Baine, y Cairne decide
acompañarlos de vuelta a la aldea Darkspear.
Allí,
Vol’jin a dado asistencia a un ogro herido. Éste dice pertenecer al clan
Stonemaul, el cual ha caído bajo el poder de un malvado jefe llamado Kol’garr, que
lo está llevando a la autodestrucción. Pensando que los ogros pueden ser útiles
en la batalla que se avecina, Rexxar parte hacia la aldea de los Stonemaul,
donde solicita a Kol’garr su ingreso al clan, por ser él medio ogro. Kol’garr
lo obliga a pasar por el Guantelete, un enorme cañón lleno de bestias, como
prueba para ingresar al clan. Pasada la prueba, Rexxar incita a Kol’garr a
ayudar a los orcos contra la Alianza, pero Kol’garr se niega por considerar
inferiores a los orcos. Como miembro del clan Stonemaul, Rexxar reta a Kol’garr
por el poder del clan, y luego de un gran batalla contra el monstruo, lo vence.
Como nuevo líder de los Stonemaul, Rexxar ordena asistir a la Horda en la
batalla.
Thrall
agradece a Rexxar el haber incorporado a la Horda nuevamente a sus antiguos
aliados. Una vez reunidos varios ingredientes para consagrar el estandarte
chamanístico de la Nueva Horda, Thrall solicita a Rexxar que sea su General
durante la batalla.
Las fuerzas
combinadas de orcos, tauren, trolls y ogros, asaltan el campamento humano en la
costa de Durotar, expulsándolos de la tierra firme. Sabedor de que el Almirante
nunca se detendrá hasta acabar con los orcos, Thrall ordena la invasión a
Theramore. A intancias de Jaina, promete respetar a las fuerzas de la Guardia
que le son leales a la hechicera. Luego, un asalto sobre el puerto Goblin
frente a Theramore les permite hacerse con varios buques de guerra, con los
cuales rompen el bloqueo de la marina de Kul Tiras.
La Horda
desembarca en Theramore y aplasta a las fuerzas del Almirante, rememorando las
viejas batallas de la Segunda Guerra. Rexxar se enfrenta cara a cara con
Proudmoore. A pesar de que Rexxar trata de convercer al Almirante de que la
Horda ya no constituye una amenaza para los humanos, Proudmoore está convencido
de que los orcos nunca cambiarán y por eso no pueden ser perdonados. Los viejos
odios florecen como la hierba nuevamente. Después de una salvaje batalla contra
la guardia de élite del Almirante, finalmente Daelin Proudmoore, el último héroe
de la Alianza vivo luego de la Segunda Guerra, cae ante el hacha de Rexxar.
Perdido su líder, las tropas de Kul Tiras abandonan la batalla.
Jaina cae
ante el cuerpo inerte de su padre, sin oportunidad de reconciliarse con él.
Thrall, Rexxar y la Horda respetan el dolor de la maga y abandonan Theramore.
Una vez en la costa orca, Thrall ofrece a Rexxar un lugar entre los orcos, pero
el Mok’nathal rechaza la oferta y regresa a las montañas, no sin antes asegurar
a Thrall que él siempre será parte de la Horda y vendrá a ella cuando se le
necesite. Rexxar parte de nuevo hacia las salvajes tierras de Kalimdor, dejando
a Durotar seguro, y a Theramore, tumultuosa. Las puertas de un nuevo conflicto
entre la Horda y la Alianza han sido abiertas.
Epilogo
Una nueva era
se avecina…
Cuatro años
han pasado desde que las razas mortales lucharon juntas contra el poder de la
Legión Ardiente. Ahora, la frágil tregua entre la Horda y la Alianza casi se ha
evaporado por completo. Los tambores de guerra resuenan nuevamente entre los
vientos…
Los Humanos
Los nobles
humanos de Stormwind son una raza orgullosa y tenaz. Han luchado valientemente
contra la Horda por generaciones como los patrones de la Gran Alianza. Justo
cuando pensaban que por fin la paz se había asentado en sus reinos torturados
por la guerra, una nueva sombra desciende sobre el mundo. El Azote de los
muertos vivientes esparció una terrible plaga de muerte sobre la humanidad que
destruyó por completo el norteño reino humano de Lordaeron. Los pocos humanos
que sobrevivieron viajaron hacia el sur, hacia la protección de la reconstruida
ciudad de Stormwind. No se habían repuesto del ataque del Azote cuando la
Legión Ardiente inició una cataclísmica invasión sobre el mundo. Los guerreros
de la humanidad lucharon valientemente contra las fuerzas de la Legión y
ayudaron a salvar el mundo de la inminente destrucción.
Cerca de
cuatro años después, los defensores de Stormwind permanecen vigilantes contra
cualquiera que pretenda perturbar la santidad de sus tierras. Situados en las
afueras del Bosque de Elwynn, la ciudad de Stormwind es uno de los últimos
bastiones del poder humano en el mundo. Reconstruida luego de la Segunda
Guerra, Stormwind es una maravilla del ingenio humano. Sus guardias protegen y
conservan la paz dentro de los muros de la ciudad, y su joven rey, Anduin
Wrynn, gobierna desde su poderosa fortaleza. El Distrito del Comercio bulle con
mercancías de todos los continentes, mientras que aventureros de todas las
razas pueden encontrarse en las calles del Pueblo Viejo. Intacta por los
salvajes estragos del Azote en el norte, Stormwind se dispone a poner frente a
todas las amenazas, vengan de donde vengan.
El Rey
Anduin es el gobernante de Stormwind, un joven rey niño de diez años de edad.
Recientemente, su padre, el rey Varian Wrynn, ha desaparecido bajo sospechosas
circunstancias mientras se encontraba en ruta a una misión diplomática a la
isla de Theramore. Bajo la supervisión de la concejera real, Lady Prestor, el
joven Anduin recibió la corona con la orden de preservar el reino de Stormwind.
Mientras los ciudadanos temen que su verdadero rey ha desaparecido por mucho
tiempo, Anduin hace su mejor esfuerzo por calmar sus temores. Algún día, el
niño crecerá y se convertirá en un gran líder.
En
Theramore, Jaina Proudmoore, la más poderosa hechicera humana viva y única
sobreviviente del extinto Kirin Tor, gobierna con justicia y equidad en una
tierra salvaje y desconocida. Luego de luchar contra la Legión Ardiente al lado
de la Horda y los Kaldorei, guió a los humanos sobrevivientes de Lordaeron en
Kalimdor, y fundó la ciudad portuaria de Theramore. Allí, gobierna sobre los
remanentes de la Alianza con la esperanza de reunir los distantes reinos
humanos una vez más.
Los Enanos
Los estóicos
enanos de Ironforge por continuas generaciones han explorado y extraído
grandiosos tesoros de la profundidad de la tierra. Seguros en su impenetrable
fortaleza de Ironforge, raramente se aventuraban más allá de los helados picos
de Dun Morogh. Sin embargo, cuando los orcos invadieron Azeroth y amenazaron
con conquistar las tierras humanas, elfas y enanas, los enanos ofrecieron su
ayuda a la Gran Alianza. Los ingeniosos enanos probaron ser extremadamente
útiles para las fuerzas de la Alianza.
Recientemente,
los enanos han desenterrado una serie de ruinas que han podrían ser la llave
para hallar los secretos de su perdida herencia. Dirigidos para descubrir la
verdad acerca de su pueblo, el Rey Magni Bronzebearb ordenó que los enanos
cambiarían sus actividades de industria y minería por la arqueología. Magni,
junto con sus hermanos Brann y Muradin (asesinado misteriosamente en el helado
Northrend), crearon la Hermandad de los Enanos Exploradores de Ironforge, un
grupo altamente devoto en averiguar los secretos del ancestral mundo y la
verdad acerca de la existencia de su raza.
Muchos
enanos cayeron durante la Segunda Guerra, pero la poderosa ciudad de Ironforge,
anidada en los nevados picos de Dun Morogh, nunca logró ser tomada por la Horda
invasora. Una maravilla de roca y piedra del ingenio de los enanos, Ironforge
fue construida en el corazón de la montaña misma: una expansiva ciudad
subterránea de exploradores, mineros y guerreros. Mientras la Alianza ha sido
debilitada por los acontecimientos recientes, los enanos de Ironforge,
liderados por el Rey Magni, forjan un nuevo futuro en el mundo.
Los Gnomos
Los
excéntricos y brillantes gnomos son una de las razas más peculiares de todo el
mundo. Con su obsesión por desarrollar radicales nuevas tecnologías han
construido maravillas de la ingeniería, por lo que es maravilloso que muchos
hayan logrado sobrevivir y proliferar. Durante años, los gnomos han contribuido
con sus ingeniosas armas a la Gran Alianza en los feroces campos de batalla
contra la Horda.
Ocultos en
su grandiosa Tecno-Ciudad de Gnomeregan, los gnomos han utilizado por
generaciones los recursos de los arbolados picos de Dun Morogh, en conjunto con
sus primos los enanos. Sin embargo, recientemente, con el descubrimiento de la
ancestral ciudad de Uldaman, una barbárica raza, los Troggs, surgió de las
entrañas de la tierra e invadió Gnomeregan, asesinando a cada gnomo que
hallaban a su paso. Como el resto de la Alianza se encontraba luchando contra
la invasión de la Legión Ardiente, los gnomos decidieron enfrentar solos el
problema, no sin antes mandar sus ingeniosas armas con los enanos.
Bajo el
comando de su líder, el Alto Chapucero Gelbin Mekkatorque, los gnomos abrieron
las válvulas de presión de sus gigantescas máquinas y una espesa neblina de
radiación tóxica por toda la ciudad. Aunque la radiación mataba a los troggs,
los gnomos descubrieron que también asesinaba a su propio pueblo mucho más
rápido. Cerca del ochenta por ciento de la población murió en pocos días.
Gnomeregan fue evacuada, y los gnomos sobrevivientes se alojaron bajo la
protección de los enanos de Ironforge.
Últimamente,
Mekkatorque ha realizado radicales estrategias con el fin de retomar su amada
ciudad. Mientras tanto, los gnomos, para mostrar su buena voluntad con el resto
de los miembros de la Alianza, construyeron el Deepum Tram, un inmenso tranvía
subterráneo que une las ciudades de Ironforge y Stormwind.
Los Elfos
Nocturnos
Por más de
diez mil años, los inmortales Kaldorei cultivaron una sociedad druídica entre
las sombras misteriosas del bosque de Ashenvale, hasta que la catastrófica
invasión de la Legión Ardiente acabó con la tranquilidad de su ancestral
civilización. Liderados por el archidruida Malfurion Stormrage y la Sacerdotisa
Tyrande Whisperwind, los poderosos Kaldorei retaron el poder de los terribles
demonios. Ayudados por el reciente arribo de los orcos y los humanos, los elfos
nocturnos lograron derrotar a la Legión y acabar con su amo, el Señor Demonio
Archimonde el Profanador. Aunque victoriosos, los elfos nocturnos se vieron
obligados a sacrificar su inmortalidad y ver arder sus amados bosques.
En la
subsiguiente posguerra, Malfurion y Tyrande ayudaron a su pueblo a reconstruir
sus destruidas aldeas. Lentamente, los elfos nocturnos empezaron a aceptar su
mortal existencia. Tal aceptación se encontraba lejos de ser fácil, y algunos
elfos no se acostumbraron al ciclo vital de envejecer, enfermarse y morir.
Buscando recobrar su inmortalidad, un número de druidas conspiró para plantar
un nuevo Arbol del Mundo que restableciera sus vínculos entre sus espíritus y
el mundo. Cuando Malfurion escuchó acerca de este plan, advirtió que tal árbol
no estaría bendecido por la naturaleza. Extrañamente, poco después, el espìritu
de Malfurion se perdió entre los infinitos pasajes del Sueño Esmeralda. Los
druidas, liderados por el nuevo archidruida Fandal Staghelm, plataron el nuevo
Arbol, Teldrassil, cerca de las tormentosas costas del norte de Kalimdor. Bajo
su cuidado, el Arbol creció hasta las nubes, y entre sus enormes ramas,
construyeron la maravillosa ciudad de Darnassus, donde construyeron el Templo
de la Luna y el Salón de la Justicia, donde las Centinelas velan por la
seguridad de su tierra.
Sin embargo,
el Arbol no estaba consagrado por la naturaleza, por lo que rápidamente cayó
presa de la creciente corrupción de la Legión Ardiente. Ahora, bajo el
liderazgo de Tyrande, los Elfos Nocturnos deben luchar para asegurarse la
existencia de su gloriosa raza y evitar la destrucción de los hijos de la
naturaleza a manos de la corrupción de la Legión Ardiente.
Los Orcos
Hace mucho
tiempo, la noble raza orca fue corrompida por la Legión Ardiente y transformada
en una inmisericorde y destructiva Horda. Invadiendo el mundo de Azeroth, los
orcos se vieron forzados a hacer la guerra a los reinos humanos de Stormwind y
Lordaeron. Aunque la Horda estuvo cerca de aniquilar a toda la humanidad,
finalmente cayó devorada por sus propios conflictos internos y colapsó. Los
orcos, derrotados, fueron colocados por muchos años en campos de internamiento,
sin ninguna oportunidad de volver a hacer la guerra y buscar conquistas.
Después de muchos años, un visionario joven Señor de la Guerra liberó a su
gente en su más oscura hora. Bajo su régimen, los orcos lograron liberarse por
fín de la corrupción demoníaca y abrazar nuevamente sus costumbres
chamanísticas.
Por la
palabra de un extraño profeta, Thrall lideró a su pueblo a las ancestrales
tierras de Kalimdor. Allí, Thrall y la Horda se enfrentaron cara a cara con su
antiguo opresor, la Legión Ardiente. Con la ayuda de los humanos y los elfos
nocturnos, los orcos derrotaron a la Legión y se abrieron su propio camino en
su nuevo mundo adoptivo. Los orcos llamaron a su nueva tierra Durotar y
edificaron, en lo alto de un cañón, la ciudad guerrera de Orgrimmar, llamada
así en honor al legendario Orgrimm Doomhammer, que se levanta como una de las
ciudades guerreras más poderosas del mundo.
Ahora con
una tierra para llamarla suya, y bajo el notable liderazgo de Thrall, los orcos
luchan por asegurarse un brillante futuro para su pueblo. Aunque lejos de sus
anteriores sueños de conquista, se encuentran listos para destruir a cualquier
pueblo que ose retar su soberanía o supremacía.
Thrall, hijo
de Durotan, es quizá el más poderoso guerrero orco vivo. Armado con el poderoso
Doomhammer, Thrall es un osado guerrero y poderoso chamán. Se ha erigido como
Señor de la Guerra sobre toda la Horda, extendiendo su dominio a los trolls
Darkspear y las tribus Tauren por igual. Su honor, astucia y compasión le han
ganado muchos aliados, incluso entre los humanos y elfos nocturnos. Thrall vive
para defender la libertad de su pueblo y asegurarse la seguridad de la enorme
Horda.
Los Tauren
Por
incontables generaciones, los Tauren han vagado por las praderas de los
Barrens, cazando a los poderosos kodos, bajo la mirada vigilante de su diosa
eterna, la Madre Tierra. A lo largo y ancho de la tierra, las tribus se han
unido solamente por su común odio hacia su más enconado enemigo, los malvados
Centauros. Buscando ayuda contra los Centauros, el anciano jefe Cairne
Bloodhoof entabló amistad con el Señor de la Guerra Thrall y sus orcos, quienes
recientemente habían viajado a Kalimdor.
Con la ayuda
de los orcos, Cairne y su tribu Bloodhoof pudieron expulsar a los Centauros y
reclamar los ricos pastizales de Mulgore. Por primera vez en cientos de años,
los Tauren tenían una tierra para llamarla suya. Sobre las altas mesetas de
Thunder Bluff, Cairne construyó un refugio para su gente, donde todos los
tauren de diversas tribus sean bienvenidos. Con el tiempo, las dispersas tribus
tauren se unieron bajo el liderazgo de Cairne. Aún así, algunas tribus
desacuerdan con la dirección que está tomando la nueva nación (en especial el
clan GrimTotem y su jefa Magatha).
Aunque los
nobles tauren son pacíficos por naturaleza, los rituales de la Gran Caza son
venerados como el corazón de su cultura espiritual. Cada Tauren, guerrero o de
otra clase, se siente identificado como un cazador y un hijo de la Madre
Tierra.
Cairne se ha
dedicado a servir y salvaguardar a su pueblo de un cada vez más oscuro mundo.
Un destacado guerrero, es considerado una de las criaturas vivas más peligrosas
que existe. Además de su fuerza y valor, es un alma gentil que desea solamente
la paz y la tranquilidad de las llanuras abiertas. Se rumora que podría delegar
sus responsabilidad en algún otro jefe, pero muchos esperan que sea su hijo
Baine quien reemplaze algún día a su padre.
Los Trolls
Los viciosos
trolls que pueblan las numerosas islas de las Mares del Sur son reconocidos por
su crueldad y oscuro misticismo. Bárbaros y supersticiosos, odian a todas las
razas. Bajo la égida del Imperio Gurubashi, los trolls de la jungla han
extendido su dominio de las Junglas de Strangletorn en Azeroth, a las islas
Echo de Kalimdor. Sin embargo, en el ápice de su poder, el pueblo Gurubashi se
sumió en una serie de guerras internas. Solamente una tribu, los Darkspear, fue
exiliada de sus tierras y obligada a subsistir por sí misma contra las
peligrosas razas de la Jungla de Strangletorn.
Por generaciones
fueron sometidos a esclavitud por otras tribus menos honorables, encarando su
posible extinción. Aunque sus guerreros se encuentran entre los más bravos
jamás nacidos, las incesantes políticas de las tribus Gurubashi llevaban a los
Darkspear a una segura desaparición. Para empeorar las cosas, los humanos
empezaron a erigir fortalezas en Strangletorn también. Fue durante este tiempo
que en que conocieron a Thrall y la Horda.
Los
Darkspear, liderados por el anciano Sen’jin, apelaron a Thrall contra los
humanos invasores. Unidos, los trolls y los orcos los vencieron, pero probó ser
una corta victoria. Los murlocs de las islas los capturaron y prepararon para
ser sacrificados. Los Darkspear y los orcos lucharon valientemente, pero
Sen’jin murió en la batalla.
En honor a
su sacrificio, Thrall ofreció a los Darkspear un lugar entre la Horda. Vol’jin,
hijo de Sen’jiin, tomó control de la tribu y siguió a Thrall. Formaron su hogar
en las islas Echo, en la quebrada costa de Durotar. Allí, sin embargo, fueron
traicionados por uno de los suyos, un enloquecido brujo llamado Zalazane.
Forzados a abandonar las islas, construyeron la villa Sen’jin en la costa de
Durotar. Desde esta villa, los Darkspear y sus aliados luchan por expulsar a
Zalazane de las islas Echo, determinados a reclamar su jungla a cualquier
costo.
Los Forsaken
Liderados
por la banshee Silvanas Windrunner, un grupo de muertos vivientes rompió sus
relaciones con el Azote y quedaron libres del dominio del Rey Lich. Estos
renegados se llamaron a sí mismos Los Forsaken. Ellos luchan una batalla
constante por su libertad del Azote, pero también están dispuestos a exterminar
a aquellos que los miran como monstruos.
Con Silvanas
como su reina banshee, los Forsaken construyeron su fortaleza entre las ruinas
de Lordaeron, la oculta Undercity, la cual forma un laberinto interminable bajo
los malditos bosques abandonados de los Claros de Tirisfal. Desde su bastión,
los Forsaken preparan un nuevo combate contra el Azote y contra los humanos que
persisten en reclamar sus tierras. Aunque la mayoría de la tierra está maldita,
los cesudos humanos de la Cruzada Escarlata se han obsesionado con erradicar a
los muertos vivientes y retomar su una vez bella patria.
Convencidos
de que las primitivas razas de la Horda puede ayudarles a obtener la victoria
sobre sus enemigos, los Forsaken han entrado en una alianza de conveniencia
conn los salvajes orcos y los orgullosos tauren, sin guardar una verdadera
lealtad hacia sus aliados.
Silvanas y
Varimathras, el Señor del Terror, planean secretamente, mediante el Gran
Apotecario Faranell, una segunda plaga más terrorífica que la del Rey Lich. Su
objetivo: tomar venganza contra Arthas y hallar por fin, la libertad para su
pueblo maldito.